Mario Lettieri y Paolo Raimondi, desde Roma* El paquete de rescate de 54 mil millones de dólares del banco central suizo no fue suficiente para estabilizar al Credit Suisse. Ni siquiera la fusión con el mayor banco del país, el UBS, parece calmar las aguas turbulentas de los mercados financieros internacionales. El motivo, sobre el cual hay una tendencia a omitirse, es simple:
La exposición a los especulativos derivados financieros “de ventanilla” u OTC, aquellos no regulados y mantenidos fuera de los balances, tanto del propio Credit Suisse a imagen de los demás bancos “demasiado grandes para caer” –principalmente de los EUA. El último informe sobre derivados de la Oficina del Controlador de Moneda (Office of the Comptroller of the Currency-OCC), la agencia estadounidense de control bancario, constató que, el 30 de septiembre de 2022, cuatro bancos detentaban 195 billones de dólares en derivados financieros, equivalentes al 88.6% del valor nominal total del sistema bancario nacional.
El JP Morgan tiene 54.3 billones; Goldman Chase, 50.97 billones; Citibank, 46 billones; el Bank of America, 21.6 billones. Aunque la Ley Dodd Frank promulgada después de la gran crisis de 2008, exige que los derivados pasen por la compensación central, una proporción de 58.3% de ellos no lo hacen, permaneciendo en total opacidad.
Un estudio reciente del Banco de Compensaciones Internacionales (BIS)
Evalúa las graves complicaciones en la gestión de derivados y destaca que “los bancos extranjeros con sede fuera de Estados Unidos tienen deudas de 39 billones de dólares en derivados OTC. Más del doble de las deudas registradas en balance y más de diez veces su capital”. Una exposición considerada “asombrosa” y precursora de nuevas convulsiones. El Tesoro de los EUA está examinando la exposición de los bancos norteamericanos al Credit Suisse. No es de ahora que se sabe que el sistema bancario internacional está estrechamente interconectado y que la crisis de un componente importante de él puede volverse sistémica de manera rápida. Por tanto, no se sustenta la justificativa según la cual el problema es de origen extranjero, repetidamente argumentado por las autoridades estadounidenses. En los Estados Unidos, el marco regulatorio distingue los bancos con sede en el país de aquellos del exterior. Estos últimos no están sujetos a los mismos patrones de requisitos de capital y liquidez más restringida, por ejemplo. Conociendo bien los riesgos, ellos lo hicieron para atraer más capital hacia los EUA, incluso especulativo, a fin de mantener el mercado dominante a todo costo.
El histórico de crisis del Credit Suisse fue ampliamente ignorado durante años y conscientemente subestimado. De otra forma, se revelaría la enfermedad de todo el sistema, la cual no se pretendía abordar de forma drástica y, mucho menos, curarla.
En 2021, el banco perdió 5.5 mil millones de dólares en transacciones arriesgadas con derivados con el fallido fondo “hedge” especulativo estadounidense Archegos Capital Management. Las señales de alerta fueron ignoradas por todos, no solamente por el Credit Suisse, quien también tuvo severos daños con la quiebra y el escándalo de Greensill Capital, empresa británica de servicios financieros, que dejó un agujero de 10 mil millones de dólares. Y el CS ya había pagado una multa de 5.3 mil millones de dólares a las autoridades estadounidenses, por engañar a los inversionistas sobre el riesgo de los títulos “subprime” vinculados a hipotecas inmobiliarias. El Credit Suisse siempre operó en el mercado estadounidense
Desde hace años controla al First Boston. Entre sus accionistas, Arabia Saudita y Qatar tienen 20% de las acciones y, como de costumbre, el omnipresente fondo gestor de activos BlackRock aparece con cerca del 5%. Sabiéndose muy bien que los bancos con grandes inversiones en títulos públicos de largo plazo y bajo rendimiento están en dificultades, el aumento de la tasa de interés por los bancos centrales parece ser una opción obligatoria. En sus agendas, la prioridad sigue siendo la de contener la inflación, para evitar convulsiones económicas y sociales. Para las instituciones financieras en crisis, se pondrán a disposición decenas, centenas de miles de millones de dólares y euros. No obstante, es evidente que semejantes rescates públicos no constituyen una solución. A cada crisis, el problema reaparece en peores y mayores dimensiones.
Así, nunca nos cansaremos de repetir que una reforma financiera completa es necesaria e inevitable. Para restaurar alguna sanidad al sistema financiero, sería del todo conveniente retornar a la separación bancaria al estilo de la Ley Glass Steagall del presidente Franklin Roosevelt, con el aprovisionamiento de los derivados OTC en los balances bancarios y la prohibición del llamado apalancamiento financiero.

