Los espejos venenosos reúne los mejores relatos del excelente escritor serbio Milorad Pavic, hasta ahora inéditos en el idioma español:
Sorprendentes narraciones en las que incluso el tiempo se descompone; en las que siempre parece haber un enigma por resolver y donde convergen realidad y mito, pasado y futuro; sueños y realidad.
El inusitado encuentro entre un sacerdote de Dubrovnik, que tiene en su poder una copia de todas las llaves de las casas de la ciudad, y una bruja. La historia de la rivalidad entre dos arquitectos por construir la torre más alta de Belgrado.
Un coleccionista de antigüedades que descubre un misterioso escritorio capaz de matar a aquel que ejecute una serie de movimientos en un orden determinado.
Los espejos venenosos es una fascinante novela que narra el viaje emocional de una joven que intuye las razones del suicidio de su hermano y protagoniza su propio síndrome de Ulises, en el que ni la ida ni la vuelta son realmente destino.

CON UN SUSURRO APENAS PERCEPTIBLE
LAS ALMOHADAS… Estos cuentos fueron precedidos por una
tarea aparentemente común que todos hemos hecho al menos
alguna vez, aunque muchos, hasta miles de veces… Porque es-
tos cuentos son como las almohadas que por la mañana sacu-
dimos y dejamos en los alféizares para que se asoleen, y el aire
y el calor inunden las plumas en su interior. Estos cuentos son
almohadas esponjadas que después regresamos a las cabeceras
de nuestras camas con sábanas alisadas, o recién cambiadas, si
es que se trata del «solemne» día en que cambiamos la ropa
de cama semanalmente… Estos cuentos son almohadas cuyas
plumas-palabras de noche, con un susurro apenas percepti-
ble, se adaptan de nuevo al cuello y a la cabeza del durmiente,
dependiendo de cómo este descansa, de lado o boca arriba.
A propósito, Milorad Pavic ́ solía escribir en la cama las pri-
meras versiones de sus poemas, textos dramáticos, cuentos y no-
velas, apoyado en una almohada enderezada, por lo que también
podría decirse que escribía según la forma de sus ensoñaciones.
EL LECHO… Este, el lecho, es el lugar del amor, lugar donde
se engendra la descendencia, el lugar de donde uno puede irse
lo más lejos posible sin mucho movimiento… Ahí, en las horas
nocturnas, con un libro caído sobre el pecho, el lector cruza la
frontera entre la vigilia y el sueño casi inadvertidamente, y por
la mañana, lleva al otro lado lo imprescindible para sobrevi-
vir la cotidianeidad…

