Bolivar Hernandez*
En el año 1970 del siglo pasado, hace 52 años, me fui a Chiapas para realizar una investigación de campo acerca de varios pueblos que serían afectados por la construcción de la presa hidroeléctrica La Angostura, sobre el río Grijalva.
Era yo entonces un joven antropólogo de 26 años, recién graduado. Con muchos deseos de dedicarme a la investigación, en ese campo llamado Antropología Aplicada. Y esta era la oportunidad para iniciarme como un académico teórico-práctico.
Esta región, objeto de mi estudio, era agrícola y ganadera, con población indígena y mestiza, una región aislada físicamente por falta de caminos; se viajaba y se transportaban bienes y productos a través del Río Grijalva o a lomo de bestias.
Esta región se conoce como La depresión central del estado de Chiapas
Con un gran potencial hidroeléctrico, agrícola, ganadero y pesquero. Pobladores pobres dominados por caciques y acaparadores de granos. Su centro regional es el pueblo de Venustiano Carranza, y de él, dependen una veintena de comunidades campesinas indígenas.
Para poder ingresar y estudiar en esa región, tuve que tener la aceptación del cacique regional, don Carmen Orantes, un mestizo blanco, ojo verde, y poderoso señor de cuchillo y horca, muy temido por todos. Le caí bien y me protegió con su red de incondicionales a su mando.
Mi primer poblado para ser investigado se llamaba Vega del Paso, a orillas del Río Grijalva, que luego fue desaparecido por las aguas del embalse de la presa hidroeléctrica La Angostura, al igual que muchas comunidades estudiadas por mi.
Viví varios años en la región hasta el momento en que las aguas del embalse empezaron a subir y a tragarse los pueblos enteros. Todo, en nombre del desarrollo económico del país.
La energía eléctrica producida por las hidroeléctricas, iba a ser aprovechada por el centro y el norte del país.
Reunía a los campesinos en asambleas generales en cada comunidad y les explicaba el proyecto de la investigación, y me presentaba como antropólogo, palabra desconocida en su vocabulario, y ellos optaron por decirme astronauta y no antropólogo.
La razón era sencilla, en el mes de julio de 1969, un año antes de mi llegada a esos pueblos, se supo que el hombre había llegado a La Luna, y eran tres astronautas, y eso los tenía impactados, pero escépticos al igual que yo, no creímos en tal hazaña.

Era divertido
Que en todas las asambleas campesinas que me tocó presidir, me presentaban como el Astronauta don Bolivar. No insistí más en mi título de antropólogo, era inútil e irrelevante.
Mi papel era estudiar los usos y costumbres comunitarias, y planear los nuevos asentamientos humanos en las riberas del nuevo lago artificial que produciría el embalse, un lago tendría 100 kms. de largo y 30 kms. de ancho, y sembrado con miles de peces africanos.
Defendí los intereses sociales, comunitarios, de los campesinos afectados, exigiendo indemnizaciones justas por sus pertenencias, animales y árboles frutales.
Las aguas del embalse de la presa empezaron lentamente a subir de nivel, y vimos sumergirse bajo el nuevo lago, todo lo existente en la región otrora fértil y productiva.
Volví muchos años después a visitar la región inundada por la presa de La Angostura, y los campesinos más viejos se recordaban todavía de un astronauta, que los defendió de los atropellos del estado mexicano.
Los pueblos nuevos se vaciaron de sus habitantes, muchos migraron lejos de sus tierras y otros murieron de la depresión que les ocasionó la inundación de sus tierras, pueblos y panteones; quisiera volver y mirar lo que dejó el progreso en Chiapas.
*La vaca filósofa.

