Bolivar Hernandez*
Desde mi más temprana infancia he viajado en tren, porque cuando yo nací la comunicación terrestre entre México y Guatemala era vía marítima o férrea solamente. Cuando cumplí dos años, mis progenitores deciden viajar a Guatemala, porque mi padre que era guatemalteco, interrumpió sus estudios de medicina en la Escuela de Medicina de la UNAM, por diversas razones.
La primera, no le agradaba la medicina y la segunda, era padre de familia y había que dar un giro radical en su vida.
Mi madre mexicana, tapatía, a sus 19 años madre de un varón, yo, rompe definitivamente con su familia y su país, y emprende la mayor aventura de su vida: Acompañar a su joven esposo hasta el fin del mundo.
Mi memoria infantil no registra ni un rastro de ese viaje en tren
Pero imagino la infinita tristeza de mi madre que abandona a su familia y a su país por amor. Fuimos a dar al pueblo de mi padre, Cuilapa, Santa Rosa, en el sureste de la republica de Guatemala.
En el pueblo natal paterno existe una numerosa tribu de familiares apellidados Sifontes. La familia de mi padre me acoge con enorme cariño y dedicación. No así a mi madre, la intrusa; esa mujer que quién sabe de donde salió.
Mi padre se va a la capital a buscar un empleo, y nosotros nos quedamos en su pueblo, con sus parientes. Ignoro cuánto tiempo permanezco en el pueblo paterno, pero luego aparezco en la capital junto a mi padre, todos juntos otra vez.
Durante mi corta infancia en Guatemala, que comprende 10 años, mi madre tiene cinco hijos, yo el mayor. Imagino el agobio de criar cinco hijos pequeños, muy seguidos, como escalera o marimba.
Mi niñez fue muy feliz, sin ninguna exageración. La razón es muy simple, mis padres se encontraban muy atareados criando niños, y trabajando arduamente para sostener la economía familiar. Mientras que yo vi la oportunidad de ser un niño libre en la calle.
Me fastidiaba observar los embarazos continuos de mi madre, eso significaba, a la larga, menos atención para mi. Me sentí suelto en el universo y decidí emprender la mayor aventura de mi mundo infantil, que consistió en explorar esa pequeña ciudad en todos sus puntos cardinales. Nunca me perdí en la urbe, porque nací con un agudo sentido de la orientación.
Fui al kínder, que no se usaba mucho aún, y luego a la primaria. Recuerdo ir solo caminando a la escuela, y que jamás pedí auxilio a mis padres para cumplir con las tareas. Era un niño responsable en extremo, aparte tenía la obligación de apoyar a mi madre en el cuidado de sus hijos pequeños.
Cumplí bien en la escuela, era un buen alumno, y ya por las tardes salía del hogar paterno a buscar aventuras en barrios lejanos de mi casa.
La Ciudad de Guatemala está rodeada de barrancas muy profundas, y yo descendía a descubrir qué había ahí abajo, aparte del riachuelo que fluía mansamente.
En mi época, ya eran depósitos de la basura de la ciudad, pero sin asentamientos humanos
En el fondo de los barrancos, se reunían cientos de zopilotes, aves carroñeras, y una tarde tuve la mala idea de matar un zopilote con mi honda, resortera, de lo cual hoy, 65 años después, lo sigo lamentando.
Mi vida fluía placenteramente libre e independiente, era un niño feliz en la calle. A los 9 años mi vida dio un giro radical. Mi familia se convirtió en objeto de persecución política por parte del gobierno, que era producto de un golpe de estado. ¡Y la consigna era huir, ya!
Mi padre se asila en la embajada de Argentina, y luego se logra cambiar a la embajada de México. El se va a México, en avión, antes que nosotros. Nos quedamos en Guatemala mi madre y sus cinco hijos, para preparar el viaje a México y reunirnos con mi padre.
Aquí empieza la odisea
Reunimos en “tanates”, nuestras escasas pertenencias que, envueltas en sábanas blancas y con un nudo enorme, asegurábamos sus contenidos. Eran unos 12 bultos improvisados. No recuerdo quiénes nos llevaron a la estación del tren, a la familia y su voluminoso equipaje.
