mayo 31, 2026

El amor, esa locura pasajera

El amor, esa locura pasajera

Bolivar Hernandez*
Esta historia es verídica y autobiográfica. Es un relato sobre un amorío ridículo, penoso, pero memorable. Debo anticipar que en mi vocabulario no existen términos como vergüenza, timidez, o qué van a decir de mi.
Si tuviera temor al ridículo, podría decir al inicio de este relato, que lo que voy a narrar le sucedió al primo de un amigo conocido de un compadre mío. Este argumento falso es muy usado para contar sucesos propios y atribuírselo a otra persona.
Todo lo que a continuación voy a contar, ocurrió en los años 70
Cuando era yo un joven jefe en una empresa editorial y la protagonista de esta historia, también laboraba ahí mismo.
Ella, la dama en cuestión, era muy jovencita en esa época, y no me llamaba la atención, quizás porque era muy bajita de estatura, delgaducha, y no muy agraciada físicamente, más bien era feíta.
Era yo un hombre casado y con hijos. Y luchando por destacar en un medio muy competido.
Pasaron cuarenta años de aquel momento en que ella y yo coincidimos en una empresa y podíamos intercambiar algunas palabras relacionadas con el trabajo común. Y san se acabó ese capítulo.
Un día cualquiera en Facebook aparece la dama en cuestión, y me pide amistad
Sí supe de quién se trataba. Y acepté su solicitud de amistad. En esa época yo vivía en el extranjero, e iniciamos una amistad virtual.
Coincidió en que ella estaba soltera y sin compromisos, y yo igualmente. Y dimos el siguiente paso, que era iniciar un noviazgo.
Retorno a México, y de inmediato me pongo en comunicación con ella. Seguía igual, bajita, flacucha y poco agraciada físicamente, feíta, pero muy elegante en el vestir y muy escrupulosa en su arreglo personal, sobre todo en el cuidado de su larga cabellera.
Advierto a mis cuatro lectores fieles, que en materia amorosa soy un loco, intrépido y atrevido, y no mido las consecuencias de mis actos, soy impulsivo más allá de lo recomendable.
Decidí que debíamos casarnos de inmediato
Ella aceptó gustosa. La solicitud de matrimonio la realicé en pleno Zócalo de la Ciudad de México, bajo la monumental bandera mexicana que ondea ahí.
No me arrodillé ni mucho menos, ni le di un anillo de compromiso. Solo le solté un discurso cursi en el oído. Y ella se conmovió muchísimo con esas sentidas palabras mías.
El matrimonio se consumó meses después en el precioso bosque de Chapultepec, tercera sección, en una zona boscosa y solitaria.
No asistió nadie de nuestras familias, la mía por no vivir en México, y la de ella, porque no estaban de acuerdo con eso. Un par de amigos mutuos fueron testigos de la ceremonia y también los pajaritos y ardillas del bosque, como si aquello fuera una película de Walt Disney, o algo similar.
Foto: Takmeomeo
Los primeros meses del matrimonio fueron esplendorosos, a tal grado que ideamos demostrar nuestro inmenso amor con un performance, que consistía en llenar una sección del bosque de Chapultepec con un lazo de color azul celeste rodeando todos los árboles. Ese listón azul celeste era visible a larga distancia. Varios domingos fuimos a cumplir con ese performance particular. Era una exagerada manifestación de nuestro amor hacia el mundo entero.
Como pintor de rostros femeninos desde el principio de mi carrera como artista plástico, pues la dibujé a ella, la bajita, flacucha, y poco agraciada, feíta, como era. Y mi arte la enfureció demasiado. Sus retratos eran tan realistas que ella no los pudo soportar o tolerar, y fueron a parar al bote de la basura, hechos pedazos.
La vida conyugal mostraba fisuras profundas y molestias sin parar. Ella desarrolló una celotipia, enfermedad de celos, que convirtió nuestra relación en un infierno dantesco. Se le ocurrió alimentarme mucho con fines de engordarme como marrano, puerco, coche, para que nadie se fijara en mi. Un gordo sin atractivo sexual era su meta conmigo.
La enfermedad de los celos
Hizo que entrara subrepticiamente a mi página de Facebook, y eliminara o bloqueara a todas mis amigas.
En otra ocasión encontré todos los regalos que le había dado a lo largo de nuestra noviazgo en el bote de la basura, y eran obsequios costosos y vistosos.
El acoso permanente a mi persona, convirtió aquello en un manicomio insoportable. Y un día dije; ¡basta! Fue un matrimonio breve y memorable, sin duda.
Yo me hago responsable y también me hago cargo de mis tremendos errores cometidos en nombre del amor. He tenido varías relaciones matrimoniales fallidas y he podido rectificar, no tan a tiempo.
Con los años me he sosegado bastante en ese territorio del amor, al grado que voy a cumplir 20 años de feliz soltería, y de una soledad elegida.
Si alguien desea una asesoría de cómo elegir una pareja dispareja o enloquecedora, no duden en escribirme para obtener el método infalible para sufrir sin parar.
El amor es un estado alterado de la conciencia, absolutamente cierto. No solo es ciego, sino sordo también. Ese es el amor romántico tan apetecido por muchos seres humanos.
¡Hasta pronto, hombres necios y mujeres obsesivas!, que buscan a su media naranja sin éxito. Somos del mismo equipo de obcecados.
*La Vaca Filósofa
Fotos: StockSnap/Takmeomeo

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

Related posts