¿Dignidad o complicidad? El PRI en Sinaloa se enfrenta a una disyuntiva crítica: Marcar un alto a las imposiciones de Alito Moreno o caminar hacia la irrelevancia total. Con los liderazgos de Mario Zamora y Paola Gárate relegados por acuerdos cupulares desde el centro, analistas advierten el peligro de un voto castigo y una política de brazos caídos en las bases locales, planteando un frente amplio de resistencia inspirado en el precedente de Zacatecas.
Juan Manuel Acuña Salomón
En el ajedrez político local, cuando una dirigencia entrega la estructura antes de que empiece la contienda, la duda es inevitable: ¿Se busca realmente dar la batalla en las urnas o Sinaloa ya fue entregada en la mesa de negociación nacional? Mientras el PRI nacional siga jugando a la política de conveniencia —distante del pulso real en las calles—, el camino pavimentado para unos cuantos seguirá siendo la ruta directa hacia la irrelevancia definitiva del partido en el estado.
Todo parece indicar que a Alejandro Alito Moreno lo que menos le interesa es ganar en Sinaloa. Dicen que todos los caminos conducen a Roma y, en la entidad, la ruta del PRI rumbo a la gubernatura parece estar pavimentada para Paloma Sánchez, aun cuando no encabeza las simpatías reales ni los posicionamientos locales.
Por otro lado, Mario Zamora y Paola Gárate cuentan con una trayectoria comprobable, tanto en el trabajo mediático como en el despliegue territorial. Sin embargo, ese esfuerzo de campo parece contar muy poco cuando se impone la línea cúpular.
Al analizar las conversaciones de pasillo, el diagnóstico es el mismo: La decisión viene tomada desde el centro y la cargada institucional favorece a la senadora, desplazando a otros liderazgos del reflector principal. La inclusión esporádica de otras figuras opera más como una cortesía calculada para simular una unidad que no existe.
La imposición de una candidatura sin arropamiento territorial no suma
Por el contrario, provoca fragmentación y voto castigo. El primer síntoma será una postura de «brazos caídos» en las estructuras de base. El priismo en Sinaloa sobrevive en gran medida por sus liderazgos en colonias, sindicaturas y sectores productivos que responden a operadores con trabajo de campo continuo. Si la candidatura emana de un acuerdo cúpular sin trabajo de tierra, esos cuadros simplemente no van a salir a movilizar el día de la elección.
El problema de fondo es que una mala candidatura no solo pierde la gubernatura, sino que arrastra consigo al resto de los aspirantes en las planillas a presidencias municipales, así como en las diputaciones locales y federales.

Frente a este escenario, se vislumbran dos caminos con consecuencias radicalmente distintas:
- Liderazgos locales disciplinados en la superficie, pero realizando una campaña pasiva. Una postura que los convierte en cómplices de una entrega pactada desde la Ciudad de México.
- La insubordinación legítima: Asumir una postura firme que exprese claramente: “con todo respeto, pero no estoy de acuerdo”. Una rebelión de las bases que, aunque compleja, cuenta con antecedentes concretos.
El caso de Zacatecas con Fito Bonilla
Es una muestra clara de cómo la estructura y los liderazgos locales pueden marcar un alto ante decisiones unilaterales tomadas desde el centro. Una insubordinación articulada en Sinaloa, implicaría formar un frente amplio de aspirantes —encabezado por liderazgos consolidados como Mario Zamora y Paola Gárate— en conjunto con quienes aspiran a los demás cargos de elección popular, empezando por las alcaldías clave del estado.
La primera ruta condena al priismo sinaloense a ser comparsa de un acuerdo cúpular; la segunda enviaría un mensaje contundente de que los liderazgos locales no están dispuestos a ceder la entidad y que apuestan genuinamente por Sinaloa.
Si bien el PRI por sí solo no garantiza un triunfo, una rebelión con tracción real demostraría compromiso y abonaría con mayor fuerza a la conformación de una sólida alianza opositora. En otras palabras, es una cuestión de dignidad.

