agosto 07, 2026

La cultura, un vistoso florero, para la hora del café y los pastelitos

La cultura, un vistoso florero, para la hora del café y los pastelitos

Bolivar Hernandez*
La cultura se cultiva día a día, al igual que la agricultura. La cultura es fundamentalmente la suma de saberes adquiridos, ya sea por tradición oral o por la lectura de libros. Y la antropología diría que la cultura es todo lo que hace el ser humano. Todo es cultura.
Hay una cierta petulancia con respecto a la cultura oficial, al decir qué hay una Alta cultura, o Las bellas artes. Sus opuestos lógicos a esos conceptos, serían: Baja cultura y Feas artes, ambos son antónimos absurdos.
Para salir de ese embrollo de definiciones de la cultura elitista y clasista, se inventó un término ambiguo que es la cultura popular o el folclore. Y listo, todo se pone en su lugar.
A la cultura popular
Se le puede asociar con la incultura desde un punto de vista clasista y racista, también. Se dice con toda naturalidad qué hay gente inculta, pueblos incultos, naciones incultas. Gente con modales rústicos y groseros o de corta instrucción. Además usan un lenguaje zafio e inculto.
Aparecen en la historia dos categorías clásicas: Los enciclopedistas, fundamentalmente franceses y británicos; y los eruditos.
Los enciclopedistas son personas que tienen conocimientos amplios en varias ciencias. Los eruditos poseen un saber profundo en un tipo de conocimiento. Los enciclopedistas destacan en lo general y los eruditos en lo particular.
Ser un enciclopedistas y/o un erudito, no se contraponen sino se complementan.
Mi padre fue un hombre culto, enciclopedista y erudito. Yo seguí sus pasos sin proponérmelo. Desde niño fui curioso y deseaba saberlo todo, leí con placer muchos libros en la enorme biblioteca de mi padre.
Mientras los niños de mi edad jugaban en los patios de sus casas, en los parques y en las calles, yo me encerraba a leer por horas sin parar. Me devoré las enciclopedias españolas y la británica. Las ansias de saber se colmaban con esas extraordinarias enciclopedias adquiridas con muchos sacrificios económicos.
La cultura general, ese concepto vago y difuso, está referido al conocimiento enciclopédico, es saber de todo. Y el ser un especialista en algún tema, alude a la erudición. Hay eruditos en temas deportivos, por ejemplo.
He cultivado mi mente con lecturas diversas a lo largo de mi existencia, siempre he leído de dos maneras: una, en bibliotecas públicas y, la otra, en bibliotecas personales.
Quise ser un maestro en toda la extensión de la palabra y me preparé a conciencia. Invertí en libros, diplomados, seminarios, y maestrías, muchas horas, y gasté mis ojos en eso. Recompensas, muchas. ¡Valió la pena!
Mi relación con la burguesía mexicana y con la nobleza europea
Foto: Lubos Houska/Pixabay Fue un asunto producto del azar. Igualmente con el poder político. Asistía con frecuencia a la casa presidencial, Los Pinos, para conversar con la primera dama de entonces, acerca de las artesanías indígenas y populares, tema de mi interés antropológico.
Con los ricos y nobles de la Ciudad de México me relacioné por razones fortuitas. Algunas chicas burguesas, alumnas mías en la universidad iberoamericana, hablaban de mí en sus casas y ahí surgía el interés de sus padres por conocernos.
Acudí a diversas reuniones en mansiones ubicadas en barrios elegantes de la Ciudad de México en calidad de invitado de honor, ¿Por qué?
Simplemente por mi erudición, según ellos. Me decían estos personajes: “Usted sabe mucho”.
Ahí entendí que para cierta clase social, la cultura, la alta cultura, es un bonito adorno, un bello florero muy lucidor. Y qué hay que ponerlo en el centro de la mesa del comedor o en el centro de un mueble antiguo de la sala de estar.
Mi sensación era la de verme convertido en una preciosa vasija etrusca, de barro negro, ricamente y bellamente decorada, o una fina escultura de Lladró. Piezas valiosas y muy decorativas.
Mi participación social estelar era a la hora de los postres y los bajativos, el café y los pastelitos. Porque durante las comidas o banquetes, los temas más usuales eran los económicos, financieros, políticos. La sobremesa era el escenario para mi actuación.
El rito consistía en preguntas de tipo cultural en general y yo respondía con una clase magistral, salpicada de buen humor.
Mis saberes eran mis regalos a esa gente adinerada
La sobremesa se prolongaba hasta muy entrada la noche. Todos divertidos con mis exposiciones eruditas.
La concurrencia ataviada elegantemente como suele ser el ritual burgués, tanto damas como caballeros. Yo , con mi saco café de pana o corduroy, con parches café oscuro en los codos, camisa blanca sin corbata, jeans, y botines cafés.
Después de algunos años, decidí retirarme de esos ambientes sociales sofisticados y rústicos a la vez. No volví a aceptar una invitación más.
Eran seres con grandes lagunas, más bien como mares enormes. Me cansó ser el florero vistoso repleto de flores naturales y modestas.
Confieso que fue una frivolidad de mi parte el intentar educar a esa gente, una ingenuidad absoluta. Ya no lo vuelvo a hacer. ¡Lo prometo solemnemente aquí!
*La vaca filósofa.
Fotos: JillWellington/Lubos Houska

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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