Bolivar Hernandez*
Esta es la verdadera historia de amor con la señora bonita de Puebla. Es una historia breve, pero intensa como son los grandes romances del siglo XXI.
Es esta una pasión llena de vicisitudes, como sucede a menudo con todos los amantes, desde Romeo y Julieta, en Verona, Italia.
Nos conocimos un jueves 8 de diciembre del 2016. El domingo 4, la señora bonita de Puebla cumplió un aniversario más de vida. Había cumplido cuarenta y tantos años apenas.
Mi relación con Puebla viene desde los años 60 del siglo XX
Cuando era estudiante de Antropología en la ENAH, México, y la doctora Margarita Nolasco, mi maestra, me invitó a integrarme al equipo de investigación dentro del Proyecto Regional Cholula, éramos un equipo interdisciplinario con arqueólogos, etnólogos, lingüistas y antropólogos físicos.
Viví una larga temporada en Cholula y viajábamos a Puebla, la capital del estado, para distraernos los fines de semana. Pasear por la ciudad y sus sitios históricos, Los Fuertes, y los restaurantes típicos donde se come un buen mole, era un verdadero agasajo culinario.
Años más adelante, colaboré con el Plan Puebla, un proyecto agrícola del Colegio de Posgraduados de Chapingo, allá en los rumbos de Texcoco, donde fui profesor del posgrado en sociología rural como antropólogo con experiencia de investigación de la organización campesina y la economía rural.
Un antiguo alumno organizó una Unión de Crédito para campesinos del estado de Puebla, fue una organización campesina que adquirió gran preponderancia por su gran número de socios y por su importancia social y política.
Cada año me invitaba su director general a la reunión anual, con comida de fin de año, y a ofrecer una conferencia magistral que abordaba con cierta profundidad acerca del contexto socioeconómico y político de México y el mundo occidental.
El público era variado, hombres y mujeres campesinas, ya entrados en años. Quienes seguían con mucha atención mi disertación académica con un tratamiento sencillo y accesible para ese público.
Ese jueves del 2016, asistí entusiasmado como siempre a la reunión anual de la organización campesina.
Observé un público habitual y un par de mujeres jóvenes que no pude identificar como miembros de esta organización campesina. Era una mujer bella y su hija, una adolescente igualmente linda. La madre de la chica atrajo mi atención poderosamente.
Impartí la conferencia y luego pasamos a una gran mesa con todos los campesinos para degustar una comida sencilla.
Me acerqué directamente a la señora bonita y a su hija, y me presenté en forma educada, y charlé unos minutos con ella, con la señora bonita. Al parecer fluyó muy bien este acercamiento.
Mi amiga, miembro de la organización, supe después fue la que invitó a la señora bonita y a su hija a esta reunión campesina, donde ellas en rigor no tenían por qué estar ahí. Pero eran amigas de muchos años.
Comimos rico y ya tocaba despedirme de todos mis amigos campesinos, porque tenía que viajar de nuevo a la Ciudad de México. Conversé con muchos de los asistentes y también con la señora bonita, a quien directamente le solicité su correo electrónico. Ella accedió y me lo apuntó en un pedazo de papel. Yo le di mis datos del correo electrónico, también.
Me fui a México muy contento por mi participación en esa reunión, fue un éxito mi conferencia, y además conocí a una señora bonita, sin ninguna pretensión o expectativa de momento, de mi parte.
Llegó por la noche de ese jueves 8 de diciembre del 2016 a mi casa. Y me dispuse enviarle a la señora bonita un mensaje amistoso. Y mi sorpresa fue que ella me dio una dirección electrónica equivocada.
Bueno, otra raya más en la piel del tigre, otra mujer que me rechaza sin más, pensé.
Asimilé como un guerrero el desaire de la señora bonita, y di vuelta a la página.
Tenía ya muchos años soltero y sin deseos de entablar una nueva relación romántica. Pero la señora bonita me impactó bastante, era bonita y parecía una buena persona, hasta ahí. Ni modo, no se pudo ni siquiera lograr una amistad…
Unos días después recibí un correo electrónico, ¡era ella! Reconocía su error involuntario en los datos proporcionados de su email.
Y empezamos una nutrida correspondencia electrónica, mensajitos iban y venían. Establecimos la posibilidad de un encuentro cara a cara, en Puebla.
Armamos una visita mía a Puebla, con mucha emoción de ambos
El plan era hacer un picnic en un parque con unos bocadillos preparados por ella, por cierto ella es una buena cocinera.
Después de esa comida al aire libre en un parque sin árboles, nos asoleamos mucho y conversamos mucho sobre nuestras vidas.
Y de ahí para adelante los viajes a Puebla se hicieron más frecuentes. Y después también se dieron los viajes de la señora bonita de Puebla a México.
Nuestras escenas amorosas tuvieron como escenario frecuente las terminales de autobuses de Puebla, CAPU y la Ciudad de México, La TAPO.
Han transcurrido cinco años de aquel encuentro en la ciudad de Puebla, y el amor continúa, pese a que estoy lejos de ella por razones familiares, que espero poder solucionar a corto plazo todo y volver a México o a Puebla.
La distancia física entre Puebla y la finca donde vivo en Guatemala es de 2.500 kilómetros y apenas 2 horas de vuelo.
La señora bonita de Puebla dice que me va a esperar toda la vida, si no me tardo mucho.
Estoy enamorado y tengo mucha pasión por ella. Y pienso que a ella le sucede igual que a mí.
Y esta historia, continúa…
*La vaca filósofa.

