Bolivar Hernandez*
De entrada debo decir que soy marinero de agua dulce, lo del gusto por el mar me llegó muchos años después. Conocí el mar siendo un niño muy pequeño y fue en Guatemala. Y me impresionó tanto el mar, que quedé fascinado para siempre.
La playa más cercana a la ciudad de Guatemala, es el Puerto de San José, en el Pacifico. Quizá sea un recorrido de una hora y media cuando mucho, en autobús.
Debe haber sido en los años 50 cuando, de la mano de mi padre, me enfrenté a un mar bravo, aunque le dicen pacífico, y me dejó conmocionado el impacto de ver esa inmensidad de agua. Y también la arena negra volcánica de su playa, que está saturada de hierro y quema los pies en el trayecto hacia el mar.
El Puerto de San José
Tiene una característica que lo convierte en un peligro mortal, uno puede adentrarse en el mar unos 40 metros con el agua a la cintura, pero inmediatamente después hay un precipicio marino muy profundo.
Los bañistas guatemaltecos se introducen al mar borrachos y sin saber nadar, durante la Semana Santa, y el número de ahogados es considerable.
Recuerdo a mis padres junto a sus cinco hijos pequeños, tratando de bañarlos en el mar, en la orilla, y después llevándolos a comer en las humildes fondas de la playa. En éstas adquirí una alergia al pescado, gracias a una intoxicación temprana por consumir un pescado en mal estado.
Me fui muy joven a México, tenia 20 años, y en cuanto pude hacerlo me iba al mar. Eso ocurrió cuando salí de la universidad y pude tener ingresos económicos suficientes para vacacionar en alguna playa del Golfo de México o del Pacífico.
Cuando fui padre de familia con 4 hijos, me daba el lujo de vacacionar con ellos y mi esposa todo el mes de diciembre y volver al año siguiente a la Ciudad de México. El propósito era manifiesto:
No celebrar ninguna fiesta decembrina con cenas e intercambio de regalos. La estancia en la playa en diciembre, era la excusa perfecta ante la familia política.
Pocas veces fuimos al Golfo de México, a Tuxpan o al Puerto de Veracruz, que era un mar calmo con poco oleaje y uno podía introducirse 200 o 300 metros con el agua a la cintura, sin ningún peligro; sin embargo no me agradaba nada. En diciembre ocurren los nortes ahí, y hay mucho viento, mal tiempo y pocas comodidades.
Así que definitivamente cambié de océano y me pasé el Pacífico, y recorrimos con mis hijos y mi mujer de entonces, las costas desde Oaxaca hasta Jalisco, pasando por las playas de Guerrero y Michoacán.
Finalmente, nos acostumbramos a una bella playa llamada Zicatela, a 5 kilómetros al este de Puerto Escondido. Y siempre volvimos ahí. Era un viaje largo y tedioso por carretera, unas 16 horas sin parar.Tenía tratos con un gringo dueño de unos preciosos bungalows, cómodos y baratos, frente al mar. Y me hacía un precio especial.
La rutina en Zicatela era desayunar ligero y temprano , luego irnos toda la familia a la playa. Mi esposa, gran lectora iba a la playa con sus libros, mis hijos con sus tablas para surfear en esas grandes olas preferidas por turistas de todo el mundo.
Zicatela, un edén
Es una pequeña bahía, con una playa solitaria. De madrugada salía a trotar por la playa unos cinco kilómetros, descalzo y, a veces, desnudo.
Esa era mi rutina todo el mes en la playa, y mis hijos bronceados al extremo, después de estar en el mar por espacio de 6 horas o más. Todos muy dichosos de hacer lo que cada quien deseaba.
He contado en otra parte, mi gusto por practicar el nudismo en playa, eso en playas vírgenes que ya son muy pocas las que existen en México.
En Huatulco, cerca de Zicatela, estaba un hotel con playa privada y nudista, se llamaba El Meditarranée, y ahí todo el turista era extranjero.
Yo no podía pagar esos precios exorbitantes. Así que me desnudaba en cualquier playa deshabitada, y gratis.
En familia nunca fuimos a Playa del Carmen, situada en Quintana Roo, por la Costa Caribe “Riviera Maya”. Durante los últimos años, dicha ciudad ha crecido muy rápido y se encuentra entre Cancún y Tulum. de hecho, hoy es un destino turístico muy popular para nacionales y extranjeros.
En los años 80, en un viaje por Europa
En Francia, recorrí la Costa Azul. En Niza había playas nudistas y quise ir a ver aquello. Mis impresiones fueron discordantes: La playa estaba pedregosa, llena de piedras grandes, la cantidad de basura flotando en el mar era impresionante: bolsas de plástico y envases de aluminio de cervezas; y cientos de hombres y mujeres desnudos de pie, porque era imposible tender una toalla sobre las piedras; había pocas tumbonas que alquilaban ahí.
Vi ese espectáculo insólito para un viajero proveniente del Tercer Mundo, me aburrí de aquello y proseguí mi viaje rumbo a Paris, yo venía de Roma, Italia, en ferrocarril.
Hace mucho que no voy al mar, y ahora que vivo en una finca bananera de Guatemala, me queda la opción de ir al Puerto de San José, y no me agrada la idea, así que ni le muevo a eso. Preferiría ir a Cancún, pero eso por ahora es imposible, ya vendrán tiempos mejores, digo yo para apaciguar mis ansias marítimas.
Tengo aún la alergia a los pescados, pero mi gusto por los mariscos, camarones y langostinos, sigue siendo mi mayor gusto culinario.
En Melaque, Jalisco, una playa paradisiaca, comía todos los días un kilo de camarones para pelar, yo solito. No he vuelto a repetir esa hazaña, y tengo antojo por supuesto de repetir aquella aventura…
¡Hasta pronto, viejos lobos de mar como yo, ahora en retiro! Espero que disfruten estas vacaciones en pandemia, pese a las restricciones tan estrictas. La vida en el mar es más sabrosa, sin lugar a dudas.
* La Vaca Filósofa
Fotos: dimitrisvetsikas1969/lenahelfinger

