Arturo Rios
En 1827, en los terrenos en lo que hoy es Michoacán y el Estado de México, estaban plagados de minas de oro, plata y zinc, disputadas por alemanes e ingleses y lo siguiente es el reporte del británico John Ward, que nos legó el libro México 1827, del 22 de febrero de 1829.
Las minas de Tepantitlán, que se encuentran muy al sur, en las cercanías del río Balsas, estaban distantes para llegar hasta ellas. Propiedad de la Catorce Company, son famosas por haber dado al conde de Contramina, Francisco Antonio Pérez de Soñanes y Crespo, su título y su fortuna.
El camino hasta dicho distrito atraviesa el corazón del ramal occidental de la Sierra Madre; el clima es malsano y hay gran escasez de madera en la vecindad inmediata de las minas. Pero dichas desventajas se compensan por la extrema riqueza de los minerales. Aún persisten.
Algunos de los cuales producen cinco y seis marcos de plata, 249 gramos por pieza, de carga. En tanto que los metales comunes, un promedio de uno y medio marcos. Los tiros principales, sobre las dos grandes vetas de Guadalupe y Santa Ana, casi no tienen agua, y se sabe que los trabajos se suspendieron durante la revolución.
Ello, como consecuencia de que el general Vicente Guerrero decomisó minerales que estaban en proceso de beneficio, en la hacienda de Guadalupe, por 500 mil dólares, suma que sirvió para pagar a sus tropas. Pero poco se sabe de esta acción del jefe insurgente.

