Bolivar Hernandez*
El hombre es un animal de costumbres, dice el dicho popular y, efectivamente, es acertado. Soy una prueba viviente de esto.
A lo largo de más de 50 años he asistido a infinidad de restaurantes tanto en México como en el extranjero. Y en todos ellos, he hecho gala de un derecho como cliente frecuente: Que me apropio de una mesa, la misma siempre.
En cada restaurante, fonda o puesto de comida en un mercado, mantengo la costumbre de pedir la misma mesa. Y los dueños o encargados me identifican por mi nombre, ya que tengo nombre de calle y por eso es fácil de recordar, y me apartan mi mesa.
Esta costumbre de comer en restaurantes tiene atrás una vieja historia
Relacionada con mis ocupaciones laborales, que eran trabajos infames que no permitían tener una vida privada, ya que se vive para trabajar en jornadas extenuantes. Salía de mi hogar de madrugada y retornaba a altas horas de la noche. Forzosamente tenía que desayunar, almorzar y cenar en restaurantes.
Y entre paréntesis, diría que no pude ver el desarrollo de mis hijos, no los vi crecer; cuando salía al trabajo, ellos aún dormían y cuando volvía, ellos ya estaban dormidos. Bromeaba con mis ex esposas, y les decía:
-¡Oye!, hay unos niños jugando en el patio, ¿Quiénes son?
-Son tus hijos, decían ellos muy serias.

El Grupo Compacto
La mesa 7 del Toscano, situada frente al Parque México en la bohemia colonia Condesa, era el sitio preferido de mis amigos, quienes acudían conmigo todos los días en grupos de 10.
Rotándose entre sí, unos llegaban y otros se iban. Entonces, no solo era la mesa 7 sino también la 8 y la 9. Unidas mientras estaba el grupo compacto.
Alguna vez, la dueña del Toscano me propuso que yo no pagaría los cafés, si seguía invitando a mis numerosos amigos al lugar. Era un gran negocio para ella, pero era tan tacaña, agarrada, que nunca me dio un café gratis, como lo había prometido.
En la mesa 7 del Toscano, se dieron cita multitud de artistas, actores, actrices, escritores y pintores; amigos míos.
Y con esta anécdota concluyó esta historia
Yo siempre he escrito o dibujado en los restaurantes que frecuento. Un día cualquiera, llegó hasta mi mesa una jovencita con sus pinturas bajo el brazo, se presentó y me dijo: -¿Tú eres el maestro Bolivar?
-¡Sí!, le contesté.
-Traigo mis acuarelas y quiero tu opinión sincera sobre mis cuadros.
Revisé concienzudamente sus pinturas y eran muy buenas, con calidad, excelentes dibujos y manejo del color. Mis amigos entraban y salían, unos y otros, y la jovencita permanecía junto a mi, imperturbable, y pasaban las horas y no se iba.
Ya entrada la tarde-noche, le dije:
-Me voy a trabajar con mis pacientes. Ella se desconsoló por completo. Y le pregunté, ¿Qué te pasa?
Y me respondió:
-Yo pensé que íbamos a dormir juntos esta noche, inclusive pedí permiso a mis padres.
Le dije:
-¡Claro que no!, así que háblales por teléfono y diles que vas para tu casa ahora mismo.
Sollozando, la jovencita se retiró frustrada, y ahí me percaté que traía también un maletín con su ropa, aparte de sus cuadros.
*La vaca filósofa.

