En la reciente edición de la revista estadounidense Foreign Affairs (marzo/abril), se expresó una evaluación realista sobre la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que estalló hace casi cuatro semanas. El artículo, escrito por el experto en Oriente Medio, Ilan Goldberg, coincide con los análisis que la prensa alternativa (YouTube, redes sociales) suele publicar a diario de la mano de especialistas reconocidos.
Elisabeth Hellenbroich*
Entre ellos figuran el británico Alastair Crooke, exfuncionario del MI6 y diplomático; el politólogo estadounidense John Mearsheimer; el economista liberal Jeffrey Sachs; y el arabista alemán Michael Lüders, autor de numerosos libros, uno dedicado a la fallida guerra de Afganistán. A finales de 2025, Lüders publicó su nuevo libro: ¿Trabajo sucio? Israel, Estados Unidos y la megalomanía imperial (Goldmann, 2025).
En el artículo de Foreign Affairs, el autor Goldberg afirma que Estados Unidos e Israel, en su guerra contra Irán —basada en la doctrina de que “la fuerza hace el derecho” y en clara violación del derecho internacional—, han llevado al mundo al borde del abismo, con consecuencias catastróficas para la economía mundial, especialmente en el sector energético y los precios al consumidor.
Tres semanas después del inicio de la guerra conjunta entre Estados Unidos e Israel contra Irán, se vislumbran los contornos de un patrón familiar y peligroso. Si bien el conflicto actual puede ser, por ahora, significativamente diferente de las guerras estadounidenses en Afganistán, Irak o Vietnam, aún no ha desplegado un gran número de fuerzas terrestres, afirma Goldberg.
Bajo el título “Estados Unidos no tiene buenas opciones en Irán; Trump necesita una salida”
Tal autor argumenta que esta guerra comparte una realidad estratégica profunda con las anteriores: Washington vuelve a luchar contra una potencia regional más débil sin un objetivo claro, ninguna teoría de la victoria definida o estrategia de salida viable.
Él también afirmó que Estados Unidos podría sentir la necesidad de intensificar el conflicto, posiblemente utilizando fuerzas terrestres en todo el país. Sin embargo, los riesgos de tal escalada superarían con creces sus posibles beneficios. “En este momento, con la economía global inestable y Oriente Medio sumido en la agitación, la mejor opción para Washington no es continuar participando en una guerra en la que se ha involucrado ‘temerariamente’, sino encontrar una salida”.
Según él, los esfuerzos bélicos de Irán se mantienen constantes y demuestran una clara estructura de mando y control:
El régimen ha desarrollado una red de instituciones que siguen funcionando a pesar de los ataques contra sus líderes. La autoridad para lanzar ataques se ha descentralizado, lo que permite al ejército iraní mantener el esfuerzo bélico aun cuando comandantes y líderes son eliminados (es decir, asesinados por Israel y Estados Unidos).
Al analizar diversas opciones para futuros ataques conjuntos entre Estados Unidos e Israel —sin descartar la incautación de uranio enriquecido en túneles en Isfahán, una operación terrestre en la isla de Kharg (de donde proviene el 90 % de las exportaciones de petróleo de Irán) o ataques a otras instalaciones y reactores nucleares— Goldberg concluye que “todo esto podría causar enormes bajas sin lograr el objetivo estratégico”.
Además, afirma que “los acontecimientos de las últimas semanas describen un anticipo de esta dinámica. Tras los ataques israelíes contra el yacimiento de gas de South Pars en Irán, este respondió atacando la infraestructura de gas natural licuado de Catar, lo que paralizó el 17 % de su capacidad productiva por un periodo de entre tres y cinco años. Un ataque contra la isla de Kharg podría desencadenar una respuesta iraní de este tipo aún más agresiva. (…)
Israel podría alegrarse de ver a un Irán fracturado y convulsionado; pero para Estados Unidos, tal resultado sería una pesadilla. Irán se encuentra en el centro de una región que incluye a Afganistán, Irak y Pakistán. Un colapso interno de magnitud podría crear un espacio para grupos terroristas, perturbar el comercio regional y generar una inestabilidad que se extienda más allá de sus fronteras. (…) Tres semanas después del inicio de la guerra, Estados Unidos se enfrenta a una disyuntiva crucial: continuar la escalada en pos de objetivos mal definidos o replantear su estrategia y buscar una salida.
Cabe señalar que el 30 de marzo —tras la llegada a Oriente Medio de un contingente de la 82. ª División Aerotransportada y de marines estadounidenses para posibles operaciones terrestres— el presidente Trump publicó un comunicado en Truth Social poco antes de la apertura de la Bolsa de Nueva York. El mensaje refleja la enorme desesperación en la que se encuentra, sin opciones reales para salir de este lío autoinfligido.
