Bolivar Hernandez*
Esta es la historia verídica de una mujer que se caracterizó por usar prendas finas, caras, y de un estilo muy particular. Su vestuario era original, aunque fue tomado de la moda femenina del siglo XIX, esos trapos de las mujeres de la nobleza Novohispánica en América Latina.
Las blusas eran preciosas, estaban adornadas al frente con escarolas, ondulaciones, olanes, vuelos amplios y con mangas largas de campana. Blusas blancas, casi todas de la famosa casa de diseño Gucci.
Esas blusas blancas todas tenían cuellos altos y mangas largas que cubrían el torso, cuello y brazos de la mujer en cuestión.
Esta mujer se llama Carolina, y desde muy jovencita decidió ocultar su cuerpo de las miradas de todos, pero con suma elegancia. Parecía un retrato de las heroínas mexicanas: Leona Vicario o Josefa Ortiz de Domínguez, La Corregidora.
Portaba maxifaldas negras, con mucho vuelo. Aunque por lo general, usaba pantalones negros ajustados a su delgado cuerpo. Y calzaba botas negras, hasta la rodilla.
Carolina era talla petit, talla de niña o de adolescente. Era muy bajita de estatura.
Carolina desde los 17 años optó por vestir de esa manera tan peculiar. Su vestuario le permitió ocultar el cuerpo por completo, sin importar el clima.
El cuidado personal era su prioridad
Su larga cabellera negra, y su cutis con huellas visibles de viruela era cubierto con gruesas capas de maquillaje.
Carolina era una exitosa mujer empresaria de la compañía estadounidense Mary Kay. Ella ocupaba la punta de la pirámide, era categoría “Diamante “. Y debajo de ella había docenas de mujeres vendedoras de esos productos de belleza.
Ella venía de una familia clase media baja de la Ciudad de México, del barrio bravo de Tacubaya. Y con su tenacidad y talento para las ventas, logró escalar por todas las posiciones existentes en esa firma de maquillaje.
Obtuvo mucho dinero gracias a cientos de mujeres bajo su dirección, que eran excelentes vendedoras y aportaban bastante a la empresa.
En esas pirámides se acostumbra estimular a esas mujeres con viajes a las playas mexicanas, obsequio de automóviles de baja gama, ropa fina y calzado importado. ¡Y todas felices y contentas!
Carolina se hizo una mujer adulta y mantuvo su actitud misteriosa con su cuerpo tapado. No mostraba nada a los ojos de los demás
Nunca tuvo enamorados o pretendientes, y eso que era atractiva con tantos afeites y trucos de belleza a su disposición.
Durante una Convención de vendedoras de Mary Kay en Atlanta, Georgia, EEUU, Carolina se enamoró de un hombre norteamericano; un hombre mayor, buen mozo, atlético y rico.
Todo iba de maravilla, pero ella se ponía muy nerviosa cada vez que John anunciaba su viaje a México, para una luna de miel romántica.
Se mortificaba demasiado sólo de pensar en desnudarse frente a un hombre. Nunca lo había hecho antes, jamás. Su objeción a mostrar su desnudez femenina, tenía una explicación médica.
Desde los 17 años
Carolina se percató que en casi todo su cuerpo: torso, espalda, cuello, brazos y piernas, aparecieron grandes parches blancos, manchas claras en su piel morena. La angustia le invadió y no dijo nada a nadie por décadas. Prefirió ocultar su pequeño cuerpo con trapos elegantes.
Lo que a ella le sucedió es que se le murieron las células que producen la melanina, ese pigmento que le da color a la piel, el cabello y a los ojos. El nombre de la mancha es vitiligo.
Ella nunca quiso recibir en su alcoba al gringo enamorado. Lo esquivó con dulces pretextos.
Carolina fue a Cuba porque dicen que en la Isla curan el vitíligo con el uso de la placenta humana sobre las manchas o parches blancos. Nunca se supo qué pasó con ese tratamiento.
La depresión de Carolina era profunda al comprobar que nunca sería inmaculada, sin mancha…
*La Vaca Filósofa

