El uso del término desnazificación por parte del presidente Vladimir Putin, uno de los motivos para la invasión de Ucrania, ha provocado reacciones que van desde la incredulidad hasta el escarnio.
No obstante, muchos desconocen la existencia de organizaciones paramilitares claramente neonazis elevadas a un oscuro poder paralelo en Ucrania y cuyas raíces históricas se remontan a la Segunda guerra mundial y luego a la Guerra fría. En este período, un pilar importante de la estructura operativa del régimen nazi fue incorporada, en parte, al modus operandi del poder angloamericano victorioso en el conflicto, pasando a ser un elemento prominente de la estrategia hegemónica que se ha esforzado en preservar en el siglo XXI.
En tal estrategia, Ucrania no es más que un peón desechable, parecido a lo que fueron las milicias ucranianas nazionalistas del período inmediato de la posguerra, creadas por el remanente de la inteligencia alemana que sobrevivió al conflicto -la Organización Gehlen – y su contraparte estadounidense, la naciente CIA (Agencia Central de Inteligencia), para fustigar a la entonces Unión Soviética.
En un esclarecedor artículo de 2018, publicado en The Nation, el fallecido historiador Stephen F. Cohen, profesor en las universidades de Nueva York y Princeton y una de las principales autoridades académicas sobre asuntos rusos en los Estados Unidos, acusó a los medios de prensa estadounidenses de ocultar los hechos e hizo un resumen de la situación:
“Entre las omisiones, pocas realidades son más importantes que el papel desempeñado por las fuerzas neofascistas en Ucrania, gobernadas por Kiev y respaldadas por Estados Unidos desde 2014. Por ejemplo, ni siquiera muchos estadounidenses que siguen las noticias internacionales saben lo siguiente:
- Que los hombres armados que mataron a docenas de manifestantes y policías en la Plaza Maidan de Kiev en febrero de 2014, fueron los que desencadenaron así una «revolución democrática» que derrocó al presidente electo Viktor Yanukovich y puso en el poder a un régimen virulentamente antirruso y pro-estadounidense. No fue ni democrática, ni una revolución, sino un golpe violento iniciado en las calles con apoyo de alto nivel- no fueron enviados por Yanukovich, como todavía se difunde, sino, casi con toda seguridad, por la organización neofascista Sector Derecha (Pravy Sektor) y sus co-conspiradores.
- Que la muerte por incendio de rusos, idéntica a los pogromos en Odessa, poco después en 2014, trae a la memoria a los escuadrones de exterminio nazis en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, un hecho totalmente borrado de la versión de los principales medios de comunicación estadounidenses. (Odessa fue el escenario de varios pogromos contra judíos durante el régimen zarista.-n. de los e.)
- Que el Batallón Azov, compuesto de unos 3.000 combatientes bien armados, que ha desempeñado un papel central de combate en la guerra civil ucraniana y ahora es un componente oficial de las fuerzas armadas de Kiev, es abiertamente «parcialmente» pro-nazi, como lo demuestran sus accesorios, consignas y declaraciones programáticas. Recientemente, la legislación aprobada por el Congreso de los Estados Unidos prohibió que se ayudara al Batallón Azov, pero es probable que termine recibiendo algunas de las nuevas armas enviadas recientemente a Kiev, debido a la creciente red de corrupción y mercados negros del país.
- Que los ataques de las tropas de asalto al estilo nazi contra gays, judíos, ancianos de etnia rusa y otros ciudadanos «impuros» se difunden ampliamente en la Ucrania gobernada por Kiev, junto con marchas a la luz de antorchas que recuerdan a las que inflamaron Alemania a fines de los años 1920 y 1930. Y que la policía y las autoridades oficiales no hacen prácticamente nada para prevenir estos actos neofascistas o castigarlos. Por el contrario, Kiev los ha alentado oficialmente rehabilitando sistemáticamente e incluso exaltando la memoria de los colaboradores ucranianos en los programas de exterminio de la Alemania nazi y sus líderes durante la Segunda Guerra Mundial, renombrando las calles en su honor, erigiendo monumentos a ellos, reescribiendo la historia y glorificándolos”.
El Batallón Azov
Citado por Cohen, es el más conocido de docenas de grupos paramilitares que comparten el poder con un selecto grupo de oligarcas multimillonarios. A pesar de tener poca representación en el Parlamento Nacional, su influencia se ejerce en amasiato con los oligarcas que los financian además de estar parcialmente incorporados a la estructura militar, cuyo control del poder real se concentra en el todopoderoso Consejo de Seguridad y Defensa Nacional, oficialmente, el órgano consultivo de la Presidencia de la República. El actual jefe de policía de Kiev, Vadym Troyan, era subcomandante del Batallón.
