abril 23, 2026

Una pequeña maleta, con pocas cosas de uso personal, pero repleta de ilusiones

Una pequeña maleta, con pocas cosas de uso personal, pero repleta de ilusiones

Bolivar Hernandez*
Hace 57 años en un día como hoy, salí de Guatemala cuando tenía 20 años de edad, y mi destino era la Ciudad de México.
Había renunciado al puesto de director de una escuela rural mixta, de una aldea minúscula ubicada en las faldas del volcán de Acatenango, para irme al extranjero a estudiar alguna disciplina social, humanista.
Como un maestro rural joven y lleno de ilusiones, dejé atrás mi otra patria, Guatemala, para llegar a mi patria de origen, México.
Sobra decir que soy un hombre binacional, por muchas razones, la principal es que mi padre es guatemalteco y mi madre es mexicana. Nací en el ex Distrito Federal y viví mi infancia y adolescencia en Guatemala y mi vida adulta en México.
¡Sí, soy de aquí y soy de allá!, depende donde me encuentre en ese momento.
La miseria que observé en la Guatemala rural
Como maestro de primaria era conmovedora y triste, los niños desnutridos y bajitos, con tallas minúsculas, con dificultades de aprendizaje en castellano, siendo ellos indígenas con su propio idioma. No pude lidiar con ese panorama desolador en que me desempeñaba como maestro rural. Y decidí viajar a mi país a prepararme en ciencias sociales y retornar a mi otro país y contribuir a transformar aquella dolorosa realidad que dejaba atrás.
Salí de Guatemala con una maleta, valija, alforja, pequeña, con unos cuantos trapos y muchas ilusiones de prepararme lo mejor posible y ser un profesional destacado en mi profesión de científico social. Cosa que si logré como antropólogo, como etnólogo.
El viaje que realicé en 1964 a los 20 años, no era nada parecido aquel otro viaje que hice en 1954, cuando a los 10 años salí al exilio con mi familia como perseguidos político.
Las emociones eran parecidas porque mi trayecto era casi el mismo de la ruta del exilio. Antes hice el viaje en ferrocarril y llegué a Veracruz y de ahí a la capital de la República mexicana. Significaba salir en autobús de Tapachula hasta el Distrito Federal, vía Oaxaca.
El viaje de Tapachula hasta la Ciudad de México implicaba al menos 24 horas sin parar, sin descansos, solo paradas para comer e ir al baño. ¡Y con un calor sofocante!, sentado en asientos incómodos sin posibilidades de mover el respaldo, había que dormir en forma rígida y con la consiguiente tortícolis al llegar a nuestro destino.
Viajé con todas mis ilusiones de triunfar en una ciudad de apenas 8 millones de habitantes como era la Ciudad de México en ese entonces, y sin contactos o palancas, como las que se requieren para colocarse en algún buen sitio de trabajo. El reto era mayúsculo para mi.
Mis compañeros guatemaltecos
Con los que viajé a estudiar en México, iban con más recursos económicos que yo, y sin embargo nos alojamos en las mismas casas de huéspedes o casas de estudiantes. Mis compañeros eran alumnos de Medicina y yo de Antropología, pero sus modos de ser estudiantes consistían en estudiar muy poco y divertirse mucho, bebiendo alcohol como cosacos.
Mi meta era prepararme muy bien, estudiando concienzudamente, yendo a la biblioteca a leer las extensas bibliografías que me asignaban en la universidad. Era un alumnos pobre, como la inmensa mayoría de estudiantes en todo el mundo, y el estudio era una manera adecuada de subir en la escala social, ya graduado.
Mis compañeros y paisanos eran pésimos estudiantes y no dejaban la fiesta por ningún motivo. Yo les pedía que me invitaran de repente a comer, tenía mucha hambre, y ellos, muertos de la risa, me decían que a comer no me invitaban, pero sí a emborracharme con ellos. ¡No gracias -les decía- soy abstemio!
Dejé a mis queridísimos paisanos, jóvenes divertidos y ocurrentes, y me fui a buscar otros sitios donde vivir con alquileres económicamente bajos. Y así recorrí más de 20 residencias estudiantiles. De algunas de ellas tuve que huir en las madrugadas por falta de dinero para pagar la renta mensual.
Con muchas penurias económicas, y con poca ropa y mal calzado, concluí satisfactoriamente la universidad.
La carrera profesional y laboral fue buena a secas
A veces muy exitosa. Hice en México una familia numerosa, con muchos hijos y nietos.
Ahora vuelo en Aeroméxico a mi México lindo y querido, en un viaje de escasa una hora y media. Vuelo sobre Chiapas y miró con nostalgia la enorme cantidad de poblaciones que recorrí como estudiante de antropología a pie y a caballo.
He destapado el baúl de los recuerdos. Viajaré como siempre lo he hecho, con una pequeña maleta, veliz, petaca, con pocas cosas de uso personal, y eso sí repleta de ilusiones como siempre.
Me reuniré con los míos, unos que viajan desde el viejo continente para ver a su padre y abuelo, y otros que radican por ahora en la muy noble y leal Ciudad de México.
¡Hasta pronto desobedientes!
*La Vaca Filósofa
Foto: Skitterphoto 

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