abril 19, 2026

Ridículo y timidez, son palabras que no entran en mi vocabulario

Ridículo y timidez, son palabras que no entran en mi vocabulario

Bolivar Hernández*

Muchas personas, por timidez o por miedo al ridículo, no pueden hablar en público. Les entra pavor sentirse miradas por otros. La sensación es de vulnerabilidad, dicen casi todos ellos.

Los estudios de psicología revelan la existencia de una gran cantidad de miedos que experimentan los seres humanos a lo largo de sus vidas. Y sabemos también que el mejor aliado del miedo es el silencio. Si los temerosos pudieran hablar de sus miedos, éstos se irían diluyendo.

Lo peor es el caso de las madres de familia, quienes generan una gran cantidad de miedos en la medida que sus hijos van creciendo. Ese miedo maternal existirá por siempre, aunque los hijos sean adultos.

Desde niño me vi expuesto a la necesidad de hablar en público, obligado por mi padre.  Un hombre autoritario que imponía su voluntad en sus hijos y en su esposa. A los 15 años, me dijo que dijera algo inteligente frente a una grabadora japonesa recién adquirida por él, era una Hitachi.

Como pude, articulé algunas frases y pasé la prueba, mis hermanitos no. Yo era un adolescente tímido como casi todos, a esas edades, pero decidí desterrar de mi vocabulario las palabras: ridículo y timidez, así como las frases: qué van a decir de mi o qué van a pensar de mi.

Durante mi paso por la secundaria y la escuela normal

Me inscribía invariablemente en los concursos de oratoria. Tenía buena voz, potente, segura, y tenía un discurso elaborado para la ocasión. En la universidad era orador en los mítines estudiantiles. En mi vida profesional, hablaba ante auditorios muy numerosos, ya fuera de estudiantes universitarios o bien de campesinos o jornaleros agrícolas.

No podría olvidar una ocasión en que me dirigí a mil quinientos campesinos para explicarles las bondades de un programa federal para la autosuficiencia alimentaria. Este acto masivo ocurrió en la bella ciudad queretana de San Juan del Río, en el año de 1975.

Debo confesar que si estoy en un auditorio repleto de personas y hay un micrófono a la mano, tengo la sensación o el impulso de tomarlo y echarme un discurso vehemente.

Mis ansias incontrolables de hablar en público me llevó a ocupar un cargo directivo en Radio UNAM, con la prerrogativa de conducir los noticiarios, eventualmente.

Durante mi estancia en Chile, ocupé dos cargos públicos:

  • Presidente de la Asociación de Mexicanos residentes en Chile, eran como 2,500 compatriotas, y teníamos reuniones multitudinarias
  • Presidente de La Asociación de Corresponsales extranjeros en Chile. Con asambleas frecuentes y eran unos 40 periodistas, viejos lobos de mar todos ellos.

La paradoja actual es que vivo en una burbuja, en la finca, aislado del mundanal ruido citadino. Y mi comunicación social es reducida en extremo, por eso decidí participar en una asociación de colonos de la finca, para discutir programas de bienestar y desarrollo urbano.

¿Y qué sucede? ¡Nada! Nunca nos reunimos, es raro eso, no es lo común en una finca de gente acomodada o comodines, ¡vaya usted a saber!

*La vaca filósofa.

About The Author

Soy binacional México-guatemalteco, 77 años. Antropólogo, psicoanalista, periodista, ecólogo, ciclista, poeta y fotógrafo.

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