En los últimos tiempos, ha cobrado fuerza entre ciertos sectores liberales la idea de que sus grandes escuelas de pensamiento económico, como la Escuela Austríaca y la Escuela de Chicago, encontrarían en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) un aliado natural frente a los errores y peligros del marxismo y del socialismo-comunismo.
Pablo Sanz Bayón*
Esta tesis, aunque seductora para quienes desean un fundamento ético para el liberalismo económico, no resiste un examen atento: tanto la antropología implícita como los presupuestos culturales del liberalismo-capitalismo resultan profundamente incompatibles – cuando no directamente opuestos – a los principios fundamentales del pensamiento social católico.
La DSI constituye una rica tradición teológico-social que, lejos de prestarse a los reduccionismos ideológicos, ofrece una visión integral del ser humano y de la sociedad fundada en la dignidad de la persona y el bien común. En ningún caso puede presentarse como un aval doctrinal del capitalismo contemporáneo. Esta pretensión, profundamente errónea y conceptualmente insostenible, revela no solo un desconocimiento de los fundamentos de la DSI, sino una instrumentalización que contradice su espíritu más esencial.
Capitalismo y economía (social) de mercado: una distinción necesaria
En primer lugar, es crucial distinguir entre economía social de mercado y capitalismo. La DSI, desde Rerum Novarum (1891) pasando por Caritas in Veritate (2009), reconoce la legitimidad de la propiedad privada y del intercambio libre de bienes y servicios. Sin embargo, rechaza categóricamente un sistema económico basado exclusivamente en la lógica del lucro, la acumulación ilimitada de capital y la reducción del ser humano a mero factor de producción o consumo.
Juan Pablo II, en Centesimus Annus (1991), introduce una clarificadora distinción entre una “economía de mercado” – entendida como un sistema económico respetuoso de la iniciativa privada y del libre intercambio ordenado por principios éticos – y el “capitalismo” – definido como una forma concreta de organización económica que tiende a la idolatría del mercado y a la marginación de los principios éticos y sociales.
Afirma: Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la responsabilidad en la producción de bienes […] la respuesta es ciertamente positiva. Pero si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema en el cual la libertad económica no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una dimensión particular de la misma, entonces la respuesta es negativa (Centesimus Annus, 42).
Esta matización es, sin embargo, ignorada -o deliberadamente omitida- por aquellos que pretenden identificar la DSI con una apología del capitalismo, o pretenden elevar a algunos economistas a los altares de una doctrina que nunca ha sido respaldada por la Iglesia. Hayek, Mises, Friedman no escribieron ninguna encíclica, aunque algunos los citen religiosamente como si fueran evangelistas.
En particular, un considerable sector de la “derecha católica” (y en mayor grado, de la derecha protestante), incurre en este sesgo. Es evidente que el marxismo-socialismo es incompatible con la doctrina católica. Pero lo que este sector sigue sin (querer) ver es que el capitalismo resulta del mismo modo manifiestamente incompatible. Capitalismo no es economía (social) de mercado ni respeto a la propiedad privada. El capitalismo, con sus fallos de mercado, igualmente atenta contra el mercado (consagrando oligopolios y monopolios) y contra el acceso de muchos a la propiedad, generando una oligarquía financiera (o, mejor dicho, “financista”) y corporativa privilegiada por el Estado y la legislación.
Precisamente, en un texto exquisito de la DSI, como Sollicitudo Rei Sociales (1987), de Juan Pablo II, se dice literalmente que la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista” (Nº 21). Por tanto, no es de recibo solo ver defectos en el marxismo-socialismo y ninguno en el propio lado, porque no se estaría haciendo una reflexión ponderada y realista. La DSI es una formulación equilibrada de principios y fundamentos (dignidad, subsidiariedad, bien común, justicia, solidaridad, opción preferencial por los pobres, destino universal de los bienes) que no son compartidos por los liberales-capitalistas.

Condena del liberalismo económico
La crítica al liberalismo económico ha sido constante y coherente en el magisterio social de la Iglesia. Rerum Novarum denuncia la precarización de las condiciones laborales, el debilitamiento del tejido social y la conversión del trabajador en un mero instrumento de enriquecimiento ajeno.
León XIII escribe con claridad: lo realmente vergonzoso e inhumano es abusar de los hombres como de cosas de lucro y no estimarlos en más que cuanto sus nervios y músculos pueden dar de sí (…). Tampoco debe imponérseles más trabajo del que puedan soportar sus fuerzas ni de una clase que no está conforme con su edad y su sexo (…) tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena, no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas (Rerum Novarum, 15).
Posteriormente, Pío XI, en Quadragesimo Anno (1931), denunciará el “imperialismo internacional del dinero” y el dominio de los poderes económicos sobre las naciones, en términos que revelan una crítica frontal al capitalismo financiero que, incluso hoy, conserva una acentuada pertinencia.
En este sentido, la pretensión de ciertos sectores liberales -generalmente encuadrados en la derecha católica o protestante-, de encontrar en la DSI una justificación para el laissez-faire, para la mercantilización total de la vida social y para la hegemonía de los intereses económicos sobre las instituciones sociopolíticas y culturales, resulta así no solo infundada, sino radicalmente incompatible con la doctrina católica.
Errores antropológicos del capitalismo
La crítica de la Iglesia católica al capitalismo no se basa únicamente en consideraciones económicas o sociológicas, sino, más profundamente, en razones antropológicas. El liberalismo económico tiende a concebir al ser humano como un individuo aislado, autónomo y autoreferencial, cuyo único horizonte es la maximización de su beneficio personal. Esta visión, que distorsiona la verdad sobre el ser humano como ser relacional y abierto al bien común, ha sido constantemente corregida por el magisterio eclesial.
Benedicto XVI, en Caritas in Veritate, subraya que el mercado, por sí solo, no genera necesariamente justicia, y que el desarrollo auténtico exige más que crecimiento económico: “si el mercado se rige únicamente por el principio de la equivalencia del valor de los bienes que se intercambian, no llega a producir la cohesión social que necesita para su buen funcionamiento. Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (Caritas in Veritate, 35).
Así, la Iglesia afirma que la economía debe estar subordinada a la ética y que el desarrollo debe ser integral, es decir, orientado no solo al bienestar material, sino al pleno desarrollo de todas las dimensiones de la persona humana.
*Sitio Frontiere/MSIA

