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La presencia de los presidentes de Argentina, Alberto Fernández y de Ecuador, Guillermo Lasso, en la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno en Pekín, y los acuerdos firmados por ambos con China y, en el caso de Fernández, con la Federación Rusa por donde pasó antes, refuerzan la tendencia de una creciente presencia de ambas potencias en América del Sur.
Como la proverbial cereza en el pastel, el presidente argentino formalizó la adhesión del país a la Iniciativa Franja y Ruta o la Nueva Ruta de la Seda, el amplio programa de infraestructura con que China está concretando la consolidación de Eurasia como el nuevo centro de gravedad del planeta, después de cuatro siglos de hegemonía del Atlántico Norte. De manera expedita, anunció un paquete de 23 700 millones de dólares de inversiones chinas y 13 acuerdos de cooperación en áreas diversas incluyendo energía nuclear, tecnología e innovación espacial, entre otras.
En Moscú, Fernández llevó la disposición de buscar una nueva orientación estratégica para el país, solicitando el ingreso de Argentina al grupo BRICS, lo cual el presidente ruso Vladimir Putin prometió analizar con sus pares del grupo, entre ellos, el brasileño Jair Bolsonaro, quien visitará Rusia este mes.
Por su parte, Lasso obtuvo un refinanciamiento de la deuda ecuatoriana con China por 4 mil millones de dólares. Es significativo que los EUA hayan ofrecido el pago de la deuda a cambio de la exclusión de Huawei de la licitación para la implementación de la tecnología de telecomunicaciones 5G, en la cual la empresa china es líder global, pero Quito declinó la generosa oferta.
El hecho se torna más relevante en el contexto del histórico manifiesto divulgado por Rusia y China, el 4 de febrero pasado, una auténtica declaración de bienvenida al mundo multipolar, para cuya consolidación se comprometen y convocan al resto de naciones, en lo que pudiera configurar una nueva era en las relaciones internacionales.
Por otro lado, la dimensión de la agenda estratégica de las dos superpotencias y su determinación de consolidar una fuerte presencia en América del Sur coloca un considerable desafío al subcontinente, para evitar no solamente una dependencia económica como también una vinculación política, en una repetición con otros actores de la subordinación histórica de la región en relación a los EUA.
El desafío, el cual podría definir los rumbos de América del Sur en el siglo XXI
Representa una singular oportunidad –posiblemente la última, para la implementación de la antigua aspiración de una integración de esfuerzos sinérgicos para catalizar un proceso de desarrollo de largo plazo, jamás intentado de forma consistente. Aunque, por ejemplo, la dimensión demográfica y económica combinada de las naciones sudamericanas no pase de una fracción de la china, no es razonable esperar que concedan a los intereses de la superpotencia asiática la responsabilidad para la generación de oportunidades económicas y de desarrollo, incluyendo ahí el crucial sector de nuevas tecnologías e innovación.
Un ejemplo es la nueva planta nuclear argentina que será financiada y construida por empresas chinas, en un paquete financiero y tecnológico de 8 mil millones de dólares. Ahora, este es un sector en el que Argentina dispone de comprobada capacidad, incluyendo la producción del combustible de los reactores, a pesar de la inestabilidad política y económica del país teniendo prácticamente sin moverse el programa nuclear nacional en las últimas décadas.
Por cierto, el área nuclear es una de las más prometedoras para el establecimiento de un amplio programa de cooperación entre las naciones no solamente de América del Sur, sino de toda Iberoamérica y del caribe, a ejemplo de lo que ocurre en Europa. El mismo argumento es válido para las actividades espaciales, para lo que ya fue creada la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio (ALCE) a iniciativa de México, Argentina y otros países de la región.
Por sus dimensiones físicas y económicas, representando prácticamente la mitad del área y el Producto Interno Bruto (PIB) de América del Sur, Brasil tiene una responsabilidad intransferible en la confrontación de este desafío histórico.

