La saturación de estudios a modo, solo refleja la debilidad de proyectos sin propuesta de tierra. Candidatos compran percepción de invencibilidad en redes mientras el 60% de la ciudadanía les cuelga el teléfono.
Juan Manuel Acuña Salomón
Las encuestas pasaron de ser un instrumento de diagnóstico técnico a convertirse en un arma de propaganda estratégica; se han prostituido al mejor postor. Se utilizan como herramientas de marketing para convencer al electorado, a los financiadores y a los propios grupos de poder de que la contienda, ya está decidida.
Las encuestas de consumo masivo son, en su gran mayoría, boletines de prensa disfrazados de ciencia. Su objetivo no es informar qué piensa la gente, sino dictarle a la gente qué debe pensar.
En Sinaloa el fenómeno se vive de forma amplificada y casi caricaturesca. La saturación de encuestas “a modo” responde a una dinámica de supervivencia política inmediata: En lugar de construir posicionamiento con trabajo de tierra o propuesta, muchos prefieren comprar la percepción de invencibilidad o competitividad en una gráfica digital.
Las publicitan como si fueran verdades absolutas, pero esto no refleja la fuerza de los aspirantes, sino la debilidad estructural de sus narrativas: Cuando no hay contenido ni proyecto sólido que presumir, se presume una gráfica.

Decisiones con base en la fantasía
Sin entrar a fondo en la crítica sobre las encuestas patito —no tiene caso, su desgaste es evidente—, solo mencionaré un dato que desde mi punto de vista las destroza: La “no respuesta”.
Cuando el 60% de la gente les cuelga el teléfono o les cierra la puerta (el rechazo real), esa enorme masa de indecisos o desencantados, no se reporta con honestidad.
El gran problema no es solo la casa encuestadora que vende la gráfica; el problema es el aspirante o candidato que la compra para alimentar su propio ego y engañar a su estructura. Lo más peligroso es que tratan al elector como un iluso:
Asumen que la gente va a votar por arrastre como oveja, cuando el ciudadano de a pie mide la realidad por lo que vive en la calle, no por lo que ve en una gráfica de Twitter o Facebook.
El clímax del autoengaño es que el equipo de campaña empieza a tomar decisiones con base en la fantasía que ellos mismos financiaron. Gastan dinero donde no deben, descuidan la estructura de tierra y el día de la elección se dicen “sorprendidos” por el resultado real.

