Bolivar Hernandez*
Este 2022, cumpliré 42 años de haberme iniciado en el oficio de psicoanalista. Mi formación profesional tuvo un inicio en México, luego prosiguió en Chile, y concluyó nuevamente en mi querido México.
La preparación teórica fue intensiva con los textos de Freud y posteriormente con la obra de Lacan. Diversos seminarios, simposios, congresos nacionales e internacionales, nutrieron mis saberes, escuchando a los gurús del psicoanálisis francés, en forma particular.
He tenido una inclinación fuerte por la clínica psicoanalítica, lo que ha significado el haber trabajado con pacientes desde hace muchas décadas hasta el día de hoy.
La experiencia en clínica
Es extensa y diversa, rica; también con algunos fracasos, sin duda. Enigmas que nunca pude descifrar.
Quiero compartir este hecho, repetido, en el cual algunos pacientes después de concluir sus procesos psicoanalíticos, desarrollaron una marcada animadversión hacia mi persona, con sus actitudes nunca con palabras.
Tengo la hipótesis que la incomodidad de ellos consiste en que yo poseo un conocimiento profundo de sus debilidades, traumas, y en una palabra de sus neurosis. Tengo una memoria prodigiosa y recuerdo hasta los más ínfimos detalles de sus historias, y eso me convierte, a sus ojos, en un sujeto peligroso.
Cuando un paciente llega a mi consultorio, hace preguntas como éstas: Doctor, ¿dígame qué me pasa? Doctor, ¿qué tengo? Y otras similares. Plantean un enigma a desentrañar. Es una especie de rompecabezas o crucigrama.
Algunos pacientes, los menos, me retan: Doctor, ¿adivine qué me pasa?
Las historias personales
Son todas complejas, oscuras, contradictorias. Pero en todas hay sufrimiento, dolor psíquico. Predomina el malestar en el vivir.
Los pacientes tienen demasiadas preguntas y dudas. Sus cabezas son mundos de ideas fijas, prejuicios, tabúes, perspectivas de vida inmutables y pesimismos crecientes. Esto ocurre al principio de la terapia.
Existen varios ejes emocionales que atraviesan las historias de los sujetos: la soledad, la tristeza, la melancolía, la falta de reconocimiento y de amor, el abandono de la familia o de la pareja. Sufrimiento en todos esos tópicos de vida.
Trabajo con el dolor perenne de los sujetos en análisis.
Los logros en la clínica son inconmensurables. Es un cambio interno en el sujeto en cuestión, y es que pueda mirar de otro modo la existencia, y es, quizá, que pueda hallar un sentido a la vida, distinto o inesperado.
Los aciertos en la clínica psicoanalítica obedecen más a las experiencias del psicoanalista, a la edad, a la madurez; y también al oído atento y a la observación de la cultura.
El diván
He trabajado en la clínica psicoanalítica por varias décadas utilizando un dispositivo freudiano: el diván. Tengo al diván en una alta estima por los resultados obtenidos.
El antiguo dilema: Terapia presencial o a distancia, dejó de ser una disyuntiva ética o de procedimiento. Yo tengo pacientes que tienen conmigo sesiones presenciales, cara a cara; y, al mismo tiempo, tengo otros pacientes en el extranjero que, obviamente, los veo en forma virtual.
Debo compartir una experiencia del año 1990, cuando propuse trabajar en forma virtual con algunos pacientes que vivían en España.
Las sociedades psicoanalíticas en México se llevaron las manos a la cabeza, y se indignaron conmigo, por ese atrevimiento que rompía con los protocolos burocráticos y ortodoxos de la práctica de la clínica.
Finalmente, abandoné en aquellos años mi interés en trabajar a distancia, y no por los gritos histéricos de las sociedades psicoanalíticas en México; sino que fue por una razón sencilla y pedestre:
Las formas de pago de mis honorarios eran complicadas de realizar en oportunidad y prontitud. Bien, pues treinta años después, los modos de pago son eficientes y fluidos, bastan con las trasferencias bancarias a mi cuenta mexicana y/o a mi cuenta bancaria guatemalteca.
En la clínica en Guatemala no tengo él diván como dispositivo terapéutico, y por lo mismo mis encuentros con los pacientes ahora son cara a cara, de frente, mirando a los ojos.
Bueno, hasta pronto desobedientes, y les recuerdo un viejo dicho que reza así:
Todos somos carne de diván, es decir que uno toma terapia por ser un ejercicio de introspección necesario, y no por lo que el vulgo expresa, que afirman que sólo los “locos” van a terapia.
*La vaca filósofa
Foto: Sozavisimos