Además de Azov, otros grupos, Pravy Sektor, Druzhina Nacional, C14, etc. han formado una gran parte de las tropas movilizadas por los gobiernos de Kiev contra las provincias secesionistas de Donetsk y Lugansk, que declararon su independencia en 2014. En 2017, el entonces ministro de Defensa, Stepan Poltorak, estimó el número de estos «voluntarios» en 40.000.
El Batallón Azov fue fundado en 2014 por Andrei Biletsky, líder de dos grupos ultranacionalistas, El Patriota de Ucrania y el Partido Social Nacional de Ucrania (más tarde renombrado Svoboda, «libertad» en ucraniano), ambos abiertamente neonazis, muy famosos por sus ataques físicos contra inmigrantes «impuros», romaníes o meros opositores de sus ideas radicales. Los fondos fueron proporcionados por Igor Kolomoisky, un magnate de la energía y luego gobernador de la región de Dnipropetrovska, y otro multimillonario, Serhiy Taruta, gobernador de la región de Donetsk. Biletsky, quien fuera elegido para el Parlamento el mismo año y dejó el liderazgo del nuevo grupo, es conocido por afirmar que el propósito nacional de Ucrania es «liderar a las razas blancas del mundo en una cruzada final … contra las razas inferiores encabezadas por los semitas” (Al-Jazeera, 01/03/2022).
En 2016, creó el partido Cuerpo Nacional con veteranos del Batallón Azov.
La inspiración nazi del Batallón Azov está a la vista en su símbolo directamente «importado» de las SS nazis, el Wolfsangel o «ángel lobo», emblema de la sonada división SS Das Reich, a la que se atribuyen masacres de civiles en Yugoslavia, Bielorrusia y Francia.
El Batallón Azov no solo realiza funciones militares, sino que además realiza una intensa actividad de adoctrinamiento dirigido principalmente a los jóvenes; parte del programa es reunir a niños y adolescentes en campamentos de verano, donde aprender a manejar armas de fuego reales.
Otra actividad a la que Azov se ha dedicado es la formación de neonazis extranjeros militantes de la «supremacía blanca», habiendo atraído a partidarios de los Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Suecia, Brasil y otros.
La ideología supremacista se está consolidando en política estatal
En 2015, el Parlamento aprobó una ley que elevó al panteón de héroes nacionales a dos organizaciones pronazis de la Segunda guerra mundial, la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN) y el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), al tiempo que criminalizó cualquier crítica a ellos. Ambos son considerados responsables de masacres que han victimizado a más de 100.000 judíos y polacos (The Nation, 22/02/2019).
Para institucionalizar tal política de revisionismo histórico, que recuerda al «Ministerio de la Verdad» de la novela de ficción, 1984, de George Orwell, el gobierno creó el Instituto Ucraniano de Memoria Nacional, encargado de proteger las referencias históricas del ultranacionalismo ucraniano.
La utilidad del Batallón Azov y grupos afines para el poder hegemónico centrado en Washington y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se evidenció en 2016, cuando, bajo la presión del Pentágono, los gobiernos de Estados Unidos y Canadá levantaron el veto al suministro oficial de capacitación y recursos para Azov. En 2019, 40 miembros del Congreso de los Estados Unidos fracasaron en la petición al Departamento de Estado para que catalogara al batallón, una «organización terrorista extranjera». En abril de 2021, la congresista demócrata Elissa Slotkin repitió la solicitud, incluyendo a otros grupos supremacistas, todo fue en vano.
Es significativo que en noviembre de 2021 solo Estados Unidos y Ucrania votaron en contra de una resolución presentada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para combatir la glorificación del nazismo, el neonazismo y otras prácticas que fomentan el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las intolerancias relacionadas (Gran Bretaña y la Unión Europea se abstuvieron). La cínica justificación estadounidense para la negativa fue clasificar la resolución de «un pequeño intento velado de legitimar las campañas de desinformación rusas, denigrando a las naciones vecinas y promoviendo la versión soviética distorsionada de gran parte de la historia europea contemporánea, utilizando el disfraz cínico de prevenir la glorificación nazi”. (Misión de Estados Unidos ante Naciones Unidas, 12/11/2021).
A principios de enero de este año, se reveló que desde 2015 la CIA ha estado entrenando a miembros de las fuerzas especiales ucranianas para actuar como guerrilleros en caso de una invasión rusa de Ucrania, además de enviar instructores a las fuerzas ucranianas involucradas en el conflicto con los separatistas de Donetsk y Lugansk (Yahoo News, 13/01/2022).

