Hace unos quince años escribí que la perspectiva occidental, bajo su lente de racionalidad secular, ya no era adecuada para entender el conflicto israelí-palestino. Se estaba volviendo obvio, incluso entonces, que el futuro de la región sería el de una guerra cada vez más definida por símbolos religiosos; específicamente una lucha entre Al-Aqsa y el Tercer Templo.
Alastair Crooke*
Desde entonces, las cosas han avanzado: Las elecciones nacionales de noviembre de 2022, en Israel, trajeron un nuevo liderazgo comprometido a edificar el país en la “Tierra del gran Israel” (Eretz Yisrael), desplazando a la población no judía y estableciendo la ley halájica. (Nota del editor: La halajá es el cuerpo colectivo de leyes judías derivadas de la Torá escrita y oral, que regula tanto la vida religiosa como la conducta cotidiana de una persona judía).
La plataforma del nuevo gobierno expresaba un propósito escatológico y mesiánico, con una teleología orientada hacia la redención. No era secular ni estaba redactada en los términos de la Ilustración.
Mi punto entonces, y sigue siéndolo, es que las formas de pensamiento mecanicistas, seculares y occidentales malinterpretan estos cambios fundamentales. Occidente insiste en aplicar sus preceptos conceptuales a algo —el mesianismo y la búsqueda de la redención— que se encuentra fuera del marco de la conciencia occidental posmoderna actual. Entendemos bastante bien la política de poder, pero la escatología es, en gran medida, un libro cerrado para la mayoría de los laicos occidentales.
En síntesis, no tiene sentido intentar convencer a quienes están absortos en una visión mesiánica de que la solución radica en una estructura política de dos Estados. Estos sectores, en realidad, ven con buenos ojos el Armagedón y la derrota que este supondría para los no judíos.
Esto tampoco puede verse como una fase pasajera o un capricho. El mesianismo ha sido un impulso prominente, pero fluctuante en el judaísmo desde, Sabbatai Zevi (década de 1660) y Jacob Franks (siglo XVIII). (Algunos de sus pensamientos también se filtraron en nociones europeas, durante el período posterior de la Ilustración).
El historiador y erudito judío Gershom Scholem vaticinó que el sionismo religioso —alineado en las últimas décadas con el Likud y el movimiento de colonos— actúa como un movimiento mesiánico “militante”, “apocalíptico” y “radical”. Según Scholem, esta facción busca “forzar el final” al exigir que el Estado se involucre en un control territorial masivo, impulsando la conquista por motivaciones escatológicas.
Sin embargo, tal vez no sea sorprendente que la racionalidad mecanicista occidental haya demostrado estar tan perdida en su comprensión de lo que motiva a Irán y al Israel hoy. El enfoque literal simplemente amputa cualquier conciencia sobre la resistencia más profunda y el ánima revolucionaria de Irán.
Más bien, optamos por proyectar en Irán nuestra imagen del Estado-nación del siglo XIX: Un gobierno centralizado de arriba hacia abajo, eje articulador dominante, en contraste con el modelo de entidades políticas más amplias que antes se regían por otros principios de legitimidad.
En una entrevista en 1979, con Richard Falk, el ayatolá Jomeini dijo claramente que la Revolución fue un triunfo civilizacional en lugar de nacional. Enfatizó que sentía que la comunidad básica para todas las personas en el mundo islámico era civilista y religiosa, y no nacional y territorial. Jomeini explicó que los estados soberanos territoriales construidos en torno a la identidad nacional no formaban una comunidad natural en Oriente Medio de la manera en que lo hicieron en Europa.
Su tema insistente era que un gobierno fiel a los valores islámicos, no podía basarse únicamente en principios democráticos; debía estar sujeto a la autoridad de los mejores eruditos clérigos (ulemas). Esta visión de la “Tutela del Jurista” establecía a la autoridad religiosa no elegida como la máxima fuente de poder político.

Esta postura fue una respuesta a la secularización forzada
Y la abolición del califato por el líder turco Mustafa Kemal Atatürk a principios del siglo XX (1923-ndr). Estos eventos llevaron a figuras como Sayyid Qutb a predicar un vanguardismo revolucionario. Los escritos de Qutb, especialmente “La justicia social en el Islam”, (1949-ndr) junto con la agitación causada por la partición de Palestina en 1947, sentaron las bases intelectuales que alimentaron el pensamiento revolucionario en toda la región, influyendo indirectamente en el clima ideológico que emergería en Irán.
