Lorenzo Carrasco*
La reciente admisión oficial de que el príncipe Bernhard, abuelo del actual rey de los Países bajos, Willem-Alexander, había sido miembro del Partido Nazi en la década de los 1930, hecho negado por él hasta su muerte, arroja luz sobre un aspecto poco conocido del origen del movimiento ambientalista internacional, cuya influencia actual es determinante en las políticas ambientales gubernamentales.
El gobierno de los Países bajos mostró a principios de octubre el carné de afiliación de Bernhard al Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP), nombre oficial del partido nazi, luego de décadas de negativas y reticencias sobre el asunto.
Bernhard zu Lippe-Biesterfeld, nació en 1911 en el seno de una familia aristócrata alemana
Ingresó al partido en la década de 1930, cuando estudiaba derecho en la Universidad de Berlín. Fue también integrante de las temidas SS y funcionario de la sección de inteligencia de la empresa química I.G. Farben, entonces la cuarta empresa más grande del mundo, una poderosa transnacional con subsidiarias y participación en varias empresas de Estados Unidos y pilar central del complejo industrial-militar que sustentaba al régimen nazi.
En la unidad, conocida como NW7, Bernhard inició sus relaciones con los altos círculos empresariales internacionales. El jefe de la NW7, Max Ilgener, naturalizado estadounidense, era también vicepresidente de la Chemnyco, subsidiaria que ejercía funciones de inteligencia en Estados Unidos.
En 1937, a pesar de las controversias generadas por sus vínculos nazis, Bernhard se casó con la princesa Juliana, para lo cual tuvo que asumir la nacionalidad holandesa.
Durante la Segunda guerra mundial
Luego de la invasión de Holanda por las fuerzas armadas alemanas, en mayo de 1940, se refugió en Gran Bretaña junto con su suegra, la reina Guillermina, mientras que Juliana y las hijas de ambos se refugiaron en Canadá, donde permanecieron durante todo el conflicto.
Luego de la guerra, haciendo uso de las altas relaciones, Bernhard se convirtió en una de las piezas centrales en la edificación de la estructura oligárquica anglo-americana establecida en ambos lados del Atlántico.
Agraciado por la suegra con el cargo de inspector general de las Fuerzas Armadas holandesas, luego de la renuncia de Guillermina, que llevó al trono a Juliana en 1948, se convirtió en miembro de los consejos de administración de varias empresas holandesas, entre ellas la industria aeronáutica Fokker y la compañía aérea KLM. En su gestión -según varios autores- gracias a su intervención directa, los aviones de KLM se utilizaron para trasladar a fugitivos nazis de alto calibre a Argentina.
Fue en 1954 uno de los fundadores del famoso Grupo Bilderberg, cuya función primordial fue la de un canal directo de comunicación y articulación entre los antiguos figurones nazis y los oligarcas angloamericanos, protagonistas de la gran rebatiña desatada en los meses finales de la guerra. El principal acuerdo entre ellos fue que el enorme botín amasado por los nazis en los países europeos ocupados, -oro, joyas, obras de arte, reservas en monedas fuertes- se transfiriera a bancos y empresas fantasmas de varios países, todo controlado por figuras relevantes del régimen nazi, cuya fuga de Alemania fue apoyada subrepticiamente por los servicios de inteligencia estadounidense. A cambio, Estados Unidos recibió una oleada de emigrantes compuesta por científicos y técnicos especializados en programas tecnológicos de vanguardia, la denominada “Operation Paperclip” (Operación Clip). Benrhard fue uno de los principales intermediarios entre los dos grupos interesados.
En 1961, en sociedad con el príncipe Philip de la Casa de Windsor, fue uno de los fundadores del movimiento ambientalista internacional, con la creación del Fondo Mundial para la Vida Silvestre (WWF), hoy Fondo Mundial para la Naturaleza).
Lejos de ser un movimiento de diletantes, el ambientalismo fue concebido y criado para ser uno de los instrumentos más eficaces de intervención política de aquella estructura del “gobierno mundial,” mal disfrazado, para restringir el crecimiento poblacional y el progreso económico de los países en pobres, con el pretexto de la protección del ambiente.

Bernhard fue también el cerebro del Club 1001
Grupo que reunió a altos potentados del mundo financiero y empresarial internacional para que financiasen el funcionamiento del WWF, gracias a lo cual se convirtió rápidamente en una de las principales organizaciones internacionales no gubernamentales, mejor dicho, una especie de “Estado mayor” en el que se deliberaban las directrices del movimiento.
En 1976, al descubrirse que había recibido una propina de un millón de dólares de la empresa estadounidense Lockheed, Bernhard fue obligado a renunciar a todas sus posiciones empresariales, honorarias y de beneficencia, y tuvo que dejar la presidencia del WWF en manos de su amigo John Loudoun, presidente del consejo de administración de la petrolera anglo-holandesa Royal Dutch Shell.
La verdad es que su alteza ya actuaba de cabildero desde 1959, favorecido por su antiguo jefe en la NW7, Max Ilgner, que ahora prestaba servicios a la Lockheed. Un mundo oligárquico pequeño, como puede verse.
Sin embargo, no abandonó las actividades en la organización no gubernamental ambientalista. En 1991, salió al público el escandaloso Proyecto Cerradura, con el cual los dos príncipes consortes usaron recursos del WWF para contratar empresas de mercenarios británicos en el combate contra los cazadoras ilegales y traficantes de marfil en parques naturales de África.
Sin embargo, como fue descubierto por la Comisión Kumleben, establecida en 1995 por el entonces presidente sudafricano Nelson Mandela, los mercenarios no solo infiltraron y llegaron a dominar el tráfico de marfil, sino que también utilizaron los parques nacionales para entrenar grupos anticomunistas como UNITA angoleña y la Renamo mozambiqueña.
A pesar de que la red de protección de los príncipes consortes había asegurado que no fuesen acusados directamente de intenciones delictivas, la reputación de ambos quedó manchada, principalmente la de Bernhard.
Los vínculos nazis del príncipe Bernhard
No es una merca curiosidad histórica. Aunque poco conocida fuera de los países bajos, donde todavía es una figura controvertida, él fue uno de los principales articuladores de la estructura de intereses oligárquicos transatlánticos que, en las décadas siguientes a la Segunda guerra mundial, ejerció una enorme influencia en los acontecimientos políticos y económicos del bloque encabezado por Estados Unidos.
El ambientalismo político tiene ahí sus raíces y, no por azar, la inspiración del corporativismo fascista se trasluce en los lineamientos del movimiento contra el progreso.
Un agregado personal:
En 2000, la sección brasileña del WWF (WWF-Brasil), entonces presidido por José Roberto Marinho, vicepresidente de las Organizaciones Globo, procesó al Movimiento de Solidaridad Iberoamericana (MSIa), considerando calumniosas las denuncias presentadas en sus publicaciones sobre los orígenes oligárquicos de la organización no gubernamental, en particular el papel de Bernhard y sus relaciones nazis.
En el largo proceso judicial que culminó con la victoria del MSIa en el Supremo Tribunal de Justicia (STJ), la ficha de contribución del príncipe al Partido Nazi, ya conocida, fue uno de los elementos más destacados de la defensa.

