Mientras el presidente Donald Trump demuestra una innegable incoherencia y desequilibrio emocional en sus declaraciones públicas y en las redes sociales, la figura del vicepresidente J. D. Vance comienza a perfilarse como una posible salida al atolladero estratégico, político, económico y moral en el que Trump ha sumido al país con la desastrosa guerra contra Irán; una guerra que nadie discute que se inició en favor de Israel.
Lorenzo Carrasco*
El martes 8 de abril, mientras se anunciaba el frágil esbozo de una tregua, el periódico The New York Times publicó un contundente reportaje titulado: “Cómo Trump llevó a Estados Unidos a la guerra con Irán”. Basado en testimonios de testigos presenciales, el texto describe las dos reuniones cruciales celebradas en la Sala de Crisis de la Casa Blanca los días 11 y 12 de febrero, en las que se decidió la ofensiva.
En la primera reunión, el punto culminante fue la presencia del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien acudió acompañado del director del Mossad, David Barnea, y varios altos mandos militares. Ellos convencieron a los estadounidenses de que, tras las sangrientas manifestaciones populares de enero, el régimen de Teherán estaba lo suficientemente debilitado como para que su “decapitación” mediante una acción militar impulsara un levantamiento popular capaz de derrocarlo.
En la segunda reunión, ya sin la presencia de los israelíes
El director de la CIA, John Ratcliffe, el secretario de Estado, Marco Rubio, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, cuestionaron el pronóstico optimista, llegando incluso, a utilizar términos mordaces, tales como “farsa” o “absurdo”.
Vance, quien estuvo ausente en el primer encuentro por encontrarse fuera del país, reiteró a Trump su oposición a la guerra, aunque afirmó que lo apoyaría en cualquier decisión. Un detalle curioso fue la ausencia de Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, quien representa oficialmente el consenso de las 17 agencias de inteligencia estadounidenses. Este vacío cobra aún más relevancia, dado que un jefe de inteligencia extranjero, sí fue interrogado exhaustivamente sobre su propio plan.

Aún más intrigante es la presencia en ambas reuniones del yerno de Trump, Jared Kushner, y su socio inmobiliario, Steve Witkoff, quienes han actuado con el estatus de “enviados especiales” para negociaciones cruciales desde el inicio del mandato, pero a quienes muchos observadores consideran, en realidad, agentes de influencia de Israel.
El extenso informe del New York Times, preparado con antelación
Subraya la postura antibelicista de Vance. Este análisis puede interpretarse a modo de una postura del establishment estadounidense, para utilizar al diario en un poderoso portavoz, con la fuerza para proyectar al vicepresidente en una figura capaz de apaciguar la inestabilidad nacional.
Resulta significativo que, recientemente, se hayan intensificado los debates sobre la posible aplicación de la 25ª Enmienda de la Constitución la cual contempla la destitución de un presidente incapacitado. Si bien el riesgo para Trump parece bajo —al depender de la iniciativa del vicepresidente y la mayoría del gabinete—, el debate en sí evidencia la magnitud del daño político.
Fue Vance quien encabezó la delegación a Islamabad para discutir la tregua con Irán, pero no fue solo; fue acompañado por Kushner y Witkoff, postergando la figura del Secretario de Estado, Rubio. Sea como fuere, parece que el mensaje del “establishment” ha sido transmitido.

