Elisabeth Hellenbroch, desde Wiesbaden*
A los 99 años, el por varios lustros decano de la política internacional, Henry Kissinger, publica el libro: Liderato. Seis estudios de estrategia mundial (Leadership, Six Studies in World Stretegy, New York, Penguin Press, 2022).
Con Lee Kuan Yew, primer ministro de Singapur de 1959 a 1990, somos confrontados a “un gigante en un país liliputiense,” según escribe Kissinger. Cuando se convirtió en jefe de un Singapur que se volvería independiente de su pasado colonial británico en 1965, asumió la responsabilidad de un país que, en sus propias palabras, “era menor que Chicago,” con una población de 1,9 millones de habitantes: una excolonia británica formada por diferentes grupos étnicos, entre ellos chinos, malayos e indios. Pero con su liderato, en pocos años, Singapur se convirtió en uno de los países más exitosos del mundo. En una generación, de una pequeña isla en el Cono Sur de Malasia, Singapur se convirtió en el país más rico de Asia en términos per cápita, y de hecho en centro comercial del Sureste Asiático.
Lee construyó un excelente gabinete, dando prioridad a la habitación social y a la educación. Para él el recurso más importante era promover el potencial humano. Su herencia china (su abuelo había llegado a Singapur proveniente de Guandong) y su educación en Cambridge le dieron una visión dinámica entre Oriente y Occidente. En 1978, el líder chino Deng Xiaoping visitó la ciudad Estado y quedó profundamente impresionado, al grado que llevó varias ideas para China. Lee era, dice Kissinger, un hombre de pensamiento socialista, antibritánico y anticolonialista. Estaba convencido de que el Estado de bienestar social era la forma más elevada de una sociedad civilizada y admiraba la política económica estatizante de Jawaharlal Nehru de la India. Cuando lee regresó a Singapur de sus estudios en Cambridge en 1950, había una enorme corrupción y pobreza. La Malasia británica producía caucho y Singapur era un pilar fundamental de la estrategia militar británica en la región.
Lee fundó en 1954 el Partido de Acción Popular y se convirtió en primer ministro en 1959, permaneciendo en el poder hasta su renuncia en 1990. Singapur tuvo tres órdenes constitucionales: el primero, una colonia de la Corona británica de 1950 a 1963, después parte de una confederación con Malasia, de 1963 a 1965, y finalmente, una nación soberana. Cuando se proclamó la independencia, en 1965, Lee afirmó que Singapur sería una nación que, entre muchos pueblos, debería dar un ejemplo. Se ocupó de la construcción de una fuerza militar con ayuda de asesores israelíes y estableció un Ejército permanente altamente profesional. Pero no jugó la carta étnica -75 por ciento de los habitantes hablaban un dialecto chino, 14 por ciento malayo y 8 por ciento tamil. El inglés se convirtió en la lengua oficial de trabajo.
Para Lee, que más tarde se convirtió en un importante consejero de muchos estadistas alrededor del mundo, lo que contaba era la fuerza de voluntad y el concepto de cohesión de la sociedad, así como la disciplina del pueblo y la calidad de su liderato. Consiguió transformar la economía de Singapur gracias a la innovación tecnológica. La economía de Singapur creció en 1971 8 por ciento y 80 por ciento de la fuerza de trabajo estaba empleada en la industria. El país era el tercer refinador de petróleo más grande del mundo y las inversiones extranjeras aumentaron de 157 millones de dólares a 3,7 mil millones en diez años. Insistía en el papel de Estados Unidos para la seguridad y el progreso del mundo y del Sureste Asiático.
“China será grande”
Sin embargo, como Kissinger observa, Lee Kuan Yew dijo en 1973 que “China será grande” y, 20 años después, en 1993, afirmó que China cambiaría el equilibrio del mundo y se convertiría en el “actor más grande de la historia de la humanidad.” Y Estados Unidos no estuvo conforme con lo que dijo de China en 2011: “Estados Unidos debe vivir con una China más fuerte. Eso sería nuevo para Estados Unidos… China, dentro de 20 ó 30 años, puede desequilibrar la posición de Estados Unidos.”
