Bolivar Hernandez*
Cuando cumplí 15 en el año 1959, hace 63 años, mi padre puso en mis manos las joyas de la familia; joyas, que él heredó de su padre a la vez.
Quizá por el hecho mismo de ser yo su hijo mayor, fue que él me confió las joyas de la familia. Ni mi padre ni yo usamos ninguna clase de joyas, ¡nunca!
En mis tiempos
Se acostumbraba, entre los varones, usar esclavas con el nombre grabado, collares de oro y anillos con piedras preciosas.
En Guatemala había una costumbre muy arraigada que consistía en mandar hacer anillos de graduación al momento de culminar una carrera intermedia, ya fuera bachillerato o magisterio, y lucirlo en público. Eran anillos cursis que indicaban el nombre de la escuela o colegio y el año de la graduación.
Siempre me he negado a seguir ese tipo de costumbres ridículas, y ponía la nota discordante al no pagar por el anillo de graduación, ante el azoro de mis compañeritos de promoción.
Durante el siglo XIX y gran parte del XX
Solamente los varones usaban un reloj, no de pulso o de muñeca, sino colgado de una leontina, esa especie de cinta o cadena , e introducido en una bolsa anterior del chaleco. Era un signo de distinción, sin duda, sólo podía ser lucido por la gente rica, por la burguesía.
El reloj con leontina que mi padre puso bajo mi resguardo era un Omega clásico con cadena de oro, heredado de mi abuelo paterno; un rico hacendado dedicado al cultivo de la caña de azúcar y a la engorda de ganado vacuno.
El anillo que también tuve en custodia por más de medio siglo, era de oro, de 18 quilates, con incrustaciones de diamantes, eran 10 chispas.
Las joyas de la familia viajaron conmigo en mis distintos exilios, mudanzas de casas, y nuevos matrimonios.
Tuve en mi larga existencia periodos críticos, de vacas flacas, con una economía precaria, y nunca se me ocurrió echar mano de las joyas de la familia para solventar mis necesidades apremiantes. Busqué otras soluciones para paliar mis miserias o mis penurias.
Hace un par de años…
En el café Regina, mi lugar favorito para perder el tiempo, encontré a un hombre mayor, veracruzano, dedicado a la compra y venta de toda clase de joyería en el famoso Monte de Piedad, el Monte Pío, y nos hicimos grandes amigos.Se encontraba en una fase terminal de un cáncer terrible, y yo lo escuchaba lamentarse de su mala salud.
Al café, se hacía acompañar por sus hijos varones a quienes instruía en el arte de la compra-venta de joyas.
Un día, casualmente, me encontré con sorpresa las joyas de la familia en el fondo de una maleta.
Saqué el viejo reloj, descompuesto, sin las manecillas, y el anillo con diamantes, chispitas solamente. Y lleve esas joyas familiares para que mi amigo las evaluara y me dijera cuánto podían valer esas extraordinarias obras de arte.
Estábamos bebiendo un rico café exprés con unos panes de cardamomo, y mi amigo, el experto en joyería, analizó las joyas de la familia, y para ello se puso un lente de aumento en el ojo derecho, y sentenció:
Amigo, te doy cien dólares por todo.
Y así fue el final triste de la historia de las benditas joyas de la familia que con tanto cuidado conservé por más de medio siglo en el fondo de una vieja maleta.
*La vaca filósofa.

