Los padres adoptivos del Plan Real, ampliamente aclamados como genios merecedores del Premio del Real Banco Sueco de Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel, no fueron una novedad exclusivamente brasileña, ni tampoco, el Plan, la panacea que merezca tanta fanfarria, ya que por sus frutos amargos lo conocemos.
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En sentido estricto, para ubicar el Plan Real, que dio origen al nombre de la nueva moneda de uso corriente, el real, debemos remontarnos a la crisis de la deuda externa desencadenada por el shock de tasas de interés aplicado por el presidente del Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, Paul Volcker, a principios de la década de 1980. El remesón sacudió duramente a los tres grandes de Iberoamérica Brasil, Argentina, México. No obstante, el golpe, supuestamente sería mitigado ejecutando el denominado Plan Brady de 1989, proveniente de su artífice, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Nicholas Brady.
El plan permitía la reestructuración de las deudas y su conversión en deudas internas, a cambio de la apertura de sus economías a los flujos de liquidez generados por la globalización financiera, agresivos programas de privatización y la virtual desnacionalización de gran parte de sus sectores productivos, lo que se conoció con el nombre de Consenso de Washington.
En la práctica, a pesar de las diferencias en la aplicación de las medidas, estas economías fueron prácticamente “dolarizadas”, cargando a cuestas todas las consecuencias neo coloniales, ante todo maniatando la prerrogativa del Estado soberano para generar crédito propio, limitando entonces las respectivas políticas económicas al mero cumplimiento del modelo neoliberal de atracción de inversiones extranjeras, en general, dirigidas a la adquisición de empresas nacionales a precios de banana.
El 30º aniversario del Plan Real en Brasil, celebrado el 1º de julio, permite dar una ojeada retrospectiva a lo que el influyente diario O Estado de S. Paulo denominó ” Un proyecto de país” en el editorial dedicado al aniversario, “El Real no es solo moneda, es un proyecto de país”, fue el título de su editorial del 01/07/2024.
De hecho, como el más antiguo heraldo de los intereses de las clases dominantes de Brasil, el venerable periódico tiene razón al etiquetar el Real como un proyecto. En este caso, la vinculación del país con los sectores más avanzados del capitalismo, en palabras del entonces presidente Fernando Henrique Cardoso (1995-2002), quien en su responsabilidad de Ministro de Hacienda en el gobierno de Itamar Franco (1992-1994), apadrino el lanzamiento del plan y saltó a la ola de popularidad para ganar fácilmente dos elecciones presidenciales.
Por “sectores más avanzados del capitalismo” se entienden los mercados financieros globalizados, que han ejercido una hegemonía corrosiva sobre la economía mundial.
El real ha logrado superar la hiperinflación crónica que azotaba a Brasil desde hacía décadas
Entre 1951 y 1993 no hubo un solo año con una inflación anual inferior a dos dígitos, y en la década de 1980 y en los primeros cuatro años de la década de 1990 las tasas variaron entre el 100% y casi el 3.000%. En las últimas tres décadas, el índice acumulado fue de 708%, registrando tasas anuales de dos dígitos en solo cuatro años.
Sin embargo, el precio de la estabilidad monetaria relativa ha sido muy alto, ya que la dinámica de desarrollo se ha estancado e incluso ha desandado La industrialización, el gran logro del período 1930-1980, regresó a los niveles de la Antigua República. El propio PIB, que en ese período osciló entre el 5% y el 8,7% por década, se desplomó a menos del 5% en el conjunto en las décadas de 1990, 2000 y 2010, y continúa sin perspectivas de cambio, debido a que persiste la dinámica impuesta por el Plan Real.

En una entrevista con el diario O Estado de Minas (30/06/2024), el economista Diogo Santos, de la Fundación Ipead, vinculada a la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG), resumió lo anterior:
El Plan Real, en sí mismo, no tenía más que el objetivo de controlar la inflación. Sin embargo, si lo entendemos como el conjunto de cambios macroeconómicos llevados a cabo por el gobierno federal en los años siguientes, podemos decir que significó una adaptación del Estado y de la economía brasileña para dar más libertad y garantías a los sectores financieros nacionales e internacionales.
De hecho, el sector financiero no tiene nada de qué quejarse, porque el real ha convertido a Brasil en una fábrica de tasas de interés, mantenidas artificialmente altas para atraer la entrada de dólares utilizados para anclar la moneda nacional a bajos niveles inflacionarios. La evolución de la tasa Selic del Banco Central, desde su introducción en 1996, denota el desastre de la elección realizada. Registró un valor promedio de 26,6% en el resto del gobierno de Fernando Henrique; 13,7% en los dos mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva; el 9,9% en los de Dilma Rousseff; 10% con Michel Temer; 6,3% con Jair Bolsonaro (cuando bajó al 2%, pero luego se disparó al 13,75%); El valor actual es del 10,5%.
Con tales tasas, que superan con creces las tasas de rendimiento de las inversiones esperadas para casi todas las actividades productivas legales, no es de extrañar que la agricultura haya sido prácticamente el único sector de la economía real capaz de prosperar en las últimas décadas, junto con algunos bienes minerales.
Como era de esperar, la formación bruta de capital fijo, la proporción del PIB que mide las inversiones en la economía real, ha disminuido sistemáticamente desde la década de 1990, desplomándose a un mísero 16,5% en 2023. Para no compararnos con el 41% de China, quedémonos con el 31,3% de India, el 29,3% de Indonesia y el 24,4% de México. Sin un aumento del índice a alrededor del 25%, será imposible salir del pantano del estancamiento.
Tal camino ha llevado al país a una calamitosa actividad económica, que lo ha dejado a merced de los caprichos de los mercados globales de materias primas, Tres décadas sin desarrollo son fatales para las perspectivas de progreso de cualquier país. Por lo tanto, ya es hora de que Brasil retome el camino del que fue excluido por sus mal llamados salvadores.

