Bolivar Hernandez*
Esta es la historia de Sofía, una mujer bella, esbelta, blanca, con el cabello liso y negro. Su peinado es el clásico de la época, cuando ella era una joven estudiante universitaria, con un fleco sobre su frente amplia.
Su rasgo distintivo es el uso de anillos y collares, diseñados por ella, auténticas obras de arte.
En su juventud
Ella tuvo dos modalidades en su vestir, una época le dio por vestir totalmente de blanco, y en otra, solamente de negro. Era una belleza exótica por sus ojos orientales y su cabello negro y lacio. Poseía un cuerpo delicado, esbelta, sin ser muy alta.
Sofía tenía un aura misteriosa, sobre todo cuando vestía de negro, y los jóvenes, sus compañeros de la universidad, por ese motivo la pretendían incesantemente.
Muchos no sabían que Sofía practicaba la danza, aparte de dedicarse a estudiar su carrera universitaria.
Su vida amorosa fue azarosa, tuvo varios amantes de larga duración. Sus romances eran apasionados.
Viajo por Europa y por el Caribe, viviendo ahí largas temporadas con un nativo de la Isla mayor.
Aprendió el francés, y conoce el idioma español a profundidad. Esto le ha permitido escribir, sin exagerar, miles de artículos de mitos y leyendas vernáculas.
Trabajó en un periódico llamado El Día, que ya desapareció. Posee una buena pluma para contar historias, y también una colección de plumas fuentes clásicas.
Tras ser una joven que vestía de blanco o de negro
Ahora sus atuendos son muy mexicanos, huipiles y blusas típicas de culturas indígenas, son su característica manera de estar a gusto. Durante muchos años ha vivido en soledad, sólo acompañada de un gato fiel.
Su familia cercana ha muerto ya; tiene aún algunos primos lejanos de parte de su padre y de su madre también, pero no los frecuenta.
Posee una linda casa de dos niveles, decorados con objetos mexicanos y con un buen gusto, el orden es absoluto en su hogar, y la limpieza también.
No visita a nadie y tampoco admite visitas de ninguna persona. Su aislamiento es casi total, sólo lo rompe cuando sale a la calle, ocasionalmente, de compras o para hacer trámites administrativos.
Ella no registra el día en que vive, le da lo mismo si es lunes o sábado, o martes o domingo. Todos los días se repiten idénticamente, con una absurda semejanza entre ellos.
Cocina poco, y solo alimentos muy escogidos, porque tiene severos problemas gástricos. Por cierto, estos asuntos gástricos son una mínima parte de una colección de malestares físicos y emocionales, que le hacen la vida insufrible, a veces, sin dejarla dormir con facilidad.
Sofía no tiene vicios, no consume ni tabaco ni alcohol, quizás abusa de los medicamentos, que es otra forma de tener una adicción lesiva.
Sus problemas y enfermedades se localizan en su aparato digestivo y respiratorio, también en su corazón.
Son muchos males menores en su cuerpo, pero en conjunto muestran un cuadro grave. ¡Sofía quiere morir ya! ¡Está harta de vivir! Ya no desea continuar ni un minuto más en este planeta. Pero sabe que ninguno de sus malestares físicos son causales de muerte.

Ahora tiene una obsesión
Es el lograr el suicidio asistido. Ya investigó todo lo relacionado con ese tema. Pero resulta que en México ello no está legalizado aún. Los médicos que ella ha consultado al respecto para ver si le ayudan a morir, se muestran renuentes a causarle la muerte.
Los médicos consultados por ella muestran una objeción moral, quizás ética, para auxiliarla en su plan de morir sin dolor.
La paradoja de Sofía es que quiere morir ya, y no halla el modo de hacerlo.
Averiguó sobre un medicamento veterinario que puede causar la muerte inmediata en un ser humano, pero es un medicamento controlado y no lo venden así como así.
Buscó comprar un arma de fuego, y sus contactos no han querido ayudarla en esa tarea, le ponen muchas excusas para decirle que no hay pistolas en venta.
Sofía tiene en su poder una buena cantidad de medicamentos en su casa y que, con una sobredosis de ellos, podría ocasionar su muerte. Nadie le quiere decir cual es la dosis letal.
Sofía tiene 82 años y plena lucidez, y posee una inteligencia superior. Pero no sabe cómo provocar su muerte, esa muerte tan anhelada por tanto tiempo.
Ella aspira a tener una muerte dulce, esa que consiste en irse a dormir, acostarse en su cama y morir en el sueño… ¡Eso sería lo ideal!
Mientras tanto, su salud empeora poco a poco, con una lentitud pasmosa, desesperante. Sin embargo, me temo que la soledad la matará algún día, no muy pronto, por cierto.

