junio 06, 2026

Benjamín, ¡busca a tu padre!

Benjamín, ¡busca a tu padre!

Bolivar Hernandez*
La familia de Benjamín es la típica familia tradicional mexicana, católica, trabajadora y con numerosos hijos en escalera, uno tras otro.
La familia está compuesta por sus dos padres y sus siete hijos, tres mujeres y cuatro varones; Benjamín es el más pequeñín, como su nombre lo indica.
Son una familia de clase media baja, de allá por los rumbos del Cerro del Judío, en la alcaldía Magdalena Contreras, de la Ciudad de México.
¡Todos los hijos tienen que trabajar y contribuir al gasto de la casa!, solía repetir su madre.
Esa regla de oro, sin embargo, no aplicaba al pequeño Benjamín, porque era el mero consentido de su progenitora. Él apenas acababa de cumplir 18 años, pero ya era un mayor de edad, reclamaban sus hermanos mayores.
Benjamín no quería estudiar
Él deseaba trabajar y ganarse sus centavos al igual que el resto de sus hermanos. Estaba inscrito en el CCH Sur (Colegio de Ciencias y Humanidades) de la UNAM, pero asistía muy pocas veces porque prefería ir de paseo con sus amigos del barrio a recorrer la ciudad entera.
Era un joven inteligente y lleno de ilusiones, de llegar a ser “alguien”, como si no fuera nadie en la vida.
Era buen jugador de billar y ahí, en la salón de billar, se mantenía muchas horas jugando, apostando y ganando mucho dinero.
Benjamín también procuraba estar poco tiempo en casa debido a una obligación que le impuso su progenitora desde muy niño: ¡Benjamín, busca a tu padre!
El padre de Benjamín era un hombre que trabajó su vida entera como cartero de la empresa estatal Correos de México, pero con un historial de un hombre conflictivo que, debido a su alcoholismo, fue despedido por incumplimiento de sus actividades, ya que por muchos días dejaba de repartir la correspondencia y eso ocasionaba quejas y reclamos constantes de sus jefes y también de los otros carteros, por tener que suplir las fallas del borrachín.
El padre de Benjamín bebía con sus amigos en el mismo barrio de su residencia. En la cantina Mi oficina, del rumbo del Cerro del Judío. Bebían varios días seguidos y sus amigos, al principio, lo llevaban hasta su casa, lo dejaban en el quicio de la entrada, tocaban la puerta de su hogar y salían corriendo para no enfrentar a la esposa.
Pero cierto día dejaron de llevarlo cargado hasta su casa, y mejor, para ellos, era dejarlo tirado en la calle, en la banqueta o un parque cercano.
Intoxicado por el alcohol sufría alucinaciones y delirios, y a veces se convulsionaba y los vecinos acudían a pedir los servicios de la Cruz Roja, o al ERUM.
Cuando el padre de Benjamín desaparecía del hogar por varios días, la madre y sus hermanos le exigían:
Te toca ir a buscar a papá y traerlo a casa, nosotros no podemos ocuparnos de él.

jarmoluk

Benjamín hallaba fácilmente a su padre. Conocía sus rutinas, sabía el lugar exacto donde sus amigos lo tiraban al piso, como un trapo sucio. La imagen de su padre, envilecido por el alcohol, dejaba en Benjamín un sabor amargo. Un padre sucio, descuidado en su aspecto físico, incoherente en su hablar, y derrotado no hacía para su hijo ningún buen ejemplo de vida.

Era un chico fuerte, pero…
No podía cargar a su padre que era flaco, pero pesaba por estar inerte, desguanzado. Era un bulto, un fardo humano.
A duras penas y con mucha rabia lo arrastraba por todo el barrio, Benjamín era un hijo que sufría ver a su padre en esa penosa situación. No tenía remedio su padre con su enfermedad.
Desde niño Benjamín tuvo la encomienda de buscar al padre borracho, y solo avisar donde estaba botado, pero con la edad la misión era encontrarlo y llevarlo a rastras hasta el hogar.
La tarea de Benjamín de buscar a su padre y arrastrarlo por los suelos era una actividad que lo avergonzaba y lo lastimaba en lo más hondo de su ser.
Cuando Benjamín cumplió 20 años de edad, su madre y hermanos le prepararon un gran banquete para celebrar su nacimiento. Sería una cena inolvidable.
Sin embargo, ese día su padre estaba en la cantina bebiendo con sus amigos, muy quitado de la pena. Benjamín acudió a la cantina, se asomó desde la puerta y lo vio largamente, y solo atinaba a menear la cabeza en señal de desaprobación.
El chico dio media vuelta y, cabizbajo, emprendió el regreso a casa, para celebrar algo sin sentido para él. Llegó hasta la puerta de su hogar y sacó la llave de la bolsa trasera de su pantalón, hizo el amago de abrir y no lo hizo.
Así como estaba vestido ese día, con sus jeans rotos, sus tenis Nike blancos con agujetas verdes fosforescentes, y su playera negra con un corazón rojo y la leyenda I love NY, en el pecho. Giró lentamente y se marchó…
Benjamín desapareció para siempre, y ya han pasado casi dos décadas que nadie sabe algo de él.
El padre murió en la calle como un perro, y la madre sigue esperando el regreso de su pequeño Benjamín. Los hermanos viven sus vidas, como pueden, en el mismo barrio de siempre y echando de menos, de vez en cuando, al hermanito huido.
Los regalos de aquella frustrada celebración siguen ahí, intactos y llenos de polvo, con sus envoltorios de colores vivos.
*La Vaca Filósofa
Fotos: Alexas_Fotos/jarmoluk

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Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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