Mirar hacia el Sur, fue el titulo que el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) adoptó para la gira que lo llevó a América Central y Cuba, iniciada el 5 de mayo. Entonces presentó algunos lineamientos de sus propuestas anteriores para emprender una política externa que retome la soberanía del país, a la vez que promueva la integración continental.
En El Salvador, junto al presidente Nayeb Bukele, el 6 de mayo, inquirió al gobierno de Joe Biden, “ya se aprobaron 30 mil millones de dólares para apoyar en la guerra a Ucrania” nosotros, “llevamos cuatro años desde que estaba el presidente Donald Trump, esperando para que se apoye con 4 mil millones de dólares y hasta el día de hoy no hay nada, absolutamente nada”, afirmó.
A pesar de que hasta ahora tales programas son bastante limitados, la franqueza empleada capta el descontento que reina en varios grados en las naciones de Iberoamérica frente a EUA por el vacío total de una política hemisférica diferente de la que ha sustentado en la era de la globalización, hoy endurecida por una defensa a ultranza de la democracia, amenazada, dicen por “regímenes autocráticos”.
La desconfianza hacia la nación del Norte
Se ha reforzado en la guerra ruso-ucraniana, ante sus maniobras geopolíticas para alinear a Iberoamérica en contra de Rusia. Desde que comenzó el conflicto bélico, en particular los tres países principales del continente, México, Brasil y Argentina, con sus abstenciones en la ONU, manifestaron su desacuerdo frente al poder anglo-americano. La adversidad creció inmediatamente después de la primera ronda de sanciones draconianas, que afectan renglones vitales a la economía iberoamericana, sobre todo en el área de insumos agrícolas.
La política hacia América Central planteada por México a los Estados Unidos en diversos foros, se sustenta en el interés mutuo de una realista iniciativa de desarrollo económico de los países del llamado Triángulo del Norte de Centroamérica que incluye a Guatemala, El Salvador y Honduras para así combatir el fenómeno migratorio, asunto que le conviene absolutamente a todos los afectados por este proceso. A los EUA porque les ayudaría a aliviar el flujo de indocumentados por su política migratoria que está en crisis y a los países de la región agobiados para mitigar el secular atraso socioeconómico.
Además, el presidente mexicano y la presidente de Honduras, Xiomara Castro, anunciaron que el país será sede de una conferencia internacional para impulsar un plan de acción que atienda las causas de estos asuntos nodales.
Mirar hacia el sur
Es sabido que, en las tres últimas décadas, desde que se sometió al Tratado de Libre Comercio (TLC-AN), la política exterior mexicana estuvo girando en la esfera norteamericana.
No obstante, en la primera etapa de su gira por los países de Centroamérica, el presidente mexicano, aseveró que se acaba el “período oscuro en que México se ausentó de América Latina”.
Retomando el papel protagónico que alguna vez, el país ejerciera enfatizó tenemos que voltear hacia el sur, queremos ayudar para conseguir la unidad de todo el continente americano. Una especie de Unión Europea, respetando la soberanía de cada país.
López Obrador pidió sustituir la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie, sino mediador a petición y aceptación de las partes en conflicto en asuntos de derechos humanos y democracia. Se preguntó a sí mismo: ¿Vamos a seguir con la política de hace dos siglos, del Destino Manifiesto de América para los americanos, entendiendo que América es Estados Unidos?
La gira de AMLO
Fue interceptada por el deseo manifiesto de México de que la novena edición de la Cumbre de las Américas, patrocinada por EUA, a realizarse en Los Ángeles, en junio, debería ser una en que, “Nadie excluya a nadie, que podamos dialogar, aceptar muestras diferencias, pero también llegar a acuerdos de todo lo que nos une”, anunció. Así pidió que se invite a los 35 mandatarios del continente, incluyendo a Cuba, Venezuela y Nicaragua, de lo contrario él no asistirá y únicamente enviará una delegación. El torpedo que lanzó lo hizo justamente luego de haber terminado una conferencia virtual con el presidente de EU, Joe Biden, realizada al inició de su gira por América Central.
La idea de la no asistencia fue vista con simpatía y apoyada por los presidentes de Bolivia, Honduras, Guatemala, la Comunidad del Caribe (CARICOM) que cuenta con 15 miembros.
Los temas a tratar en Los Ángeles serán, las repercusiones de la guerra ruso-ucraniana, medio ambiente y defensa unida de la democracia. Ante las incertezas de la participación en la Cumbre, el presidente Biden envió a su amigo y coordinador de la misma el ex senador Christopher Dodd, para reunirse con los presidentes de México, Brasil y Argentina.
En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro, por sus propias razones, hasta el momento no ha definido su asistencia.
La indefinición de Brasil, ha despertado nerviosismo entre los grupos de poder en Washington. Por ejemplo, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda fiel miembro del Dialogo Interamericano y muy allegado al Departamento de Estado de EU, citado en un artículo publicado en el New York Times aparecido el 12 de mayo, comentó “si se tiene una cumbre de las Américas sin los presidentes de México y Brasil, casi no tiene sentido. La ausencia de Bolsonaro estropearía dos de los objetivos de Biden en el plano internacional: el cambio climático y la “defensa de la democracia”.
Es más que claro que el torbellino desatado en torno a la novena edición de la Cumbre de las Américas, se ha convertido en uno de los mayores chascos diplomáticos de EUA en el hemisferio, aunque se quiera ocultar como si fuera un conflicto de ideologías intransigentes.

