abril 15, 2026

Contra el reduccionismo ideológico

Contra el reduccionismo ideológico

La tentación de instrumentalizar la DSI para legitimar el capitalismo es una manifestación contemporánea de lo que Juan Pablo II llamó ideologización de la verdad cristiana en Centesimus Annus. La Iglesia rechaza tanto el colectivismo marxista como el individualismo liberal precisamente porque ambos reducen la persona humana a una función del sistema económico o social, negando su trascendencia y su vocación comunitaria.

Pablo Sanz Bayón*

Por esta razón, la DSI no es, ni puede ser, una simple plataforma de justificación de modelos económicos particulares. Es, ante todo, una propuesta de civilización fundada en el respeto incondicional a la dignidad humana, en la solidaridad, en la subsidiariedad y en el bien común. Intentar reducir su profundidad, riqueza y complejidad a un alegato en favor del capitalismo equivale a traicionar su inspiración más profunda.

El error de fondo: una antropología reduccionista

Tanto la Escuela Austríaca (Ludwig von Mises, Friedrich von Hayek) como la Escuela de Chicago (Milton Friedman, Gary Becker) parten de una antropología individualista y una sociología contractualista. El ser humano es concebido, esencialmente, como un agente racional maximizador de su utilidad, movido principalmente por el interés propio. La vida social sería entonces una red de contratos y transacciones voluntarias, donde el mercado, a través de mecanismos de oferta y demanda, canaliza eficazmente esos intereses privados hacia la prosperidad general.

La DSI, por el contrario, enseña que el ser humano es intrínsecamente relacional, es decir, que su plenitud sólo se alcanza en comunión con los demás, en búsqueda del bien común y en apertura a la trascendencia. La concepción individualista del ser humano es incompatible con la exigencia de solidaridad que enseña la Iglesia, fundamento del bien común.

Muchos liberales, libertarios y neocones podrían sorprenderse al encontrar algunas afirmaciones sobre economía, nada menos que en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Porque la doctrina social católica no admite que el capital esté por encima del trabajo, y además establece que la propiedad privada debe tener una función social.

En el 276 leemos: “El trabajo, por su carácter subjetivo o personal, es superior a cualquier otro factor de producción. Este principio vale, en particular, con respeto al capital”. Y en el 277: “El trabajo tiene una prioridad intrínseca con respecto al capital: «Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el “capital”, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre». Y «pertenece al patrimonio estable de la doctrina de la Iglesia»”.

La falacia del mercado como árbitro supremo

Las escuelas económicas liberales, y en un sentido más amplio la ideología liberal-capitalista, sostienen que el mercado, si se le deja operar libremente, tenderá espontáneamente al equilibrio y al bienestar general. Cualquier intento de corregirlo desde la ética o desde el Estado sería, para ellas, un atentado contra la libertad individual.

La Iglesia, sin embargo, afirma con rotundidad que el mercado no es moralmente neutro ni puede autorregularse al margen de criterios de justicia. De ahí la legitimidad de la lucha por la justicia social, como nos recuerda Juan Pablo II: “La Iglesia sabe muy bien que, a lo largo de la historia, surgen inevitablemente los conflictos de intereses entre diversos grupos sociales y que frente a ellos el cristiano no pocas veces debe pronunciarse con coherencia y decisión.

Por lo demás, la encíclica Laborem exercens ha reconocido claramente el papel positivo del conflicto cuando se configura como «lucha por la justicia social». Ya en la Quadragesimo anno se decía: «En efecto, cuando la lucha de clases se abstiene de los actos de violencia y del odio recíproco, se transforma poco a poco en una discusión honesta, fundada en la búsqueda de la justicia. (Centesimus Annus, 14).

A un sector de la derecha católica (liberal) le irrita y perturba que los Papas hayan usado el concepto de justicia social. Se ha visto en gran medida en los últimos años con la implacable oposición que ha tenido el Papa Francisco. Pero lo mencionado anteriormente es paradójicamente de Juan Pablo II, un pontífice que algunos de esa derecha liberal erróneamente – o más bien arteramente – tratan de incluirlo en una especie de “trinidad liberal” junto con Reagan y Thatcher, distorsionando su mensaje y su legado. En cierto modo, algo parecido a lo que ha hecho un sector de la izquierda con la figura de Francisco.

Lo cierto es que el mercado, por sí mismo, no genera solidaridad, ni equidad, ni justicia, ni respeto a la dignidad de los más débiles. La idea de que la búsqueda individual del beneficio privado redundará siempre en beneficio colectivo no es una ley natural; es una construcción ideológica.

