Arturo Rios
Al cuidador del panteón, el entierro de una niña le dio mucha tristeza por el dolor y llanto de la madre. En el último adiós, la mujer se aferraba al féretro y exclamaba:
No tengas miedo, un día me reuniré contigo, mi amor.
Cuando terminó el cortejo fúnebre, la madre tocó en el cuarto del velador y le dijo que le encargaba mucho la tumba de su hija, que le había dejado una muñeca y que, por favor, la cuidara.
Al día siguiente…
El vigilante del camposanto se levantó temprano a barrer la entrada del lugar y vio la muñeca de la pequeña difunta en una banca. Así pasó durante varias noches, hasta que decidió vigilar la tumba de la niña, para ver qué pasaba.
Grande fue su sorpresa al ver cómo el fantasma de la niñita se levantaba de su tumba, tomaba su muñeca y caminaba hacia afuera del cementerio.
No se asustó el velador, ya que la vio como un angelito. Al tercer día, el hombre se animó a seguir el fantasma de la pequeña. Vio que se sentaba en una banca, se le acercó y preguntó:
¿Qué haces aquí?
La niña le contesto:
Espero a mi mamita, ¡ella dijo que un día vendría!
Así pasaron muchos años, el vigilante se acostumbró a ver ese pequeño fantasma rondar por el camposanto. Una noche tocaron a su puerta, era la niñita quien le dijo:
Te vengo a dar las gracias por cuidarme todos estos años, ya no estaré sola, mañana vendrá mi madre.
Al día siguiente
Llegaron con un féretro, era la madre de la niña que había fallecido.
(De Esperanza Infante Cadena).

