Geraldo Luís Lino*
Los primeros días de la vigésima sexta Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambios Climáticos (COP-26) de Glasgow, Escocia (30/10-12/11), anticiparon los resultados que hay que esperar: en esencia se trata de acuerdos con metas llamativas, las que las naciones más determinadas interpretan a su manera o sencillamente las ignoran, mientras que los (2) tecnócratas y los ambientalistas (en especial los europeos) se empeñan en consolidar una plan que cada día choca más con la realidad y (3) los países menos seguros de mismos o más débiles buscan acomodarse de la mejor manera posible al plan verde, con la vista puesta en la lluvia de inversiones sustentables prometida por las potencias que la promueven. Tendencias que se muestran en los acuerdos firmados hasta ahora.
En el discurso de apertura, el anfitrión, el premier británico, Boris Johnson, dio el tono alarmista que seguiría la mayoría de sus colegas y delegados presentes: Falta un minuto para la media noche y tenemos que actuar ahora. La humanidad atrasó hace mucho tiempo el reloj respecto a los cambios climáticos y si no se toman medidas ahora, será demasiado tarde.
El mensaje apocalíptico fue reforzado por el príncipe Carlos, heredero al trono británico, quien afirmó que los cambios climáticos y la pérdida de la biodiversidad representan una “amenaza para la existencia” todavía más grande que la pandemia del covid-19, para la cual propuso una “movilización de guerra” (Breitbart, 01/11/2021).
Aunque el presidente Jair Bolsonaro no haya ido a Glasgow, Brasil estuvo representado en la sesión inicial por la militante indígena Txai Surui, de 24 años, del pueblo Paiter Surui, estudiante de derecho y coordinadora de la Juventud Indígena de Rondonia. En inglés fluido, y ostentando un vistoso tocado y ropa más parecida a un costoso huipil mexicano que a un traje tradicional de los indígenas brasileños, se mantuvo en la línea ya señalada: “El clima, hoy, se está calentando, los animales están desapareciendo, los ríos están muriendo y nuestras plantas no florecen como antes. La tierra está hablando. Ella dice que ya no tenemos tiempo… necesitamos seguir un camino diferente con cambios osados y globales. ¡No es para 2030 o para 2050, es para ahora!” (UOL, 01/11/2021).
La presencia entre los líderes mundial de la indígena brasileña, Txai Suruí, que habló antes que el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres (con un discurso igualmente catastrofista), fue una maniobra de los organizadores para destacar la imagen negativa de Brasil en el escenario ambientalista-indigenista, ante la ausencia de representación oficial del país.
Txai exhibe las credenciales de una sofisticada militante vinculada con el mencionado aparato internacional, como indican sus frecuentes viajes al extranjero, demostrados en fotografías publicadas en su cuenta de Instagram. Es, además, hija del conocido cacique Almir Suruí y de la indigenista Ivanete Bandeira Cardoso, coordinadora de la Asociación de Defensa Etnoambiental Kinindé, organización no gubernamental que tiene entre su respaldo a la Betty and Gordon Moore Foundation y a la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), notorios financiadores del aparato ambientalista-indigenistas. Almir Suruí, que es biólogo formado en la Universidad Católica de Goias, fue también coordinador del Proyecto de Carbono Forestal Suruí, el primer proyecto de crédito de carbono establecido con pueblos indígenas brasileños, el cual funcionó entre 2009 y 2018, en articulación con la organización no gubernamental estadounidense Forest Trend.
Su actividad gerencial en tales proyectos y la presencia constante en la prensa lo llevaron a convertirse en la figura fácil del circuito de conferencias empresariales involucradas en la causa de la sustentabilidad, como ocurrió en el reciente Festival de Innovación y Cultura emprendedora (FICE 2021), promovido por las revistas Época Negocios y Pequeñas Empresas & Grandes Negocios (PEGN, 07/10/2021).
A propósito, la “división indígena” del aparato que opera en Brasil envió a Glasgow la delegación más grande enviada a una COP, con más de 40 militantes organizados por la Articulación de Pueblos Indígenas de Brasil (APIB). Su participación, se hizo, siguiendo esta misma pauta, denuncias sobre el “genocidio” de los pueblos indígenas, la promoción de las demarcaciones de tierras indígenas como solución para el combate de los cambios climáticos y propuestas de financiamientos “verdes” para los indígenas sin intermediarios oficiales.

