Para los entusiastas más aguerridos de este plan, el futuro señalaba a la sustitución relativamente rápida de los combustibles fósiles y de la energía nuclear con fuentes limpias, con énfasis en la generación eólica y solar y, un poco menos, en el hidrógeno, lo que permitía vislumbrar un escenario mundial de emisiones “netas cero” para mediados del siglo, con el año 2050 como referencia.
En este escenario, en el que, en teoría, todas las emisiones de bióxido de carbono, metano y de otros gases de efecto invernadero provenientes todavía de las actividades productivas humanas se compensarían con métodos naturales y artificiales de captura de carbono, la “neutralidad de carbono” (o emisiones “netas cero”) se convertirían en una virtual moneda de referencia internacional, una especie de carbodólar, establecida sobre la hegemonía de la moneda estadounidense como medio de cambio mundial y manejado por la vasta estructura financiera que se ha montado para arbitrar los flujos de inversión de acuerdo con tales criterios.
Con tal fin, la ciencia del clima fue capturada por una verdadera industria del calentamiento
Y el método científico y el registro paleoclimático, que señala temperaturas atmosféricas y oceánicas y niveles del mar superiores a los actuales antes de la Revolución industrial del siglo XVIII, fueron descartados. De la misma forma, la menor objeción al escenario alarmista que culpa a las actividades humanas de la ligera elevación de los termómetros y de los mareómetros desde mediados del siglo XIX (que se encuentran perfectamente dentro de las oscilaciones naturales registradas en los siglos y milenos anteriores), se convierten en los blancos de una respuesta agresiva y anticientífica idéntica a la “cancelación” que se aplica ahora a los disidentes de la versión prevaleciente en Occidente de la guerra.
Como mensajera de ese admirable mundo nuevo se seleccionó a la adolescente sueca Greta Thunberg, quien se convirtió en el ícono juvenil de la cruzada contra el carbono, la cual anunció al mundo en la reunión anual del Foro Económico Mundial, en Davos-Kloster, Suiza, en enero de 2019.
Un año después, en el mismo foro (aunque de manera virtual, a causa de la pandemia), el todo poderoso CEO del mega fondo de activos BlackRock, Larry Fink, reforzó el “recado”.
Vamos a necesitar 50 billones de dólares en inversiones para llegar a un mundo de emisiones netas cero… A medida que más empresas divulguen sus informes y tengamos mejores datos en cada plano corporativo, seremos capaces de personalizar los portafolios. Esta será la diferencia entre las compañías que tendrán éxito y las que no (subrayado nuestro)

El mensaje es claro
Las empresas que no se encuadren en el plan ESG, principalmente las que realizan operaciones internacionales, corren graves riesgos en sus negocios.
A Fink le quedaron fuerzas para presentar el ultimato. BlackRock es el mayor gestor de activos del mundo, con un portafolio superior a los 10 billones de dólares, más de dos veces el PIB de Alemania y más de cuatro veces del de Brasil. No es sorprendente que la empresa sea una de las más involucradas en la planeación y en la preparación de los planes de las “finanzas sustentables”. De la misma forma, no es coincidencia que un número creciente de fondos de activos, los nuevos pesos pesados de las finanzas mundiales, se estén uniendo a la pauta de las “desinversiones” en empresas de combustibles fósiles, señalando así una gradual transferencia de la influencia del “petrodólar” -uno de los pilares de la hegemonía de Estados Unidos en el último medio siglo – hacia el “carbodólar”, el nuevo caballo de batalla de las élites oligárquicas del hemisferio Norte.
Con la consolidación de esa pauta, las élites globalizadas que idealizaron, financiaron y pusieron en marcha el movimiento ambientalista-indigenista internacional, como una fuerza de guerra híbrida contra los países en desarrollo, alcanzarían los objetivos primordiales para los cuales fue creado: mantener bajo su dominio el avance socio-económico y el crecimiento de la población de esos países; “preservar” sus recursos naturales como reservas estratégicas para el usufructo futuro de las potencias hegemónicas; y, desde la crisis de 2008, convertir en activos reales por lo menos parte del colosal monto de instrumentos especulativos que infló la mega burbuja financiera más de 20 veces superior al PIB mundial.
La guerra, sin embargo, cambió rápidamente ese escenario, con las consecuencias de las sanciones impuestas a Rusia por un bloque de naciones encabezado por Estados Unidos y la Unión Europea (UE), entre las que se incluyen el “congelamiento” de las reservas rusas en dólares y euros depositadas en bancos de esos países y la intención de reducir rápidamente las importaciones de petróleo y gas natural rusos.
Esta última opción tendrá por consecuencia el mayor uso de carbón y de hidrocarburos más contaminantes, como el gas de esquisto (shale gas) importado de Estados Unidos, lo que provocó el comentario irónico del expresidente ruso Dmitri Medvedev: “¿A quién le importan ahora el calentamiento global y los objetivos de desarrollo sustentable declarados por UN?… Es sorprendente cómo, sin pensar un segundo, los europeos escupen todos sus ‘valores inmutables’ de las últimas décadas, todos los ‘desafíos y amenazas globales’” (RT, 11/04/2022).
Por otra parte, nada menos que Larry Fink hizo una advertencia sobre las consecuencias en una carta a los accionistas de BlackRock:
La invasión rusa de Ucrania puso fin a la globalización que hemos experimentado en las tres últimas décadas… En respuesta al choque de energía causado por la guerra, muchos países están buscando nuevas fuentes de energía. En Estados Unidos, gran parte del foco está en el aumento de la oferta de petróleo y de gas y, en Europa y Asia, el consumo de carbón debe aumentar a lo largo del año que viene. A corto plazo, inevitablemente, eso desacelerará el progreso del mundo rumbo al (carbón) neto cero.
*MSIa Informa

