De caos, confusiones y malos entendidos.
Bolivar Hernandez*
Finalmente, regresé a mi casa de Guatemala, después de una corta vacación en Ciudad de México y en estados aledaños. Tuve una estancia satisfactoria, llena de encuentros emocionantes y cálidos con mis amigos, hijos y nietos. Y también atendí a mis pacientes en psicoanálisis.
Tuve entrevistas en radio, dicté conferencias, paseé mucho por los centros históricos de las ciudades que me encantan: La Ciudad de México, la Ciudad de Puebla de Los Ángeles, y también la bella Uruapan, Michoacán.
Comí ricas comidas típicas mexicanas y regionales. Charlé con variados y queridos amigos. En esta ocasión no visité ningún museo, ni fui al teatro y mucho menos a la Ópera en Bellas Artes, tenía otras prioridades y necesidades afectivas y espirituales.
Y llegó el día de la partida
Mi plan de llegada al aeropuerto Benito Juárez, Terminal 2 , es siempre en Metrobús, el que pasa a dos cuadras de mi casa en Regina, y va por República de El Salvador hasta la Tapo, y de ahí parte un Metrobús especial hacia el aeropuerto y cobra 30 pesos ese viaje. Tengo derecho al transporte público gratuito, menos en este trayecto al aeropuerto.
En esta oportunidad, mi amiga Patricia Celis me obsequió un taxi de Uber, y fue un viaje fantástico, sin tráfico y por rutas rápidas.
Era un auto elegante y me senté atrás del piloto, como si fuera yo un magnate africano.
Me documenté de inmediato en Aeroméxico y solicité el servicio de silla de ruedas como lo acostumbro desde hace muchos años. Esta es una treta mía para agilizar mi paso por aduana y migración, me finjo discapacitado y lo actuó magistralmente, y logro conmover a los aduaneros y agentes de migración.
Me subí al avión muy contento por el retorno a casa
El avión empieza a moverse en dirección a la pista 24 izquierda, y no podemos despegar por un intenso tráfico aéreo de aterrizajes y despegues; hay que hacer una larga fila. Por fin tomamos pista y nos elevamos sobre los volcanes nevados del Popo (Don Goyo) y el Iztaccíhuatl.
Me asignaron un asiento de primera fila, en pasillo para poder ir al baño, si es necesario. A mi derecha se sienta un joven con el cabello pintado de azul, un chico guapo y sencillo de trato. Converso con él. Y me dice:
Estoy muy emocionado porque mis fans me esperan en el aeropuerto de Guatemala.

El chico se llama Nelson Carreras y es cantante
Tiene 21 años, y participó en La Academia, un concurso de canto de la televisión mexicana, y siendo el mejor concursante por su buena voz, alcanzó solamente un cuarto puesto debido a que los votos del público no fueron suficientes para él.
Todos los pasajeros eufóricos por estar junto a Nelson, incluyendo al piloto y las azafatas. Yo era el único ignorante de la historia de Nelson en la televisión mexicana durante las varias semanas que cantó. No tenía la menor idea de este muchacho y su brillante carrera musical.
Aterrizamos en el aeropuerto La Aurora, de Guatemala y, en efecto, había tumultos a la salida de este chico. Cientos de admiradoras, adolescentes, histéricas, gritando al ver salir el chamaco. Yo junto a él, y me confunden con su manager o con otro artista mexicano.
Yo lucia un hermoso sombrero con una cinta con motivos indígenas, lentes oscuros y una postura erguida. Me despedí de Nelson deseándole mucho éxito en su nueva carrera artística, inclusive le di consejos para educar y cuidar la voz.
Las multitudes afuera del aeropuerto
Me impidieron tomar un taxi con facilidad, no había suficientes. Y de pronto aparece frente a mí, un hombre viejo, desaliñado, y me ofrece sacarme de ahí con su destartalado automóvil, y cobrarme una tarifa cómoda para llevarme a mi casa.
Salimos entre las multitudes fanáticas de Nelson. Y nos topamos con un caos vial que nos impide avanzar ni un metro por minuto. Me resigno, así es el tráfico de los sábados, ni modo. Ese viaje dura 15 minutos entre mi casa y el aeropuerto, con normalidad. Hoy, una hora.
-El chofer del auto se confiesa conmigo y me dice:
Me llamo Bryan, en honor a un escritor británico.Sonrío y le digo, yo me llamo Bolivar, y también en memoria de un héroe, estamos a mano.
-Y muy sorprendido, don Bryan me suelta lo siguiente:
¿Entonces no es usted el famoso actor cómico mexicano, Alfonso Zayas?
Le respondo, ¡claro que no!, usted me confundió con un artista mexicano que, inclusive, ya murió.
*La Vaca Filósofa