Aconsejó que Estados Unidos no hiciera de China un enemigo, sino aceptaren su situación de gran potencia. También criticaba la pretensión de la “exclusividad occidental”: “Occidente cree que el mundo debe seguir su desarrollo. Pero la democracia y los derechos individuales son extraños al resto del mundo.” Según Kissinger, la “universalidad del pensamiento liberal” no era conclusivo para él, así, los actos de Lee son una lección de cómo se puede promover la “comprensión y la convivencia,” aun en medio de perspectivas completamente diferentes.
Educación humanista
En la sección final del libro, Kissinger pone atención al tema de aristocracia contra meritocracia y lo combina con una afilada crítica a las élites actuales.
Luego de la Segunda guerra de los treinta años, (comparación de la Segunda guerra mundial con la guerra de los Treinta Años, una denominación genérica de una serie de guerras que diversas naciones europeas trabaron entre si a partir de 1618, nde.) surgió un mundo de estados nacionales, donde la clase media llegó a ejercer un poder político y cultural y creó personalidades de liderato. Ninguno de los líderes estudiados en el libro provenía de la clase alta, de acuerdo con Kissinger. Todos frecuentaron escuelas y recibieron una “educación humanista.”
Seis personalidades que tenían en su mayor objetivo el servicio al bien Lee muchas veces se llamó “junzi” (caballero noble confuciano), de Gaulle se llamaba “hombre de carácter.” Cuando se trataba del destino de sus naciones, observa Kissinger, no confiaban en las encuestas de opinión ni en la prensa. Todos tenían un sentido de realidad y fuertes convicciones . Los políticos mediocres son incapaces de distinguir entre lo que es significativo y los que es trivial en el día a día. Todos ellos heredaron guerras dolorosas y trataron de iniciar una “diplomacia creativa.”
En contraste, observa Kissinger, hoy parece que el patriotismo del ciudadano de un Estado fue sustituido por un espíritu partidario que depende de la identidad. La formación de técnicos muy especializados es predominante: “Las élites de hoy quieren menos deberes, pero más realización personal, o sus propias carreras, moldeadas por un ambiente tecnológico que pone en duda carácter e intelecto.
De ahí el llamado de Kissinger para retomar una educación estrictamente humanista en términos de política y de los principios de Estado nacional soberano del Tratado de Westfalia (firmados en 1648 pusieron fin a la Guerra de los Treinta años) y su respeto por la soberanía.
Su mayor preocupación es el increíble potencial destructivo que se está acumulando en el campo militar, que puede aniquilar nuestra civilización, con sistemas de armas cada vez más complejos -el dilema nuclear, nuestras armas cibernéticas y las armas de Inteligencia artificial-. “El mundo actual puede ver el retorno de la gran rivalidad entre China y Estados Unidos, forzada por la diseminación de nuevas tecnologías.” El, sin embargo, pregunta: ¿ambos gigantes aprenderán cómo puede combinarse su rivalidad con el concepto y la práctica de la coexistencia? En cuanto a Rusia, que no tiene el mercado de China ni su poderío demográfico, Kissinger afirma, al final del libro: dado que Rusia se extiende por 11 husos horarios, “actuará todavía más de acuerdo con sus restricciones geográficas e históricas.” Observa que hay en la política rusa una reivindicación imperial que resulta que se sienten estratégicamente vulnerables y aconseja ver el conflicto de Ucrania desde un punto de vista histórico.
Según él, un nuevo orden estable depende de si se sabe si será posible calmar los temores de los europeos sobre la predominancia rusa, pero también la preocupación de Rusia al respecto de los pasos ofensivos de Occidente. “El conflicto estratégico de Ucrania simboliza esas preocupaciones,” comenta. La invasión de febrero de 2022, que, para él, es contraria totalmente al derecho internacional, es parte de ese problema. Es la expresión de un “diálogo fracaso y tímido.”
Por ello recomienda que se pruebe una relación triangular entre Estados Unidos, China y Rusia, a partir de la cuestión central de si Estados Unidos y China podrán coexistir, así también la cuestión de si Rusia podrá armonizar la autodeterminación de los países de la región que considera su “vecindad” (Asia Central y Europa Oriental) y si se hará como parte de un orden internacional, y no por el ejercicio del poder y de hegemonía.
*MSIA Informa