Su tema recurrente era expresar la opinión de que un gobierno consistente con los valores islámicos no podría establecerse de manera confiable sobre principios democráticos sin estar sujeto a la orientación religiosa –no elegida– de los mejores eruditos clérigos islámicos única fuente de la más alta autoridad política.
Para los iraníes, esto representó un llamado a retornar a una forma de ser ancestral; un linaje histórico que refleja una transformación espiritual e interior del ser humano. Se trata de un mundo de modos jerárquicos de conciencia y de una disposición para luchar contra la opresión y proteger a los desposeídos. Por lo tanto, analizar a Irán únicamente a través de la lente del Estado-nación es un error de interpretación.
Los límites del pensamiento mecanicista impiden que los extranjeros comprendan o predigan el futuro del país. Hoy en día, los jóvenes iraníes regresan con entusiasmo al ethos de la Revolución de 1979. Existe una nueva energía en Irán, de carácter radical, cuyas reverberaciones se extienden mucho más allá de sus fronteras. Si en Occidente queremos escuchar y entender, sería prudente sostener primero un espejo frente a nosotros mismos: ¿somos realmente tan seculares y racionalmente estratégicos como creemos?
El historiador militar estadounidense Michael Vlahos, en un largo ensayo – “Estados Unidos es una religión” – señala que los propios Estados Unidos están lejos de ser inmunes a las corrientes del idealismo mesiánico, del milenarismo y del maniqueísmo, “Este es un tema permanente cuya corriente profunda fluye hacia el cristianismo”, afirma
“Desde su fundación, los Estados Unidos han , esperado con ardiente fervor religioso, un llamado superior para redimir a la humanidad, castigar a los malvados y bautizar un milenio dorado en la tierra. Estados Unidos se ha aferrado firmemente a su visión única de la misión divina, “El Nuevo Israel de Dios”.
“Por supuesto, la “religión civil” estadounidense está inexorablemente vinculada a la Reforma, el cristianismo calvinista y el protestantismo. “Aunque su lectura bíblica se volvió secular en la era progresista, la religión estadounidense todavía permaneció atada a sus raíces formativas”, argumenta Vlahos.
Por lo tanto, Estados Unidos no solo es mesiánico en carácter —en el sentido de estar ‘poseído por la pasión y el celo’—, sino que manifiesta una visión implícitamente bíblica que proclama su fe en la naturaleza predestinada de su trayectoria: una ‘nación’ divinamente elegida para actuar en nombre de la Providencia redentora del mundo.
Sin embargo, señala Vlahos, al igual que ocurrió con los sionistas en Israel, Estados Unidos vivió su momento de metamorfosis en las últimas elecciones. Este cambio fue desencadenado por 60 años (1963-2023) de debacles repetidas y frustradas en el campo de batalla: “Cada episodio se libró para cumplir la profecía de un milenio democrático global y, en cada ocasión, ese sueño se desvaneció”.

En consecuencia, escribe Vlahos, el mesianismo estadounidense se deslizó en una caricatura maniquea de sí misma, en la que las ‘buenas noticias’ estadounidenses han sido reemplazadas por el espectro siempre presente del mal y la amenaza de la fuerza. Las palabras sagradas, ‘Libertad y Democracia’, aunque todavía sean cantadas, se han convertido en un mantra vacío’.
El “Evangelio de EUA” ya no predica sobre la redención y la expiación
Ahora se centra en la aplicación de la ley y el castigo. El giro radical ocurrió en un instante, el 11 de septiembre, con la creación de Guantánamo. Casi de la noche a la mañana, Estados Unidos abandonó las “reglas internacionales” y las “normas civilizadas” para construir, en su lugar, un archipiélago de tortura y encarcelamiento arbitrario, sin supervisión ni apelación.
Hoy en día, el país experimenta una profunda polarización interna mientras persiste en conflictos extranjeros. Los líderes estadounidenses intentan conectar los objetivos de estas guerras con narrativas redentoras diseñadas para el consumo interno (validando, por ejemplo, el lema de “Paz a través de la Fuerza”) mediante la confrontación con Irán.
Por lo tanto, el establishment vincula la victoria en una guerra externa como un medio para restaurar su posición política, tanto a nivel nacional como internacional. Michael Vlahos define a esta dualidad, una dinámica mutuamente destructiva, advirtiendo que esto garantiza que Washington no podrá pensar con claridad sobre Irán y acabará optando por las tácticas equivocadas.

