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Publicamos a continuación, el editorial del informativo mensual, Página Iberoamericana del mes de marzo pasado.
La inercia y el pensamiento lineal de los heraldos del declinante orden mundial del eje euroatlántico no les permite explicar lo nuevo del complejo panorama estratégico mundial actual, salvo recurrir a los moldes geopolíticos del siglo XX. Al estallar la guerra en Ucrania, varios de ellos se empeñaron en reinventar una nueva Guerra Fría, esta vez, entre una quimera: el mundo libre y los regímenes autoritarios, encabezados por Rusia y China.
No obstante, la tragedia humanitaria que guarda cualquier guerra, la acción militar rusa debería verse en su gran amplitud, ya que, de forma cruenta, señala el fin del orden que siguió a la Guerra fría. Si bien el futuro de la civilización aún no se puede vaticinar, no hay duda de que el orden hegemónico unipolar basado en el excepcionalismo anglosajón y la predestinación calvinista, propio de todo el colonialismo desde el siglo XVII, ha terminado.
El problema es que, por un lado, este orden, parangón de inequidad y de escarnio de la dignidad humana, no acaba de morir y se mueve agresivamente igual que un zombi descontrolado, representado por una personalidad senil al mando de una super potencia nuclear. Y, por el otro lado, el nuevo orden que todavía no ha nacido, aunque su claridad se ha anunciado en el histórico manifiesto difundido por los presidentes de China y Rusia, Xi Jinping y Vladímir Putin, el pasado 4 de febrero en Beijing.
Es imposible anticipar la duración de esta disputa entre dos mundos y espacios físicos irreconciliables. Sin embargo, ya entramos a un período histórico de transición, cuyo resultado pudiera ser un nuevo renacimiento de la civilización o una nueva edad oscura, si es que los defensores del orden moribundo prefieren incinerar el planeta, antes que renunciar a sus estructuras de egoísmo institucionalizado.
Un ejemplo de esta dinámica es la condena de la guerra por parte de la mayoría de los miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y una condena aún mayor de las sanciones inusuales impuestas a Rusia, a la que se suma la «cancelación» de todo lo que cultural y religiosamente representa esta nación eslava. Esta transición también se presenta en la guerra cultural entre las raíces culturales y espirituales de las naciones y las políticas identitarias (ideología de género, agenda LGBT, movimiento “woke”), que las instituciones hegemónicas pretenden cristalizar para ser los fundamentos inamovibles de los derechos humanos, la democracia, y, en fin, de la todavía denominada civilización occidental.
La transición implicará también el fin del sistema monetario basado en el dólar estadounidense, con el advenimiento de un sistema multipolar basado en una canasta de monedas y la conversión el crédito en un instrumento para el desarrollo, en lugar de ser combustible para la «globalización» financiera.
En este escenario hacia lo nuevo, los países en desarrollo necesitan fortalecer los bloques regionales para aumentar su fuerza con la creación de nuevas estructuras de relaciones legítimas, de justicia y ya no de poder militar, y comprometidas con la defensa del bien común mundial.

