Bolivar Hernandez*
En mi niñez viví en el pueblo de mi padre, Cuilapa, Santa Rosa, Guatemala. En ese pueblo quieto pasé largas temporadas desde los 2 años hasta los 8. La razón era que mi padre trabajaba en la Ciudad capital, y mi madre, aparte de mí, tenía otros cuatro hijos pequeños que cuidar.
Así que fui a dar a la casa de una tía abuela que había criado a mi padre, en Cuilapa.
Ella, La Lotía, Carlota Sifontes, era hermana de mi abuela materna, Carmen Sifontes.
Y según me enteré después, la abuela de mi padre, Luz Sifontes, tuvo muchos hijos de diferentes progenitores; entre ellos mi abuela Carmen y mi tía abuela La Lotía, todos llevan el apellido Sifontes, sin ser sus apellidos paternos.
El clan Sifontes
Es un grupo numeroso de parientes radicados principalmente en Cuilapa, en Santa Lucía Cotzamalguapa, Chiquimulilla, la Ciudad capital y en algunas ciudades de los Estados Unidos.
La tradición oral refiere que el apellido Sifontes, es originario de El Salvador, donde hay parientes reconocidos; y entre Cuilapa y El Salvador, hay pocos kilómetros de distancia.
El extenso clan Sifontes es un matriarcado. Que arranca con la abuela Luz Sifontes, y que prosigue con sus hijas e hijos, en su mayoría los descendientes de ellas no tienen padre reconocido, sino que llevan un solo apellido, el Sifontes.
Entre todos los hijos de la matriarca Luz Sifontes, ignoro si fueron 8 o 10 vástagos; se encuentra el Tío Güicho.
Él era el menor de todos sus hermanos, y estuvo al cuidado y resguardo de la Lotía, la misma mujer que crio a mi padre. Y ella decía que también me crio a mi, y que yo era yo su sobrino nieto preferido. Me quiso mucho y me cuidó con esmero todo el tiempo que estuve a su lado.
La tía Lotía era muy religiosa
Me levantaba de madrugada para ir a misa de 6 am con ella, y a veces ella no podía ir y me enviaba a mí, en su representación.
Y lo peor es que en esa época, las misas eran en latín y se oficiaban de espaldas a los fieles creyentes, y mi tía abuela me obligaba a que le dijera que había dicho el señor cura en el sermón.
Esto era un chiste para mí, y además, a escondidas de mi padre, me preparó para hacer la primera comunión en el pueblo.
Fui al catecismo varios meses, y tuve que inventar algunos pecados cada vez que tenía que confesarme con el señor cura.
El tío Güicho, protagonista de esta historia
Estaba loco, desde siempre, y vivía en el pequeño espacio que había debajo de una escalera interior, por donde yo subía a mi habitación en el segundo piso y bajaba para tomar mis alimentos. Siempre vi, con curiosidad, a mi tío Güicho y le intentaba hablar, conversar con él, sin miedo. Mi tío Güicho no hablaba, sino que solo gruñía cosas incomprensibles para mi.
Vagos recuerdos acuden a mi mente infantil, y veo a mi tío Güicho en la calle, y un montón de niños detrás de él, gritándole cosas y éste, persiguiéndolos por todo el pueblo. Los niños muertos de la risa.
Tiempo después, veo a mi tío Güicho postrado en ese rellano de la escalera, rapado de la cabeza, vestido con andrajos, y comiendo desperdicios de comida. Triste imagen y dolorosa situación del loco de la familia, y finalmente muere de disentería aguda.
El silencio sobre el tío Güicho, sobre su vida, sobre su existencia, es elocuente, nadie habla de él. Como si no hubiera existido jamás.
Ocurre con los locos de todas las familias
Se les oculta o se les encierra en manicomios y se olvidan de ellos para siempre.
Por razones de mi profesión actual, tengo que tratar con sujetos tildados de locos o desquiciados. Y siempre me remito a los recuerdos del tío Güicho, y trato de entender sus realidades paralelas.
Hice prácticas en el famoso hospital psiquiátrico de México, el Fray Bernardino de Sahagún, y las escenas y el trato a los internos es cruel y despiadado. En mi época aplicaban todavía electroshocks.
En casi todo el mundo moderno han desaparecido los manicomios, y el estado deja a estos sujetos bajo el resguardo de sus familias, con un estipendio económico para los cuidadores familiares.
*La vaca filósofa.