Raíces históricas
La referencia histórica de los actuales nazifascistas ucranianos es Stefan Bandera (1909-1959), fundador de un ala disidente de la OUN que pasó a llamarse, OUN-B -un aliado de los invasores nazis para favorecer la causa de la independencia de Ucrania de la Unión Soviética. A pesar de ser arrestado por los nazis, Bandera compartía con ellos un virulento antisemitismo y sus líderes fueron responsables de varias masacres de judíos y polacos. Al final de la Guerra, se fue a vivir a Múnich, donde trabajó con los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos para tejer una red de agentes encubiertos en Ucrania, responsables de numerosos actos de sabotaje, destruida en 1951. Bandera fue asesinado en 1959, envenenado por un agente soviético en Múnich.
La red de saboteadores de Bandera fue coordinada por la Organización Gehlen, el antiguo Frente del Ejército Oriental (FHO), brazo de la inteligencia militar alemana en el frente soviético, comandado por el general Reinhard Gehlen, quien, después de la guerra, se incorporó completamente a los servicios de inteligencia estadounidense en acciones contra la URSS, en la pauta de laGuerra fría. En 1955, con el restablecimiento de las funciones de autogobierno de Alemania Occidental, la Organización Gehlen se convirtió en el BND, el servicio de inteligencia exterior del país, dirigido por él hasta su jubilación en 1968.
Aunque las redes de Bandera fueron destruidas, muchos de sus miembros lograron escapar a los Estados Unidos, donde, junto con muchos otros fugitivos de Europa del Este que habían colaborado con los nazis durante la Guerra, fueron apoyados por la CIA y el Departamento de Justicia para evitar que las leyes impidieran que los nazis ingresaran al país. La gran mayoría de ellos pasaron el resto de sus vidas en los Estados Unidos en silencio y sus historias solo comenzaron a revelarse a partir de la década de 1980, cuando una Unidad especial del Departamento de Justicia comenzó a investigar sus casos, una iniciativa que tan solo tiene importancia histórica, ya que la mayoría de los implicados ya habían muerto.
Otra parte de esta red de colaboradores pronazis se incorporó a las operaciones clandestinas de la OTAN y la CIA, la bien conocida Operación Gládio, (inicialmente comenzó sus operaciones en Italia al final de la década de los 1960s) originalmente planeada para funcionar como redes de sabotaje en caso de una invasión soviética a Europa (véase la semejanza del último entrenamiento dado por la CIA a las «guerrillas» ucranianas). Sin embargo, en ausencia de esto, eventualmente se convirtió en la punta de lanza de la llamada «estrategia de tensión» contra los propios países europeos, desatando una serie de ataques terroristas, en los que participaban, según la conveniencia del blanco a atacar, organizaciones fascistas de derecha y de izquierda. Uno de los más notorios fueron algunas de las acciones de las Brigadas Rojas.
A pesar del fracaso de la intención original de infiltrarse en la antigua URSS, los exiliados ucranianos en los Estados Unidos permanecieron acoplados en organizaciones en que se destaca el Congreso Mundial de Ucranianos Libres (WCFU), fundado en Nueva York por los sobrevivientes de la OUN original. En 1993, después de la independencia de Ucrania, la entidad pasó a llamarse Congreso Mundial de Ucrania (UWC), teniendo el reconocimiento de una ONG con estatus consultivo especial por Naciones Unidas. El UWC es uno de los patrocinadores del Consejo Atlántico, un grupo de expertos de la OTAN. Junto con la Fundación Nacional para la Democracia (NED) y otros. El UWC ha sido uno de los principales conductos para la influencia de Estados Unidos en Ucrania.
En un discurso en la Fundación Estados Unidos-Ucrania en diciembre de 2013, cuando comenzó la ola de protestas en Ucrania por la negativa del presidente Viktor Yanukovich a mantener conversaciones con la Unión Europea, destinadas al ingreso del país, la entonces Subsecretaria de Estado para Asuntos Europeos y Euroasiáticos, Victoria Nuland. Admitió que, desde la independencia de Ucrania, Estados Unidos ha invertido más de 5 mil millones de dólares en el país, «para garantizar una Ucrania segura, próspera y democrática», un eufemismo para una agenda abiertamente antirrusa.
Nuland fue un jugador clave en la instigación de las manifestaciones que más tarde serían inflamadas por los agentes provocadores del neonazi Pravy Sektor, lo que resultó en el golpe parlamentario que forzó el derrocamiento de Yanukovich y la consolidación de los gobiernos antirrusos en el país. Desde entonces, ha sido una de las principales agentes de la agenda ucraniana de Estados Unidos, independiente de quién sea el jefe de la Casa Blanca.