Los acuerdos
Hasta el momento se han firmado tres acuerdos para la limitación de las emisiones de metano, del uso de carbón y la desforestación. Todos manifiestan un grado de irrealismo que, en la práctica, los convierten en poco más que piezas de propaganda “verde” para justificar la movilización internacional en torno del plan climático, como admitió hasta el ícono electo de la causa, la adolescente sueca Greta Thunberg. Poco después de la reunión de los líderes y representantes de 120 países, disparó en su cuenta de Twitter: “Esta no es una conferencia climática más. Es un festival de “greenwashing” del hemisfero Norte. Una celebración de dos semanas de negocios como siempre y bla-bla-bla”.
“Greenwashing” es una expresión inglesa que se podrá traducir como “con una manita de verde” -que, de verdad, es lo que se está viendo en Glasgow.
El acuerdo sobre el metano contempla una reducción de 30 por ciento de las emisiones mundiales de ese gas en 2030. Como sus fuentes generadoras “humanas” se dividen entre energía, ganadería, cultivos de arroz y eliminación de basura, no se necesita ningún conocimiento especializado para percibir que la meta es sencillamente inviable, lo que los mismos articuladores del acuerdo parecen haber dejado implícito al establecer que no es obligatoria y que las contribuciones de cada país son voluntarias.
A propósito, observó el doctor David Wojick, analista del Comité para un Mañana Constructivo (CFACT), organización estadounidense que se opone al alarmismo climático: “Todo considerado, esa reducción de metano propuesta parece tan irreal como el (carbono) cero neto, excepto que, supuestamente, se debe hacer en tan sólo ocho cortos años. No estamos, de ninguna manera, listos para reducir la crianza de ganado ni la producción de arroz, mucho menos en un increíble 30 por ciento. Así como no podemos prescindir de los combustibles fósiles, no podemos hacer grandes reducciones en el ganado ni en el arroz… Tal vez Estados Unidos y la Unión Europea estén prometiendo mucho a los países pobres que por lo menos intenten reducir sus emisiones de metano (aunque el metano sea inocuo en relación con el clima). ¿Será tan sólo otro gran soborno verde, igual a gran parte de la guerra contra el clima?” (CFACT), 04/11/2021).
El acuerdo sobre el carbón tiene dos aspectos: el primero, los 20 países signatarios se comprometen a dejar de financiar obras de termoeléctricas de combustibles fósiles “sin compensación” en el extranjero a partir de 2022; el segundo, firmado por 46 países, los países ricos se comprometen a cerrar sus termoeléctricas a carbón a más tardar en 2030 y las economías en desarrollo, en 2040. De forma significativa, China, Rusia, India y Australia no se adhirieron a este compromiso (así como tampoco firmaron el acuerdo sobre metano) y Polonia se inscribió en el grupo de países en desarrollo, para ganar tiempo.
La declaración de Glasgow sobre Bosques y Uso de la Tierra, firmada por 105 países contempla la mítica “desforestación cero” en 2030. Para facilitar la meta se deberá instituir un fondo de 12 mil millones de dólares, de los cuales 1 500 ya están destinados al Congo (No se menciona a Brasil en el texto del acuerdo).
Brasil se adhirió a los tres cuerdos y, a pesar de no ser un gran consumidor de carbón mineral para fines energéticos, tiende a oponerse con presiones internas y externas a la imposición de las reducciones de metano (principalmente de la actividad pecuaria) y al cumplimiento rígido de la “desforestación cero”. En pocas palabras, esto significa que, hasta sin élites dirigentes comprometidas con planes de intereses nacionales bien definidos, como sus socios del grupo BRICS que se eximieron de los acuerdos que no les convienen, el país tendrá que analizar en serio el establecimiento de un plan soberano compatible con la necesidad de reiniciar el impulso de desarrollo a largo plazo y, a partir de él, determinar sus compromisos con los acuerdos internacionales. En la vertiente opuesta, una actitud acomodaticia tiende tan sólo a prolongar los efectos negativos del radicalismo ambientalista-indigenista, además de convertirse en un chivo expiatorio del “con una manita de verde” mundial.
Con todo rigor, la mejor calificación de la COP es para el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, con su justificación por no asistir a la conferencia climática: “Ya basta de hipocresía y de modas, lo que se necesita hacer es combatir la desigualdad monstruosa que existe en el mundo” (El País, 03/11/2021).
*MSIa Informa

