El error de cálculo de Alito: Mientras la cúpula intenta imponer a Paloma Sánchez; Mario Zamora entabla la rebelión del PRI, en Sinaloa, ante las imposiciones de escritorio de la capital.
Juan Manuel Acuña
El caso Sinaloa se ha convertido en el epicentro de la política en México. Lo que pase o deje de pasar aquí, afecta directamente el rumbo de este país.
Esto no lo han entendido en la capital. Ven a Sinaloa chiquito —porque representa solo el 2.5% del padrón electoral— y por eso lo ignoran, sin tomar en cuenta las profundas repercusiones nacionales que desencadena la política sinaloense.
Existe una patología recurrente en la política mexicana que resurge con fuerza cada vez que se aproximan las definiciones electorales: La ilusión de que las decisiones más importantes de los estados, pueden tomarse en escritorios climatizados de la Ciudad de México, a mil kilómetros de distancia del territorio.
El centralismo político no es un fenómeno nuevo, pero en la coyuntura actual se ha convertido en un modelo agotado. Cuando los dirigentes de las cúpulas partidistas pretenden decidir candidaturas, alianzas y ritmos locales bajo la lógica del sometimiento o de la cuota de poder central, cometen un error de cálculo táctico que casi siempre se paga de la misma manera: con la derrota en las urnas.
El vicio de origen de las dirigencias nacionales —de cualquier sigla— radica en una falsa premisa de equivalencia: Asumir que lo que se acuerda o se pacta en la capital, refleja de manera automática la realidad de los estados.
En Sinaloa, la rentabilidad política no responde a decretos de la capital. Se mide en conocimiento de marca, arraigo, reputación y, sobre todo, en la capacidad real de movilizar a la base y cuidar las casillas el día de la elección.
Cuando la cúpula impone perfiles diseñados para complacer al centro pero carentes de identidad y trabajo en la provincia, la consecuencia es inmediata: La desconexión total con el electorado y el desencanto de las estructuras locales.
La disciplina partidista de antaño, basada en el acatamiento sin protesta, ha dejado de funcionar. Hoy, cuando una dirigencia central intenta imponer una decisión inviable, la respuesta en las regiones ya no es el silencio, sino la resistencia o la desbandada.

En diferentes momentos del mapa nacional
Como se ha visto en la contención de liderazgos estatales en Zacatecas o en los intentos de control sobre las fórmulas locales— se ha demostrado una regla irrefutable: Las cúpulas solo entienden de costo-beneficio. Un Comité Ejecutivo Nacional solo reconsidera un capricho cuando la estructura local demuestra, con datos y cohesión firme, que sostener la imposición equivale a entregar la plaza por completo.
Si la base sinaloense se cruza de brazos porque siente que su trabajo de años fue pisoteado por una decisión centralista, las siglas se quedan vacías. Ninguna campaña se gana únicamente con espectaculares o boletines enviados desde la capital. La verdadera legitimidad política no la otorga un sello ni un nombramiento de cúpula; la otorga el trabajo territorial y el respaldo de la gente. Pretender obviar esa premisa es condenar cualquier esfuerzo al aislamiento.
En Sinaloa, la figura de Mario Zamora —le guste o no a “Alito”— es quien encabeza las preferencias. Una imposición de Paloma Sánchez (hacia donde todo indica que apunta la cúpula), daría al traste con cualquier indicio de triunfo para la oposición.
Sinaloa debe decidir su futuro. Son los sinaloenses quienes deben hacerlo y no las decisiones cupulares. Oponerse a la imposición no es un acto de insubordinación ni de soberbia; es un ejercicio elemental de dignidad y supervivencia política.
Sinaloa no es una moneda de cambio ni una cuota de consolación para las burocracias de la capital. Aquí hay trayectoria, hay datos y hay liderazgo. Y ese liderazgo en el PRI lo ostenta Mario Zamora, quien debe hacerlo valer. Quien no entienda que el territorio se respeta, estará decretando su propia irrelevancia. Al buen entendedor, pocas palabras.

