junio 02, 2026

Tras 40 años de servicio, Don Cheyo, el jardinero, se fue y ni adiós nos dijo

Tras 40 años de servicio, Don Cheyo, el jardinero, se fue y ni adiós nos dijo

Bolivar Hernandez*
Guatemala.- Don Cheyo, supongo que se llama Gregorio, no lo sé a ciencia cierta, nunca se me ocurrió investigar su nombre real. Es un guatemalteco de 70 años, aparenta 80, es mestizo, y ello es un dato importante en este país, donde coexisten diversas etnias, y la etnia indígena es mayoritaria.
Don Cheyo es muy alto, está por encima del promedio de estatura en hombres guatemaltecos. Delgado, fuerte, con manos grandes y callosas.
Es viudo, y tiene un solo hijo, Erick, quien le auxilia en los trabajos de jardinería que realiza en la finca Villasol, en diversas mansiones con jardines inmensos.
Ha trabajado con mi familia desde los tiempos de mis padres, hace ya más de 40 años. Es un hombre de origen campirano, dedicado también a la agricultura de subsistencia, siembra en su pequeña parcela: maíz y frijol.
Siendo este país un territorio tropical lluvioso, conviene ser jardinero porque con tantas lluvias, los jardines crecen en su vegetación a un ritmo acelerado, y hay que estar podando los árboles y chapeando el césped.
El chapeo consiste en cortar la maleza con el empleo del machete muy afilado.
Don Cheyo evolucionó tecnológicamente a lo largo de los años, en sus inicios en el oficio de jardinero todo se hacía con un machete bien afilado, luego consiguió una podadora mecánica, y muchos años después, obtuvo una cortadora de césped con un motor de gasolina.
En mi jardín particular
Existen varios árboles de guayaba que sembró mi padre, y también hay árboles de plátano o banano, y una área grande con césped. Cuando don Cheyo tenía que podar los árboles de mi jardín, yo observaba que dejaba los árboles casi pelones, los talaba casi, casi.
La razón la descubrí hace poco tiempo, don Cheyo cocina aún con leña, y luego entonces se llevaba a su casa los troncos y ramas del jardín, muy bien atados en su moto.
Cuando mis padres habitaban esta mansión en la finca, don Cheyo hacia el trabajo de jardinería; pero además sustraía ropa del tendedero que tenemos en la azotea del tercer piso; mi pobre madre no tuvo servidumbre y ella hacía todas las faenas domésticas: lavar a mano, planchar, barrer, trapear, sacudir, cocinar, etcétera.
Y don Cheyo, que adoraba a su mujer, le llevaba a regalar la ropa interior de mi madre que sustraía de la azotea; y luego también se llevaba ropa de mi padre, sobre todo calcetines.
En estos últimos tiempos en qué hábito la casa de mis padres en la finca, tuve trato directo con don Cheyo y con Erick, su hijo, y les daba órdenes, pero también les hacía regalos de ropa y calzado. Y cuando podía, también les obsequiaba comida y aguas frescas.
Este mes
Don Cheyo mandó a mi casa a un sobrino suyo a recoger sus instrumentos de trabajo que había dejado bajo mi resguardo: Machetes y podadoras, tijeras, escobas, etcétera.
Y así supe que don Cheyo ha dejado de trabajar para nosotros, después de más de 40 años. Se fue sin despedirse, ni adiós nos dijo…
Lo voy a extrañar mucho, sin duda, hoy que mi jardín es una selva salvaje, que necesita limpieza total, pero don Cheyo ya no está.
Al final, el hombre padecía del nervio ciático y eso le impedía trabajar a gusto. Le proporcioné medicamentos para su malestar en la cintura, pero era insoportable ese dolor que le corría de la cintura hasta la punta del pie.
*La vaca filósofa.
Foto: Pexels 

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Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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