abril 16, 2026

El secreto de Romelia

El secreto de Romelia

Bolivar Hernandez
Romelia era una bella mujer, divorciada con tres hijos, quizás de unos 45 años; era profesora de artes plásticas.
Conocí a Romelia durante las fiestas de la independencia de México, en un convivio que organizó la embajada de México para la noche del 15 de septiembre, la Noche del Grito, en la sede diplomática de un país donde vivía entonces.
Romelia no era mexicana, pero tenía amigos mexicanos en ese país, y la invitaron a celebrar con ellos esa gran fiesta mexicana.
Entre la concurrencia de alrededor de trescientas personas, Romelia destacaba por su hermosura pese a ser de pequeña estatura.
Yo no la perdí de vista durante el acto protocolario, y permanecí junto al personal diplomático, hasta la hora de la degustación de los antojitos mexicanos y de la ingesta de tequila y mezcal, cuando emprendo la búsqueda de la bella dama. Y la encontré entre tanta gente; me presenté ante ella y sus amigos mexicanos.
Estaba empeñado en conquistarla
Saqué a relucir mis dotes de seductor, muy encantador. Pasamos una velada muy divertida, con un fondo musical a cargo de un mariachi venido de México.
Intercambiamos números telefónicos al final de la fiesta de independencia. Hice la promesa de buscarla en la siguiente semana y ella accedió a concertar una cita posterior a la primera llamada para salir a comer.
Cumplí lo ofrecido a Romelia, la llamé y fijamos una fecha próxima para nuestro anhelado encuentro.
La invité a un conocido restaurante de la ciudad, caro, y cenamos muy rico.
La conversación giró en torno a nuestras vidas pasadas. Ella quería saber mi historia y yo la suya, antes de iniciar un romance.
El interrogatorio de ella hacia mí, era amplio; ella deseaba saber todo de mi con los más mínimos detalles.
Yo me conformé con saber algunas generalidades de su vida. Estado civil, hijos, ocupación y pasatiempos. ¡Y listo!
Romelia era divorciada, con tres hijos, una mujer y dos varones. Maestra de pintura.
Tuvimos un noviazgo fugaz, durante el cual ella no dio mucha oportunidad de conocer a su familia, solamente me presentó en una ocasión fortuita a sus dos hijos mayores, la chica y el chico, pero al más pequeño, no.
En el curso de los seis meses del noviazgo
Viajamos bastante por ese país y sus bellos rincones geográficos.
Me percaté que hablaba bastante de sus dos hijos mayores, y del menor nada. Como soy muy prudente, no insistí en averiguar cuál era el asunto secreto que envolvía al hijo pequeño.
Mi mente se dio vuelo imaginando escenarios posibles del encubrimiento de Romelia sobre su hijo menor.
Mis hipótesis eran éstas: Síndrome de Down, parálisis cerebral, autismo, ceguera, sordera, retraso mental, border line…
El romance terminó bien, el motivo era mi traslado forzoso a México. Tenía que abandonar ese bello país, dentro de un corto plazo.
La última cena con Romelia fue una reunión triste, era mi despedida definitiva.
En la hora de los postres
Me atreví a preguntar por el hijo pequeño, tan oculto por Romelia, que ni siquiera lo podía mencionar por su nombre.
Por fin, Romelia se atrevió a confesar la verdad de aquel misterio, tomó agua y afinó la voz, y me dijo:
Mi hijo menor tiene una falla genética, nació demasiado pequeño, eso se denomina Acondroplasia, no es enano.
Fue además, dijo Romelia, la causa de mi divorcio:
Mi marido me culpa del defecto de nuestro hijo.
Nos abrazamos largamente Romelia y yo; ella sollozaba y yo la consolaba. No supe porqué lloraba, si por mi partida, por concluir un romance sin futuro, o por su hijo, el pequeño…
Foto: 366308

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Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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