La DSI condena el marxismo y el colectivismo totalitario por su negación de la libertad humana, de la propiedad privada y de la trascendencia humana. Pero combatir el marxismo no implica abrazar el liberalismo económico. El error aquí consiste en una falsa dicotomía: como el marxismo es falso, el liberalismo debe ser verdadero. Esta falacia lógica de falso dilema ignora que la Iglesia ha desarrollado una tercera vía -una visión social propia-, fruto de su magisterio y experiencia, que rechaza tanto el colectivismo marxista como el individualismo capitalista.

pobreza

La incompatibilidad cultural: verdad objetiva versus relativismo pragmático

El punto de fricción profunda entre capitalismo y la DSI es la concepción de la verdad y del orden social. La DSI enseña que existen verdades objetivas sobre la justicia, la dignidad humana y el bien común, accesibles a la razón natural y a la revelación divina. En cambio, tanto la Escuela Austríaca como la de Chicago adoptan en general un enfoque pragmático o utilitarista, donde lo “bueno” es simplemente lo que funciona o lo que refleja la preferencia de los agentes económicos.

Para Mises, la economía es valorativamente neutra: no juzga fines, sólo analiza medios. Para Hayek, la tradición cultural espontánea, fruto del ensayo y error, sería más fiable que cualquier búsqueda racional de justicia social. Esta renuncia explícita a cualquier estándar ético objetivo choca frontalmente con el deber cristiano de construir una sociedad fundada en la verdad sobre el hombre.

La Iglesia no admite este subjetivismo antropológico. La DSI sostiene una visión integral del ser humano: no como un ser aislado y autosuficiente, sino como un ser relacional, llamado a la comunión de personas. El capitalismo liberal, basado en una antropología individualista y subjetivista, postula que cada individuo persigue exclusivamente su propio interés y que de esta dinámica de intereses egoístas surgirá, como “mano invisible”, el bien común.

Este modelo es radicalmente contradictorio con el cristianismo, que predica que el ser humano es un ser social por naturaleza, no una mónada aislada. “Toda sociedad digna de este nombre, puede considerarse en la verdad cuando cada uno de sus miembros, gracias a la propia capacidad de conocer el bien, lo busca para sí y para los demás. Es por amor al bien propio y al de los demás que el hombre se une en grupos estables, que tienen como fin la consecución de un bien común. También las diversas sociedades deben entrar en relaciones de solidaridad, de comunicación y de colaboración, al servicio del hombre y del bien común” (Compendio de la DSI, 149 y 150).

El liberalismo-capitalismo al entronizar un egoísmo racional, desconoce que el bien común no es la suma de intereses particulares, sino la condición social que permite a los seres humanos alcanzar más plena y fácilmente su perfección. En este sentido, nos recuerda Gaudium et Spes, en su numeral 26, que todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien común de toda la familia humana.

Al revés de lo que postula la ideología liberal, la libertad humana no es mera libertad de elección subjetiva y de “libertad negativa” como ausencia de interferencia o impedimentos externos que obstaculizan a un individuo actuar según su voluntad, sino apertura a la verdad y orientación al bien.

Sobre la relación libertad-verdad, el magisterio de la Iglesia dice: “algunas tendencias culturales contemporáneas abogan por determinadas orientaciones éticas, que tienen como centro de su pensamiento un pretendido conflicto entre la libertad y la ley. Son las doctrinas que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de decidir sobre el bien y el mal: la libertad humana podría «crear los valores» y gozaría de una primacía sobre la verdad, hasta el punto de que la verdad misma sería considerada una creación de la libertad; la cual reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su soberanía absoluta (Veritatis Splendor, 35).

Por tanto, el capitalismo, al hacer del deseo individual el motor exclusivo de la vida social, niega implícitamente la vocación social, moral y trascendente de la persona humana. Promover una concepción economicista, relativista y materialista del ser humano, reducido a productor/consumidor, y de la sociedad como simple espacio de intercambio de bienes y servicios es condenado por la Iglesia. La DSI rechaza esto tanto en su variante marxista como en su variante liberal, porque la economía debe estar al servicio del ser humano y no el ser humano al servicio de la economía.

Así, nos recuerda el Compendio de la DSI en el Nº 331: “Dar el justo y debido peso a las razones propias de la economía no significa rechazar como irracional toda consideración de orden metaeconómico, precisamente porque el fin de la economía no está en la economía misma, sino en su destinación humana y social. A la economía, en efecto, tanto en el ámbito científico, como en el nivel práctico, no se le confía el fin de la realización del hombre y de la buena convivencia humana, sino una tarea parcial: la producción, la distribución y el consumo de bienes materiales y de servicios”.

Ni Hayek, Mises ni Friedman fueron doctores de la Iglesia, ni la mano invisible escribió las Bienaventuranzas.

*Sitio Frontiere/MSIA 

About The Author

Maestra en Periodismo y Comunicación; directora de noticias, editora, jefa de información, articulista, reportera-investigadora, conductora y RP. Copywriter de dos libros sobre situación política, económica y narcotráfico de México; uno más artesanal de Literatura. Diversos reconocimientos, entre ellos la Medalla de plata por 50 Aniversario de Radio UNAM y Premio Nacional de Periodismo, categoría Reportaje.

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