Bolivar Hernandez*
En el siglo XX, los estudios universitarios a nivel de licenciatura eran suficientes para impulsar la movilidad social de los individuos. Hacia fines del siglo pasado, surge una fiebre por cursar los diplomados, las maestrías y los doctorados. Al grado que muchos sujetos muestran con orgullo una licenciatura, dos maestrías y un doctorado. Otros, los menos, agregan uno o dos posdoctorados.
Los estudiantes de posgrado universitario le dedican entre 25 y 30 años de su vida a estudiar y obtener diplomas, títulos y grados académicos. Sin darse cuenta que esta carrera que impulsa el estado nacional para que se preparen mejor, los mantiene alejados del mercado de trabajo. Estos sujetos son “becarios profesionales”, porque las subvenciones mensuales les permiten un cierto nivel de vida un tanto acomodado.
Las becas de posgrado otorgadas por el Conacyt
Eran muy generosas, más aún si los estudios eran realizados en el extranjero. Así era el panorama en mis tiempos de estudiante de posgrados. Practico una “Sociología al instante” en la cual me bastan tres o cuatro ejemplos para formular una teoría general, lo reconozco abiertamente.
Mi referente de toda la vida ha sido la policía, esa profesión que en sus inicios bastaba con suficiencia solo saber leer y escribir; muchos años después ya se les exigía a los gendarmes la primaria terminada, y pasaron muchos años más para que la secundaria fuera un requisito básico para ser un policía en la Ciudad de México.
A fines del siglo pasado, el requisito mínimo para ingresar a la policía era la preparatoria. Actualmente, existen academias de policía en casi todos los estados de la República mexicana para otorgar el grado de licenciatura.
Para acceder a una plaza en el sector público, el requisito mínimo de estudios es la licenciatura, eventualmente exigen una maestría o varios diplomados. El doctorado en el sector público es una veleidad de los individuos, y no es necesario, y no hace falta para llevar a cabo la tramitología del ramo en que se labora.
Muchos altos funcionarios del gobierno mexicano en el pasado, no tenían ni siquiera el bachillerato, y no era necesario. Ese fue el caso de varios presidentes de la República, y de ministros o secretarios de estado. A estos personajes solo les anteponían el título de Ciudadano. Por ejemplo, El C, Fulano de tal, secretario de Agricultura y Recursos Hidráulicos.
En cambio en las instituciones de educación superior, tanto públicas como privadas, la meritocracia es la única manera de “ser y estar”. Entre más papeles meritorios que se puedan mostrar, es mejor. Conozco casos de compañeros universitarios, docentes, con tres o cuatro maestrías y un doctorado. Por su currículum hablará su espíritu.
Para dar clases en el nivel licenciatura
Ahora es preciso tener una maestría, y si quieren dar clases en el nivel de maestría es obligado tener el título de doctor o posdoctorado.
Esa carrera encarnizada, angustiante y estresante de acumular méritos académicos, llevan a muchos académicos a incrementar sus niveles de neurosis. Muchos de ellos son literalmente “Carne de diván“, es decir que requieren una terapia psicoanalítica o de cualquier otra orientación psi.
No hablemos de la obsesión enfermiza de muchos académicos de publicar en revistas internacionales especializadas en temas sociales, históricos o de ciencias duras. Todo ello porque así lo imponen las reglas del Conacyt, es acumular puntos, y más puntos, por dirigir tesis, por ejemplo, muchas tesis…
La acumulación de méritos y papeles, certificados, títulos y demás, no tiene nada que ver con el nivel salarial, pues no es automático el cambio de estatus salarial, ya que el tener un nuevo título y esperar que al día siguiente por la mañana, se refleje eso en la nómina quincenal, no es así.
Ese es un sueño guajiro de los ilusos que abundan en las universidades.
Cada vez que acumulaba nuevos grados académicos, que me hacían muy merecedor de un cambio o incremento salarial, no ocurría así. Seguí ganando lo mismo como si fuera un simple licenciado recién egresado.
“La nena tiene un doctorado”, es el clamor de una madre que invirtió gran parte de su patrimonio para que la hija obtuviera un doctorado en una universidad privada. Y la nena sigue desempleada y desesperada, ya que anhelaba tener un buen nivel de vida con su flamante título.
Y no pasó nada en su vida con el doctorado. Y eso , agrega su sufrida madre, que la nena siempre obtuvo en el doctorado un promedio de diez (10). Magnífica estudiante, efectivamente. Pero no logra la nena un trabajo adecuado a su sapiencia recién adquirida.
Por lo pronto la nena está dos veces a la semana acostada en un diván y lamentando su desgraciada vida. ¿Qué hago, doctor?
Hasta pronto candidatos al doctorado en ciencias ocultas, es mejor que piensen en poner un negocio con su familia. Yo sé por qué se los digo, y si no, ¡véanse en este espejo!
*La Vaca Filósofa
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