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Europa tiene una tradición centenaria de levantamientos en el campo, a menudo sangrientos y con gran impacto social y político. No es de extrañar, por tanto, que los agricultores europeos vuelvan a estar a la vanguardia de una rebelión contra el statu quo. En lugar de señores feudales y aristócratas, esta vez los blancos de su descontento son tecnócratas no electos, políticos no representativos y oligarcas, empeñados en la consolidación y preservación de un injusto pero lucrativo sistema, denominado globalización.
El descontento se ha ido acumulando en los últimos años, pero estalló con toda su fuerza a finales de 2023, entonces, agricultores y ganaderos de diez países -Francia, Bélgica, Alemania, Polonia, España, Italia, Grecia, Portugal, Letonia y Lituania– protagonizaron ruidosas protestas, bloqueando carreteras, invadiendo ciudades y arrojando huevos y estiércol frente a los edificios legislativos, el Parlamento Europeo en Bruselas no se salvó.
En el punto de mira de los rebeldes están dos de los principales pilares del globalismo, el ecologismo radical y el libre comercio.
El primero, so pretexto de “combatir el cambio climático”
Impone una lista creciente de restricciones al uso de fertilizantes y pesticidas, la reducción de las superficies cultivadas y ganaderas, limitaciones o la retirada de los subsidios a los combustibles utilizados en la maquinaria agrícola, así como una malintencionada campaña para reducir el consumo de carne, llegando al absurdo de promover la ingestión de insectos para sustituir la proteína. Varios de estos ítems, incluidos en el Pacto Verde de la Unión Europea (UE), deberían implementarse paulatinamente hasta 2030; todo esto bien afinado con el alarmismo que indica que ese año será el hito decisivo para enfrentar la supuesta emergencia climática global.
En cuanto al libre comercio, este justifica la total libertad del comercio transfronterizo y flujos financieros, una de los preceptos de la “globalización” iniciada en la década de 1980.
A pesar de la protección de la Política Agrícola Común (PAC), los europeos temen la competencia abierta con las importaciones de alimentos de países con menores costos de producción, siendo uno de sus objetivos el acuerdo comercial Mercosur-Unión Europea. A pesar de algunas distorsiones, las subvenciones de la PAC siguen siendo cruciales para la seguridad alimentaria europea, un factor estratégico al que ningún país puede renunciar, más aún ante la posibilidad de emergencias capaces de impactar fuertemente en el comercio internacional, visto en la pandemia de Covid-19.
Por otro lado, la UE no tiene reparos en imponer barreras arancelarias disfrazadas de compensaciones por la deforestación y otros alegatos medioambientales, que afectan fundamentalmente a los países exportadores de Iberoamérica, Asia y África.

Sin embargo, a pesar de los objetivos aparentemente contradictorios, los productores de todo el mundo comienzan a despertar dándose cuenta de que tienen al frente un enemigo común: el globalismo financiero, cuyos promotores se han esforzado, durante décadas, por imponer a escala mundial políticas que restringen el pleno desarrollo de la economía real sometiéndola a la especulación desmedida de las megacorporaciones financieras, hoy representadas por BlackRock, Vanguard, State Street y otras.
La financiarización globalista de la economía mundial, y no el uso de combustibles fósiles en la matriz energética y productiva, es el principal factor de insostenibilidad que amenaza a la humanidad.
Los medios de prensa corporativos, reflejando la agenda “globalista”
Prefieren atribuir la rebelión de los productores agrícolas a una vaga “amenaza a la democracia”, así lo expresó una andanada de noticias de Associated Press (AP). La preocupación crece de cara a las próximas elecciones al Parlamento Europeo de junio, en las que los “insurgentes” quieren imponer su marca.
Cuando se le preguntó si ha perdido la fe en la democracia, el ganadero holandés Jos Ubels responde secamente: “No, he perdido la fe en la política… Es hora de que luchemos por ello. Basta de sentarnos en silencio, solo escuchar y hacer lo que nos dicen (AP, 18/04/2024)”.
Ubels es el líder adjunto de la Fuerza de Defensa de los Agricultores, uno de los varios grupos organizados creados para defender los intereses de los agricultores, que planean una gran manifestación de 100.000 personas en Bruselas a principios de junio.
Otra noticia, reproducida en el influyente periódico brasileño, O Estado de São Paulo del 18 de abril (“La ultraderecha abraza la revuelta agrícola en la UE”), da la palabra a Bruno Gauthier, director de una asociación francesa de sindicatos agrícolas, quien refuerza: “Los tecnócratas despistados de Bruselas les están diciendo cuándo y cómo pueden recortar sus setos”.
Y cita a uno de los pocos líderes europeos que es bien evaluado por sus gobernados, el húngaro Viktor Orbán, cuyas críticas a los “eurócratas” en Bruselas son públicas y notorias:
Es un error europeo que la voz del pueblo no se tome en serio. Tenemos que encontrar nuevos líderes que realmente representen al pueblo.
La revuelta de los productores europeos puede ser un ingrediente catalizador coadyuvante de la sustitución del globalismo por un sistema internacional justo, Es decir, uno en que las finanzas recuperen el papel de fomento de la economía real, y la sana competencia se vincule a la cooperación indispensable para el usufructo del bien común.