Negocios son negocios
La incorporación del grupo de Gehlen a la inteligencia estadounidense fue parte del gran acuerdo negociado al final de la Guerra, que solo en las últimas décadas comenzó a revelarse, y esencialmente contemplaba:
- El envío fuera de Alemania de gran parte del botín capturado en los países ocupados por las fuerzas alemanas, principalmente por las SS – oro, piedras preciosas, obras de arte, etc. – además de activos de empresas industriales y financieras alemanas, muchas de las cuales están vinculadas por acuerdos comerciales y de capital a empresas estadounidenses y, en menor medida, británicas. La mayor parte de estos recursos fueron transferidos a una lista grande de empresas fantasma y bancos de España, Suiza, Suecia, Turquía, Argentina, Chile, Estados Unidos y otros, y la mayoría de ellos regresaron a Alemania a partir de 1955.
- Una «vista gorda» a la fuga de miles de altos miembros de la Wehrmacht, las SS y el Partido Nazi, a Italia, España, América del Sur y, posteriormente, a los propios Estados Unidos.
- La transferencia a los Estados Unidos de un gran número de científicos, ingenieros y técnicos especializados involucrados en programas alemanes de tecnología militar avanzada, en la llamada Operación Clip (Operación Paperclip). Muchos de ellos formarían el núcleo del programa espacial estadounidense. Paralelamente, se entregó una vasta colección de documentos técnicos relacionados con esos proyectos, así como copias de prototipos y equipos desarrollados y operativos.
- La entrega a Estados Unidos de 550 kg de uranio-235 enriquecido y detonadores infrarrojos para una bomba atómica de plutonio, materiales sin los cuales el Proyecto Manhattan no habría podido completar en tres meses las bombas atómicas que se lanzarían sobre Hiroshima y Nagasaki. La operación, en gran parte ignorada por la historiografía «oficial», se implementó con la rendición organizada del submarino U-234 a la Armada de los Estados Unidos poco después de la rendición de Alemania.
Aunque no se conocen a fondo los detalles de tales negociaciones, se sabe que su principal artífice del lado norteamericano fue Allen Dulles, representante de la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) en Suiza y, del alemán, el líder del Partido Nazi y mano derecha de Hitler, Martin Bormann. No por casualidad, Allen y su hermano Foster Dulles eran abogados de Wall Street que, antes de la guerra; representaban a grandes empresas estadounidenses y alemanas con intereses interconectados, muchas de las cuales permanecieron en contactos comerciales durante todo el conflicto. Uno de ellos, el conglomerado químico IG Farben, que fue el pilar del Tercer Reich, tuvo su sede en Frankfurt y sus principales unidades de fabricación se salvaron de los bombardeos aéreos angloamericanos que devastaron gran parte de las ciudades alemanas.
Del mismo modo, los intereses financieros y comerciales estadounidenses y británicos contribuyeron decisivamente, no solo al ascenso del Partido Nazi, sino a la consolidación de Adolf Hitler en el poder y a su propia conducción de la guerra. Durante el conflicto, tales relaciones fueron negociadas en gran medida por el Banco de Liquidaciones Internacionales (BIS) en Basilea, Suiza, donde los banqueros alemanes, japoneses, italianos, estadounidenses, británicos, franceses y otros se comprometieron a mantener «los negocios como de costumbre». Se recuerda que el banco fue creado en 1930 para poner en funcionamiento el pago de las reparaciones impuestas a Alemania por el Tratado de Versalles, pero en la práctica sirvió a los intereses de las altas finanzas internacionales de la época, adeptos a la vieja máxima de que el dinero no tiene ideología.
Por otro lado, la devoción angloamericana al nazi fascismo no se limitaba a los negocios, sino que se basaba en una profunda identidad de ideas y propósitos entre la flor y nata de la oligarquía angloamericana y los ideólogos nazis, en particular, con respecto a la supuesta superioridad de las «razas» anglosajonas y germánicas relacionadas. Por cierto, el movimiento eugenésico, del que los ideólogos del nazi fascismo extrajeron sus leyes raciales, es una creación británica por excelencia, fácilmente adoptada por las élites oligárquicas estadounidenses.
Por lo anterior se puede ver, que los actuales «supremacistas» ucranianos no son nada originales, sino que tienen profundas raíces en la historia europea y estadounidense del siglo pasado. Y Putin no está usando retórica cuando se refiere a tales influencias.
*MSIa Informa

