noviembre 30, 2025

Ingrid, la chica de sonrisa dulce y rostro angelical, es un fantasma

Ingrid, la chica de sonrisa dulce y rostro angelical, es un fantasma

Bolivar Hernandez*
He contado en repetidas ocasiones que vivo actualmente en una finca habitada por gente de clase media alta y alta, que moran en casas elegantes con una arquitectura típica de los años 60s, del siglo pasado.
Queda la impresión que quienes diseñaron estas casonas fueron unos pocos arquitectos y muy poco creativos, porque casi todas las casas son casi idénticas en sus fachadas.
Esta finca perfectamente urbanizada cuenta con unas 500 residencias, poseedoras de amplios terrenos y jardines interiores.
Los primeros colonos del lugar envejecieron y ahí murieron; mis padres incluidos. Actualmente, sus habitantes son los hijos de aquellos, también envejecidos ahora. Los descendientes de estos colonos de segunda generación se fueron a vivir a otros rumbos de la ciudad guatemalteca.
No hay jóvenes, muy pocos, y no hay niños, casi ninguno; entonces la finca es un albergue gigantesco para viejos. El parque infantil tiene columpios y juegos que ahora no tienen usuarios.
Un día emprendía mi recorrido a pie…
Para cumplir con mi meta de recorrer dos kilómetros diariamente, y lo hago con una dificultad relativa debido a una cojera ocasionada accidentalmente, que me hace ir despacio y cojeando. Cuando me encuentro frente a frente con una chica de treinta años, quizás, que nunca había visto antes, y es mi vecina próxima, vive en la misma cuadra que yo.
Una chica agradable, con una linda sonrisa, y con una amabilidad sorprendente, y me dice:
Señor, permítame llevarlo en mi camioneta a donde usted vaya.
Le respondo que no muchas gracias, ya que debo caminar forzosamente por un plan diario de rehabilitación.
Me sonríe abiertamente, y le inquiero: ¿Cómo te llamas tú?
-Me llamo Ingrid.
¡Encantado!, digo yo. Ella de inmediato inicia la marcha con su elegante camioneta roja, nueva, y sube el vidrio polarizado de la ventanilla del conductor. Desaparece de mi mirada muy pronto.
Ingrid es una chica atractiva, es alta y atlética. Posee una dentadura blanca, pareja, perfecta.
En mi caminata diaria
Paso frente a su casa y volteo hacia su casa; espero volver a verla. ¡Es una fantasía mía! Han pasado casi tres meses desde aquel día en que nos conocimos. Tampoco está ahí frente a su casa, la camioneta roja, nueva, aquella en la que me ofreció llevarme lejos de la finca.
Recientemente, me atreví a tocar la puerta de su casa y preguntar por ella. Salió a la puerta un hombre viejo, desgarbado, barba crecida, y ropa muy gastada; y le pregunto por Ingrid.
El viejo me mira con asombro, abre la boca a medias, y balbucea unos sonidos confusos. Alcanzó a descifrar su respuesta, y entiendo esto:
Ingrid no sé quién es, no la conozco, ni vive aquí.
Me quede patidifuso, anonadado, pasmado con esa noticia. O sea que Ingrid no existe. Nadie más vive en esa casa, solo ese viejo fachoso.
Debo decir que en mis caminatas y recorridos en la bicicleta por toda la finca, siempre me pregunto: —¿Quiénes vivirán en esas casas elegantes?
Nunca veo a los colonos fuera de sus inmuebles. También es verdad que muchas están abandonadas desde hace muchos años, al igual que sus vehículos polvosos en los portones.
Esta historia verdadera cae en el tema de lo paranormal, por tratarse de la visión de una mujer bella, joven, atractiva, con quien tuve un encuentro fugaz muy cerca de mi casa. Y resulta que no existe, que no es real.
Me hace recordar una anécdota similar que me relató mi madre cuando yo era un adolescente. En su natal Guadalajara, mi madre supo de la historia de unos jóvenes que salieron de fiesta una noche de sábado, y en el salón de baile conocieron a tres lindas chicas, con las que bailaron y bebieron toda la noche.
Ya de madrugada, las llevaron a su casa y quedaron los chicos de volverse a ver el siguiente fin de semana. Al siguiente sábado, ellos, muy perfumados, llegaron a la casa de las jóvenes.
Se percataron entonces que era una casa abandonada, y se pusieron a indagar en el vecindario sobre aquellas lindas jovencitas. Efectivamente ahí vivieron esas jóvenes, hace muchos años, y que habían muerto en un accidente de tránsito.
Me perturba un poco lo que me ha sucedido con Ingrid, o con su fantasma. Juro que sí la vi, y sí hablé con ella, y todo en mi sano juicio, ya que no bebo ni me drogo. No creo en apariciones, ni en fantasmas. El misterio me intriga absolutamente, pero no me quita ni el apetito ni el sueño.
¡Hasta pronto, desobedientes y mujeres insumisas!. ¡La lucha sigue y sigue…!
*La Vaca Filósofa
Foto: Pexels

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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