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El lunes 18 de octubre, la Federación Rusa anunció la suspensión total de sus relaciones oficiales con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con el retiro de todos sus diplomáticos de la misión en Bruselas y la exigencia del cierre de la oficina de representación de la entidad en Moscú.
Esta decisión se produjo dos semanas después de que la Alianza determinara la expulsión de ocho diplomáticos rusos de la delegación de Bruselas, la mitad de dicha representación, con el pretexto de generalidades vacías. En palabras del secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg:
Esta decisión no está relacionada con ningún evento en particular, pero desde hace algún tiempo hemos visto un aumento de la actividad maligna de Rusia y, por lo tanto, necesitamos estar vigilantes. (Pravda.ru, 13/10/2021).
El viceministro de Relaciones Exteriores ruso, Alexander Grushko, afirmó al respecto que ese acto se debía a que la alianza atlántica sigue espantada con el cuento del coco de la amenaza rusa, luego del fiasco de Afganistán.
Todo indica que la paciencia rusa se agotó. El canciller Serguéi Lavrov explicó así la decisión de romper las relaciones oficiales:
Ante el resultado de pasos deliberados de la OTAN, no tenemos condiciones apropiadas para realizar las actividades diplomáticas elementales. En respuesta a las decisiones de la OTAN, hemos suspendido el trabajo de nuestra misión permanente, inclusive el trabajo de nuestro representante militar. El secretariado Internacional de la OTAN ya fue notificado. (RT, 18/10/2021).
De acuerdo con sus palabras, de ahora en adelante, cualquier comunicación oficial entre la alianza y Rusia se deberá encaminar por medio de la Embajada rusa en Bruselas.
El embrollo con Moscú podría ser tan solo una ligera perturbación en el plan de la OTAN; al final de cuentas, la Federación Rusa es la raison d’etre de la alianza, ahora, reforzada por el ascenso de China. (Stoltenber no se amilanó al afirmar en una entrevista reciente que “China se nos está aproximando”- pero, en este momento, hay navíos de cuatro integrantes de la OTAN en el mar del Sur de China, contra ninguno de China en el Atlántico Norte o en el Mediterráneo).
Una amenaza mucho más consistente que la de Rusia y China a su perpetuación en su forma actual es el cuestionamiento que crece en algunos países europeos sobre el papel real en una organización que ha servido primariamente como un instrumento geopolítico de Estados Unidos.
El malestar europeo salió a la luz cuando las fuerzas militares estadounidenses se retiraron apresuradamente de Afganistán, dejando tras de sí el caos y el desorden, sin ninguna coordinación previa con los aliados todavía presentes en ese país -Alemania, el Reino Unido y Australia (aunque no es miembro de la OTAN, Australia ha intervenido sistemáticamente en todas sus movilizaciones). Todo empeoró aún más cuando se anunció el pacto tripartita de Estados Unidos, el Reino Unido y Australia (AUKUS) para enfrentar a China, con el cual Camberra suspendió sin aviso previo un contrato jugosísimo de varios miles de millones de dólares con Francia para la construcción de 12 submarinos convencionales, lo que provocó una enorme irritación no sólo en París, sino también en otras capitales europeas.
Furioso, Emmanuel Macron no se anduvo con medias tintas: “Los europeos deben dejar de ser ingenuos. Cuando estamos siendo presionados por potencias… tenemos que reaccionar y mostrar que tenemos el poder y la capacidad de defendernos por nuestra cuenta” (Al-Jazeera, 29/09/2021).
Macron ha sido uno de los principales propagandistas de la formación de una estructura militar europea independiente de la OTAN, idea que viene ganando popularidad en el continente.
Una investigación que acaba de ser divulgada en España mostró el apoyo de 71,3 por ciento de los entrevistados a la propuesta de constitución de un “ejército europeo”, al cual se vincularían las Fuerzas Armadas españolas (El Español, 13/10/2021).
Aunque el apoyo a una fuerza militar europea fuera de la OTAN no sea uniforme, la sucesión de descontentos y malentendidos bien pudiera generar sacudidas más serias para la estabilidad de la alianza que la retirada de misiones diplomáticas.
Es significativo que Francia haya firmado también un pacto de defensa mutua con Grecia, el primer acuerdo bilateral de ese tipo entre dos integrantes de la OTAN -por ironía, contra otro miembro de la alianza, Turquía, con la que ambas naciones han mantenido relaciones turbulentas.
Desde el desplome de la Unión Soviética, su adversario existencial original, la OTAN se ha apresurado en busca de nuevas misiones para justificar su existencia. Pero, así como su potencia líder encuentra dificultades para imponer sus planes hegemónicos, la “gendarmería global” de Bruselas parece haber dejado atrás sus mejores días.
Y no deja de ser una gran ironía en todos los sentidos que la alianza atlántica, que también ha declarado su profesión de fe en la cuestión climática, tenga que tragarse la ayuda de su gran enemigo existencial para que Europa haga frente a los ya anticipados rigores del invierno venidero; la causa anticipada de la elevación de los precios hasta la estratósfera de los recursos energéticos, los demonizados combustibles fósiles.

