abril 19, 2026

Vos Bolivar, ¿me prestás tus panes de dulce?: Hay cosas que nos marcan a fuego en la piel y en la mente

Vos Bolivar, ¿me prestás tus panes de dulce?: Hay cosas que nos marcan a fuego en la piel y en la mente

Bolivar Hernandez*
Esta historia familiar ocurrió en el año de 1954 del siglo pasado. Yo tenía 10 años y mis cuatro hermanitos en escalera hacia abajo, la más pequeña tenía 2 años.
En ese aciago año tuvimos que salir al exilio, debido a que mi padre, un hombre de izquierda, estaba siendo perseguido por sus ideas políticas y ya la represión era brutal en Guatemala.
Mi padre se tuvo que asilar en la embajada de Argentina ya que las embajadas de México, y de otras naciones cercanas, estaban abarrotadas por opositores al régimen, y no quedó otra alternativa que saltar la verja de la embajada de Argentina, que también estaba atiborrada ya.
Después de varios meses de estar recluido en la embajada argentina, mi padre pudo ser cambiado a la embajada de México, gracias a que mi madre era mexicana y obtuvo así tener una respuesta positiva a su solicitud.
A los 10 de edad, de golpe me convertí en un adulto y en la representación de la figura paterna ante mis hermanitos.
Debo indicar aquí que desde el año de 1954, hasta el año de 1967, mi padre no estuvo viviendo con nosotros en México, ya que a él le asignaron lugares de trabajo en el norte del país, en el lejano estado de Sonora. A la distancia mi padre se ocupaba de nosotros y enviaba dinero, escaso por cierto.
Mi madre y sus cinco hijos, yo el mayor, nos pusimos a vivir con apreturas económicas; aunque siempre hubo comida, ropa y calzado para todos; aprendimos a sobrevivir con una severa austeridad, ningún lujo ni mucho menos. Vivimos un largo periodo en que dominó: ¡El no hay, no se puede, aguántense un poco…!
Mi madre desempeñó oficios diversos gracias a su inventiva y creatividad
Aprendió a hacer permanentes, rizos artificiales, y aún tengo en la nariz el olor a ese producto químico usado en los cabellos de aquellas mujeres; también aprendió a zurcir medias de nylon, porque eran caras y no desechables.
El hecho de haber vivido nuestra infancia en Guatemala, nuestras costumbres eran muy arraigadas, por ejemplo beber café con leche y varios panes dulces, no solo en los tres tiempos de comida, sino también en la merienda.
En México vivíamos en la proletaria colonia de Los Doctores, frente a la colonia Obrera, divididas por la avenida San Juan de Letrán, muy cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México.
Vivíamos en un pequeño departamento en la calle de Doctor Andrade, y a dos cuadras había una panadería que visitábamos los cinco hermanos para escoger los panes preferidos. Las panaderías de esa época eran de autoservicio, uno ingresaba con una charola de aluminio y unas pinzas de igual metal, y recorría todos los estantes repletos de pan dulce y de bolillos y teleras, pan salado.
Foto: congerdesign
¡Éramos niños con hambre, si!
Les enseñé a mis hermanitos a entrar a la panadería y de manera subrepticia comerse una pieza de pan dulce sin ser vistos por el empleado de la panadería. Nos convertimos en devoradores de panes gratis con mucha habilidad y discreción.
Yo salía con una bolsa de papel de grandes dimensiones con 12 piezas de pan dulce, porque eran dos panes para cada uno de nosotros.
Al llegar al departamento y disponer todo para la cena, que eran frijoles negros de la olla, café con leche y los dos panes dulces correspondientes, mi madre repartía los alimentos.
Todos devoraban sus alimentos y sus panes dulces, pero había una práctica repetida porque resulta que mi hermanita de dos años al inicio de la cena, me hacía una solicitud:
Vos Bolivar, ¿me prestás tus panes de dulce?
Y naturalmente se los prestaba, porque no iba yo a explicarle a esa niña, que yo también quería comer pan dulce. Siempre cené los frijoles y el café con leche, y ya.
Toda mi familia extensa guatemalteca somos adictos al pan dulce y a sopearlo, es decir, remojar el pan en cualquier líquido, y comerlo.
Tenemos una marca, que es una costumbre arraigada de consumir grandes cantidades de pan dulce, debido a las carencias de pan en la infancia. Hasta la fecha, en que todos somos unos adultos mayores.
Cuando fui un joven y tenía algo de dinero, me compraba bolsas de pan dulce, unas 10 piezas, y las consumía de inmediato.
Ahora me restrinjo bastante y controlo la adicción al pan, mis hermanos, no.
Una anécdota de lo que significa el pan en nuestra existencia
Cuando mi hermanita, la menor, cumplió 60 años hizo una gran comida en una restaurante español muy caro, con mariachis y con muchos invitados.
Después de comer y cantar varias canciones mexicanas, pedí la palabra y me dirigí a los concurrentes.
Les hice un relato de aquellos años en México, en el exilio, y les conté que mi hermanita, la festejada , me pedía prestados mis panes, y que ella había olvidado ese episodio de nuestra vida familiar.
Pues bien, todos rieron con esa anécdota, y ella también.
Pues desde hace pocos años que vivo en Guatemala, mi hermanita me trae a regalar, invariablemente, panes de dulce, se los acepto amorosamente aún que ya casi no como pan dulce.
Es un resarcimiento por lo que hice por ella hace 60 años, no sé si lo hace conscientemente o no. ¡Hay cosas que nos marcan a fuego en la piel y en la mente!
*La vaca filósofa.
Fotos: billycm/congerdesign

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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