En unas 8 horas en tren, recorrimos la distancia entre la capital de Guatemala y la frontera mexicana, Ciudad Hidalgo allá y Ayutla antes, hoy Ciudad Tecun Uman, aquí. Noté la diferencia de inmediato, el tren guatemalteco era de madera y circulaba por vías estrechas; el tren mexicano, en cambio, era metálico y las vías eran anchas.
Como pudimos abórdanos el tren mexicano, arrastrando muchachitos y bultos de ropa. Nos instalamos en los vagones de segunda clase. Incómodos y rústicos asientos. La luz amarilla encendida día y noche.
Era plena época de lluvias, y en el sureste mexicano suelen haber tormentas frecuentes, tal como ocurrió ese año, 1954. Y los puentes de los numerosos ríos que desembocan en el Pacífico, fueron arrasados por las correntadas.
Todos los días del temporal nos quedamos dentro del tren varados en Tapachula, Chiapas. Y todos los días salíamos rumbo a México y la sorpresa era que no había puentes para permitir el paso del tren. Y vuelta para atrás.
Creo que ese contratiempo duró un par de semanas. Hasta que logramos pasar rumbo al istmo de Tehuantepec, y luego de ahí hasta el Puerto de Veracruz, donde estaba mi padre esperando, desesperado por nuestro retraso.

De Guatemala a la Ciudad de México
Fue la travesía más larga de mi corta vida y llena de zozobra. Muchos días sin poder dormir, vigilando el equipaje y a mis hermanitos, por encargo de mi madre. En cada estación del ferrocarril del Soconusco, Chiapas, compramos comida a las mujeres que a gritos ofrecían sus alimentos a los viajeros.
Comimos muchos huevos duros, y frutas tropicales, bananos y jocote. Sufrimos los calores extremos del sureste mexicano, que nos deshidrataban mucho. Era sólo sudar y sudar. Hoy me hago muchas preguntas sobre aquel viaje de huida de nuestro país.
¿Cómo le hizo mi madre para sufragar los gastos del viaje tan lleno de imprevistos? Nunca pasamos hambre o sed. Nunca la vi entrar en desesperación o angustia por la aventura vivida, ¿Cómo le hizo?
Mi madre con su rostro sereno nos infundía paz y tranquilidad a nosotros, sus hijos. ¿Cómo lo pudo hacer? Llegamos al Puerto de Veracruz y nos abalánzanos sobre mi padre. Un par de día estuvimos en el bello puerto, y de nuevo al tren otra vez.
Llegamos a la Ciudad de México, a la estación de Buenavista. Unos días estuvimos con la familia de mi madre, habitantes de unas ruinosas vecindades populares de la colonia Obrera. Y de ahí directamente a la colonia de los Doctores. A un pequeño departamento de dos recamaras, apretados, pero felices.
Mi padre vuelve a partir con un trabajo en el norte del país
Nos volvemos a quedar solos con mi madre, y la lucha sigue, pero esa es otra historia. Un día aparece de nuevo mi padre, dos años y medio después, y nos dice:
Dieron una amnistía a los perseguidos políticos y exiliados. Y nos regresaremos a Guatemala.
Yo protesté vehemente por esa decisión, pues me quería quedar en mi país. Ya era un hombre de 12 años. No valió mi deseo. Y otra vez al tren, de regreso. Pero ya todos juntos. Recuerdo haber llorado dos veces, una a la ida y otra al regreso.
Desarraigado, arrancado de raíz, a la fuerza salir de donde estaba y era feliz. Los traumas de viajar siguen en mi vida, a pesar de muchos años de psicoanálisis. Ya siendo un adulto, decidí viajar por toda Europa en tren para curar mis fantasmas.
Compré un Eurailpass, un boleto de viajes múltiples por una veintena de naciones europeas, y sin casi nada de equipaje como suelo viajar desde entonces , viajé en trenes cómodos con coches dormitorios, restaurantes y servicios sanitarios higiénicos. Y ahí curé mis espantos infantiles.
Esta historia quiere rendir un sentido homenaje a mi madre, una mujer valiente y osada. Amoroso ser humano, a quien recuerdo todos los días de mi existencia. No necesito que sea un 10 de mayo.
Posdata
En México, ya de adulto joven, viajé mucho en trenes por razones de trabajo e investigaciones antropológicas, a Guadalajara, Saltillo, Mérida, Monterrey, y a Pátzcuaro.
*La vaca filósofa.

