abril 15, 2026

La reina de Corazones rojos

La reina de Corazones rojos

Bolivar Hernandez*
Esta es la historia de una reina de verdad. A mediados del siglo XX se acostumbraba elegir reinas en las fiestas del pueblo. Varias majestades elegidas mediante el voto popular, por designación directa o, por supuesto, también por la venta de votos. Todas competían por ser la reina de las reinas.
Cuando la reina ganaba con la venta de votos, era una situación desventajosa para las chicas lindas, pero de condición económica precaria. Ganaba la que más dinero le metía al concurso de las reinas. Padres ricos, reinas seguras.
En los años sesenta
Yo tendría veinte años, cuando conocí y enamoré a la reina del pueblo, pensando que aquello era una misión imposible, porque las reinas, es decir las chicas bellas, se daban sus ínfulas de inalcanzables para los chicos plebeyos como yo.
Sin embargo, pese a todo la conquisté con facilidad, y eso que no era ni guapo ni rico. Fue el puro verbo lo que actuó positivamente en mi favor.
Previamente a la seducción de la reina del pueblo, ya había tenido novias muy bonitas, con un solo defecto: les urgía casarse. Pero ese príncipe consorte, no era yo.
A los veinte años soñaba con recorrer el planeta, estudiar en el extranjero y casarme a los 30 años. Pensaba entonces que me comería el mundo y que me bebería los océanos enteros.
La reina y yo nos enamoramos apasionadamente; yo era muy intenso y ella un poco menos, pero muy amorosa.
Al poco tiempo de avanzar el noviazgo con la reina
Era una relación donde había una comunicación muy estrecha entre ambos; ella sugirió la posibilidad de un casamiento conmigo. A lo que respondí suavemente que no estaba listo aún para dar un paso de ese tamaño.
Estaba a punto de irme al extranjero a estudiar una carrera universitaria, y ya faltaban pocos meses para mi partida. Y ella lo sabía perfectamente.
El amor se hacía más intenso entre ambos, y las familias empezaron a dar muestras de aprobación a esa pareja. Ella iba de visita a mi casa y le llevaba un regalito a mi madre y conversaba con mis hermanas menores. Yo iba a su casa paterna, pero mi suegra me veía con ojos de desconfianza cuando iba yo por mi reina. En su casa no se podía platicar a gusto por la presencia constante de su madre en la sala, sin motivo aparente.
Siempre que pude la invité a salir a la calle. Y nos íbamos a tomar café con pastel , o raramente a comer a algún restaurante decente; tenía yo pocos centavos en la bolsa.
En la casa de la reina de corazones rojos
Pude robarle a ella muchos besos a escondidas de su mamá; era emocionante por las descargas de adrenalina para ella y para mi.
Un día dije: ¿pero qué necesidad tengo yo de esconder mis sentimientos nobles hacia ella? Mejor la llevo a pasear al bosque y ahí, encantados, nos amábamos a nuestras anchas.
En esa época, el bosque estaba cerca del pueblo y había un mirador estupendo para ver el lugar en la noche con sus luces encendidas. Ese bosque desapareció por un proceso creciente de urbanización.
La reina de corazones rojos, debo confesar era miembro de una respetable familia evangélica del pueblo. Su familia era propietaria de una gran librería, y de un colegio evangélico del cual mi novia era la directora y maestra de ahí.
Su padre era un reconocido pastor de su iglesia, y ella sabía que yo era ateo, y no insistió mucho en hacer proselitismo religioso conmigo, aunque lo intentó.
En cierta ocasión, me dijo:
-¿Me acompañas al culto este domingo?- Le respondí, que sí la acompañaba a su iglesia.
Ese domingo, me puse mis mejores galas, y asistí junto con ella al templo. Su padre era el pastor principal, y el señor me veía con insistencia y parecía que el sermón me lo dirigía a mi. Estábamos sentados en la primera fila y éramos el centro de atención de todos los feligreses, e ignoro el porqué.
En algún preciso minuto, el pastor, su padre, dijo en voz alta:
-Hay alguien aquí que hoy va aceptar a nuestro señor Jesucristo …
-¡Ese alguien era yo!, y no me di cuenta.
Seguramente fuimos la comidilla de todo el pueblo, porque la hija del pastor era la novia del hijo del comunista. Esto lo sabían todos en el pueblo.
Fui feliz el corto tiempo en que una reina de verdad aceptó ser mi novia.
Llegó el día en que debía partir a otras tierra lejanas a cumplir con mis sueños y propósitos.

Fue una despedida , como lo son todas, triste y con lágrimas abundantes; con muchos

besos y abrazos, ¡los últimos!
Salí del país en un autobús destartalado
Pasé la frontera internacional, y ahí, del otro lado, abordé un autobús de lujo que me llevó hasta mi destino después de 24 horas sin parar, salvo para ir al baño, comer un sándwich y beber un refresco gaseoso.
Durante ese largo viaje, agobiante por el intenso calor sin aire acondicionado, no dejé de pensar un solo minuto de mi vigilia en la reina de corazones rojos.
Lloré todo el trayecto, y suspiraba mucho también, lleno de melancolía por el amor dejado atrás…
Postdata
Supe por algún largo tiempo de ella, por mis hermanas, quienes me informaban los pormenores de su existencia; ya que ella continuó por un tiempo visitando a mi madre.
Me enteré que se casó al poco tiempo de nuestra ruptura, con un hombre joven, y al decir de muchos conocidos, que ese hombre era muy parecido a mi.
En las pocas ocasiones en que volví al pueblo, muchos años después, mis hermanas me insistían en organizar un encuentro con la reina de corazones rojos.
¡Siempre dijo que no!
* La vaca filósofa.
Fotos: 11082974/5638993

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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