Bolivar Hernandez
El chicle es una planta originaria de México, particularmente de las selvas tropicales y húmedas del sureste .
Es un árbol de 40 metros de altura, cuya savia o látex escurre de su grueso tronco y produce una masa de chicle. Éste se usa desde la época prehispánica, y en la actualidad se comercializa bajo el nombre de Chicles Adams, que es el apellido de un gringo visionario que dispuso industrializar la goma de mascar recubierta de azúcar. Inventó una cajita con dos pastillas de chicle.
Tengo entendido que el chicle actual es una goma sintética derivada de los hidrocarburos, ya no es la goma prehispánica obtenida del árbol del chicozapote de las selvas de Quintana Roo, Campeche y Chiapas.
El árbol del chicle, motivo de esta historia, es muy particular, y se localiza en la acera oriente de la calle Centenario, entre Cuauhtémoc y Fco. Ortega, muy cerca del Parque de los Coyotes, en Coyoacán. Este árbol del chicle mide tres metros de alto y tiene un tronco muy grueso. Y pocas ramas, escasas hojas.
Hace muchos años, cuando vivía cerca de ese sitio
Observé que en el tronco de ese árbol aparecieron de la noche a la mañana, unos chicles mascados pegados en lo más alto del tronco. Eran chicles de colores vivos, chicles sintéticos que mascan los jóvenes urbanos de la Ciudad de México.
Al cabo de varios meses, este árbol apareció repleto de chicles mascados, unos mil más o menos, era así un árbol muy colorido, había chicles verdes, amarillos, rojos , blancos y violetas.
El alcalde de Coyoacán se percató de ese atropello a un árbol de su jurisdicción, y ordenó, a los empleados de limpia ,que retiraran todos los chicles pegados a ese árbol. Misión cumplida, quedó limpio a los pocos días.
He vuelto años después a visitar el barrio de Coyoacán, donde viví muchos momentos agradables. Y me percato que el famoso árbol del chicle, ahora muestra en su tronco unos dos mil chicles mascados, multicolores.

Debo confesar que no tolero mascar chicle desde muy niño
Me parece una práctica nociva, porque genera caries en los dientes y es de mal gusto ver a alguien mascar chicle, con una actitud distraída, como si fueran rumiantes, y con la mirada perdida.
En muchos restaurantes de Coyoacán, me di cuenta que los clientes que no pudieron pegar su chicle en el árbol de la calle Centenario, lo hacen bajo las mesas y sillas de los restaurantes y cafeterías.
En mi juventud era frecuente mascar chicle después de una borrachera, o bien, cuando se iba a visitar a la novia, en lugar de asearse la boca con cepillo y pasta de dientes.
La gente rica no tolera ver gente mascando chicle, se les hace una costumbre detestable, y con un criterio clasista, dicen:
Que es una costumbre de las criadas o de choferes de autobús.
Ocasionalmente, me ha tocado pisar en la calle un chicle, y es una tarea imposible desplegarlo de la suela.
Muchos niños de la calle venden chicles a precios irrisorios, es un ingreso miserable para ellos.
Por cierto, tengo la sensación, no comprobada científicamente, que el chicle para mascar ya no se consume tanto como antes.
¡Vaya usted a saber!
*La vaca filósofa.

