Bolivar Hernandez*
De los franceses, aprendí muy joven a irme de cualquier reunión social sin despedirme de nadie. Muy pronto descubrí las ventajas de huir de las reuniones sociales y familiares, sin dejar rastro alguno.
¿Por qué hago esto? A simple vista parece una descortesía, una mala educación, una regla de urbanidad ajena a nuestra idiosincrasia.
La respuesta es simple
Cuando llego a la reunión social o familiar saludo a todos de mano, uno a uno, si son muchos los invitados un Hola general, es suficiente. Pero ya en la despedida de la reunión, evito explicar a cada uno la razón de mi salida, ya sea porque me aburrí o ya tengo sueño, según sea la hora del convivio. No me importa exponer mis motivos de la retirada.
Cuando alguien, como yo, se va temprano o prematuramente del convivio, todo el mundo intenta convencer de que uno permanezca un rato más, a la fuerza.
Aparte, soy abstemio, y poco o nada tolerante con personas beodas, necias, no lo soporto.
Hay todo tipo de reuniones, por cierto. En algunas se conversa poco, y más bien están todos dedicados a comer y beber como náufragos. No me interesa esto. En otras reuniones, alguien lleva una guitarra y monopoliza la reunión cantando feo y recio. No me interesa eso.
En otros convivios, el asunto es bailar con la música de un tocadiscos, y me encanta bailar pero no solo con una pareja, quiero bailar con todas bailen bien o mal. Y lo peor es cuando, en un convivio, alguien se siente muy gracioso o chistoso, a la fuerza.
Unos pujachistes, y nos receta un repertorio de chistes malos, insulsos, sexuales, o grotescos. Ahí mismo me levanto y me largo de inmediato.
Hace muchos años
Fui amigo de un miembro de la nobleza francesa, un Conde culto, deportista y muy rico. De vez en cuando me invitaba a grandes cenas en su mansión de la Ciudad de México, e invitaba a otros aristócratas nacionales y extranjeros.Eran convivios con meseros para cada uno. Íbamos 8 invitados solamente, un chef preparaba algunas exquisiteces, y se bebían excelentes vinos tintos franceses de su propia cava.
De ahí no se podía huir, porque era yo un invitado especial, y tenía que ocupar el lugar del intelectual, el profesor universitario, el erudito y hombre de izquierda, para disertar sobre diversos temas de interés general para ellos, que eran hombres de negocios muy poderosos.
Era una reunión en la cual se conversaba en inglés o francés, salvo cuando yo intervenía como monolingüe de español y me hacían preguntas en mi idioma.
Lo que le fascinaba a este noble francés era mi desparpajo para hablar con soltura y con un cierto humor negro.
Era muy divertido tenerme en su mesa con sus invitados los magnates. Sin ser yo un bufón del Conde, sabía perfectamente que él me incluía en sus convivios para hacer amena la cena con mis platicas académicas.
La anécdota divertida de cómo conocí al Conde francés es increíble y cierta
Yo solía ir a desayunar todos los días al restaurante de moda en la Condesa, barrio bohemio de la Ciudad de México, al café Toscano.
Un día veo que llega un hombre rubio, ojo azul, fuerte, alto, un extranjero, sin duda, y traía sujeto con una larga correa de cuero a un perro enorme, que podría ser un San Bernardo, y se sienta en una mesa contigua a la mía, y el animal echado a sus pies.
De pronto el enorme perro se abalanza sobre mi plato y engulle mi desayuno de un solo mordisco. El Conde se avergüenza del acto de su malcriado animal y me paga los dos desayunos, el que se comió su perro y el otro que yo me comí. Desde ahí fuimos grandes amigos y cómplices en muchas travesuras .
De muchas reuniones y convivios me escapé al estilo francés, sin despedirme de ninguno de los asistentes, a veces alguien se percataba de mis intenciones y me detenían, un momento, para que no huyera.
En esos casos argüía dos cosas, una u otra, voy al baño, o voy a comprar cigarros, y salía despavorido de ahí.
Actualmente, ya retirado de los festejos y convivios con amigos o parientes, por la pandemia como excusa principal, he optado por un retiro voluntario para crear arte y darle gusto a mi espíritu.
*La vaca filósofa.

