Lecciones globales de vulnerabilidad: 1982-2026. A propósito de la reciente tragedia glaciar en el Himalaya, cómo la organización comunitaria y la capacidad estatal salvan vidas, mientras que la fe ciega en el mercado y la falta de planeación urbana sepultan comunidades.
Bernardo Méndez Lugo*
El colapso glaciar del Langtang Lirung en la frontera entre Nepal y el Tíbet, que arrasó con las localidades de Devighat y Bidur, dejó una estampa devastadora: Un río denso de lodo, rocas y hielo bajando con la fuerza del hormigón líquido.
Con más de 350 muertos confirmados y 1,400 desaparecidos, la prensa internacional apunta al desprendimiento de un bloque de hielo de 600 metros debido al calentamiento global.
Los geólogos lo tipifican técnicamente como GLOF (explosión de un lago glaciar). Para un servidor, esta tragedia representa la reactivación de una misma y dolorosa constante que he documentado a lo largo de 44 años: Los fenómenos de la naturaleza son inevitables, pero los desastres son estrictamente humanos.
León, Nicaragua (1982): El valor de la estructura comunitaria
En enero de 1982, durante mi año sabático como docente visitante en la UNAN-León, presencié el impacto del huracán Aletta y un temporal de lluvias que inundó el occidente nicaragüense.
A pesar de los recursos limitados del país, la Revolución Sandinista operaba una densa organización territorial: Cada cuadra contaba con un Comité de Defensa, un responsable de salud y un encargado de defensa civil.
Cuando el desbordamiento del Río Chiquito se volvió inminente, el Ejército activó evacuaciones obligatorias con una consigna clara: “Primero la vida, después vemos la casa”.
La disciplina social impidió la pérdida masiva de vidas, contrastando drásticamente con Honduras, donde el mismo fenómeno meteorológico —sin una red de prevención civil articulada— provocó una mortandad drásticamente mayor en Tegucigalpa y el Valle de Sula.
La máxima quedó grabada desde entonces: No mata el agua, mata la desorganización.
La doctrina caribeña frente a la paradoja de FEMA en Katrina (2005)
La efectividad de la prevención se observa con claridad en la doctrina de la Defensa Civil de Cuba, cimentada en tres reglas: El ordenamiento territorial como ley inquebrantable, la evacuación obligatoria e irrestricta, y la premisa de que la vida humana supera cualquier valor material.
Esto explica por qué la isla caribeña registra tasas de mortalidad mínimas frente a huracanes categoría 4.
La antítesis de este modelo la viví en 2005 mientras me desempeñaba como Cónsul de México en San Francisco. El huracán Katrina azotó Nueva Orleans como categoría 3. La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) colapsó no por falta de presupuesto, sino por una concepción reactiva del riesgo.
Su estrategia asumía erróneamente que el aviso voluntario bastaba y que cada familia poseía un vehículo para huir. El resultado fue trágico: El 27% de la población carecía de automóvil y los barrios más desfavorecidos, como el Lower Ninth Ward, quedaron sumergidos debido a la falta de códigos de construcción adecuados para zonas inundables.

La paradoja moral: La mano de obra mexicana que levantó Nueva Orleans
Un capítulo poco visibilizado por las crónicas internacionales fue el proceso de saneamiento de Nueva Orleans. La remoción de lodo tóxico, asbesto y escombros bajo temperaturas extremas no fue realizada por las grandes firmas transnacionales, sino por cuadrillas de trabajadores migrantes mexicanos.
Albañiles, limpiadores y jornaleros —muchos de ellos indocumentados procedentes de Veracruz, Oaxaca y Tamaulipas— ingresaron a la zona de desastre para reconstruir los techos y reactivar la infraestructura hotelera del French Quarter.
Es una paradoja histórica: El sistema que falló en proteger a sus propios ciudadanos marginados requirió de la fuerza laboral y el sacrificio de los desposeídos de otra nación para ponerse de pie hacia 2006.
Epílogo: Mover la línea de riesgo
Las imágenes actuales en el distrito de Nuwakot, Nepal, cierran el círculo. Los desarrollos turísticos y habitacionales se edificaron sobre el abanico aluvial del río, invadiendo el espacio natural del agua.
El cambio climático acelera la inestabilidad de los glaciares en el Himalaya, pero la vulnerabilidad es una edificación social producto de la corrupción, la pobreza y la falta de planeación urbana.
A mis setenta y tantos años, la conclusión de este recorrido es rotunda. No requerimos mayor sofisticación tecnológica o satelital; se necesita voluntad política y comunitaria. Es indispensable contar con ese encargado de barrio que toque a la puerta y ordene la evacuación oportuna, así como la firmeza institucional para frenar el desarrollo inmobiliario en laderas, cuencas y zonas de riesgo.
Si algo puedo heredar a las nuevas generaciones de estudiantes e investigadores del desarrollo, es la urgencia de entender que la prevención es el único camino real hacia la justicia social.


