Bolivar Hernandez*
Entre 1970 y 1995, en México ocupé diversos cargos en el gobierno federal, desde posiciones de mandos medios hasta mandos superiores.
Era tiempos del régimen neoliberal, como suele decirse ahora en la 4T, y los funcionarios públicos teníamos una serie de prebendas y privilegios adherentes al cargo, como puede ser asesores, secretario particular, viáticos generosos, gastos de representación, chofer, auto oficial, gasolina, etcétera.
Yo prestaba mis servicios profesionales en la poderosa Secretaria de Programación y Presupuesto, SPP, con oficinas en Palacio Nacional, en Fray Servando Teresa de Mier y en Izazaga, entre otros. Esto es en el Centro Histórico (CH) de la CDMX, antes Distrito Federal.
Conozco todos los establecimientos del CH por necesidades del trabajo, desde unas humildes fondas hasta los restaurantes de lujo.
En las épocas navideñas, diciembre sobre todo
En las oficinas se hacían los festejos con el consabido intercambio de regalos, y también en los restaurantes aledaños. Una costumbre detestable y obligada, sin chiste alguno.
Pues bien, los funcionarios de altos niveles en la escala burocrática, solían recibir en sus hogares los famosos arcones o canastas navideñas, repletas de ricas viandas, latería importada, vinos españoles, turrones y mazapanes de España.
Existía un servicio de Delivery oficial, con motoristas adscritos a las dependencias federales, que se hacían cargo de llevar por toda la ciudad los arcones hasta las residencias de los funcionarios públicos.
En forma paralela, había otro servicio exclusivamente para el reparto de los pavos, que son aves gigantescas engordadas en extremo, llegando a pesar más de 15 kilos. No caben en los hornos de las estufas comunes y corrientes.
Previo a la navidad de 1982, recibí con azoro en mi casa, la cantidad de 7 pavos gigantescos , enviados por diferentes subsecretarios y secretarios de Estado a este humilde servidor.Este gesto de unos obsequios carnívoros de grandes proporciones me ocasionó varios problemas:
Uno, soy vegetariano y detesto el pollo y más los pavos desabridos; dos, no tenia un congelador para meter tantos pavos. Así como llegaron los 7 pavos insípidos a mi hogar, en ese mismo instante busqué a mis amigos más cercanos para obsequiarles aquellas cantidades grandes de carne, y enviárselos de una buena vez, y desearla feliz Nochebuena y próspero Año Nuevo, como suele decirse formalmente y en modo educado.
Años después renuncié a mi puesto en la Secretaría de Programación y Presupuesto SPP, para iniciar una aventura en el periodismo crítico y de izquierda en la Ciudad de México.
Y a partir de ahí, nadie más volvió a enviarme regalos a mi casa, lo cual agradecí infinitamente. Nunca más volví a ser invitado a cenas, almuerzos o desayunos con políticos o a reuniones de alto nivel.
Devolví el automóvil oficial, el chofer, los vales de gasolina, los teléfonos del auto. Regresé a mi vida de ciudadano común y corriente. A escribir y analizar la realidad nacional y publicar mis escritos en el mejor periódico de ese momento, La Jornada.
Al igual que Joe Biden, yo indulté a 7 pavos muertos y no vivos, como hubiera sido mi deseo.
¡Hasta pronto amigos consumidores de pavos gordos y desabridos!, que les haga buen provecho esa costumbre navideña tan ajena a nuestras tradiciones. Sigo siendo vegetariano de la rama ovo láctica, y soy feliz así.
*La vaca filósofa.