Una de las críticas más contundentes contra Trump fueron las críticas del profesor Jeffrey Sachs y de John Mearsheimer, quienes sostienen que Trump “no ganará esta guerra contra Irán”. Sachs señaló que el mandatario no solo “miente descaradamente”, sino que actúa dentro de un mundo de fantasía, comportándose igual que un “narcisista maligno y un psicópata”. Según Sachs, la única esperanza es que China, Rusia e India intenten dialogar con él para convencerlo de detener la escalada.
Asimismo, Sachs destacó que en Estados Unidos existe una crisis de “incompetencia institucional”; es decir, el país carece por completo de un plan estratégico. “Cuando Trump habla, parece un programa de televisión: todo es tibio y primitivo”, afirmó. Por otro lado, el texto subraya que Europa se muestra mayoritariamente sumisa, a excepción de España, que se ha opuesto claramente al conflicto y ha cerrado su espacio aéreo al despliegue de aeronaves destinadas a la guerra en Oriente Medio.
Finalmente, el autor alemán Michael Lüders, en su reciente libro ¿Trabajo sucio? Israel, Estados Unidos y la megalomanía imperial en Oriente Medio, analiza los factores clave para comprender la guerra geopolítica que actualmente libra Estados Unidos e Israel contra Irán, ejecutando ataques flagrantes sin pretexto alguno.

El trabajo sucio en Oriente Medio
Para comprender la compleja mentalidad de Irán hoy, es imperativo mirar hacia las cicatrices del siglo XIX. No se trata de una paranoia infundada, sino del eco de un sometimiento sistemático vivido bajo el colonialismo británico, cuyo único objetivo fue el control voraz de los recursos energéticos de la región.
En su último libro citado anteriormente –del cual abundaremos a seguir- Michael Lüders, documenta la trayectoria de un Irán inmerso durante décadas en un tablero de ajedrez de potencias extranjeras. Británicos y rusos controlaban las importaciones y exportaciones de Irán, ambos eran rivales geopolíticos, mientras, los británicos convertían la región de Isfahan en el centro de producción de opio destinado al mercado chino, priorizando sus intereses comerciales sobre la soberanía persa.
Durante la Gran Revuelta del Tabaco (1891-1892), el clero chiíta no solo defendió la fe, sino que se convirtió en el motor de un movimiento anticolonial que marcaría el futuro del país. Para las potencias de la época, el diagnóstico era claro: el mayor obstáculo para extraer petróleo, cobre y oro no era el ejército iraní, sino la identidad islámica y sus líderes religiosos.
El colofón de esta traición histórica llegó tras la Primera guerra mundial con el acuerdo secreto Sykes-Picot (1916). En una oficina de Londres y París, ratificado por Rusia e Italia, se redibujó el mapa de Oriente Medio cual botín de guerra. Francia se apropió de Líbano y Siria; el Reino Unido de Palestina, Transjordania e Irak.
Al final, la independencia prometida a los pueblos de la región fue robada en los despachos diplomáticos. Entender este pasado no es solo un ejercicio histórico, es la única forma de descifrar por qué Irán mira a Occidente con una desconfianza que lleva más de un siglo fraguándose.
Los británicos perseguían tres objetivos estratégicos: el acceso a las reservas de petróleo de Irak e Irán, el control de Palestina en calidad de zona de amortiguación para el canal de Suez y la protección de las conexiones marítimas y terrestres con la India. La importancia geoestratégica de Palestina impulsó la Declaración Balfour de 1917, mediante la cual Gran Bretaña prometió a los judíos un “hogar nacional” en dicho territorio, sentando las bases para la fundación del Estado de Israel en 1948.
Tras la crisis de Suez de 1956 —en la que intervinieron fuerzas británicas, francesas e israelíes luego de que Nasser nacionalizara el canal—, Estados Unidos desplazó a Gran Bretaña en su lugar de potencia hegemónica regional. A partir de 1945, el Reino Unido se convirtió en el aliado más estrecho de Estados Unidos en conflictos globales y despliegues militares.
El golpe de Estado contra Mossadegh, en Irán, en 1953
Lüders explica en su libro que los británicos monopolizaron la exploración petrolera iraní desde 1909. De la Anglo-Persian Oil Company (APOC) surgió en 1935 la Anglo-Iranian Oil Company (AIOC) y, finalmente, la British Petroleum (BP). Hasta la segunda guerra mundial, Gran Bretaña recibió 800 millones de libras, mientras que Irán solo obtuvo 105 millones. Irán era, de facto, una colonia británica: un régimen de apartheid con las peores condiciones laborales.
A finales de la década de 1940, surgió una protesta política cuando un grupo de parlamentarios exigió una revisión de los tratados de exploración con Gran Bretaña. Su líder fue el abogado Mohammad Mossadegh, quien fundó el Frente Nacional exigiendo libertad de prensa, elecciones libres y una monarquía constitucional. En marzo de 1951, Mossadegh se convirtió en primer ministro y lideró un nuevo gobierno que nacionalizó la industria petrolera.
El gobierno británico se indignó, ya que el 90 % del petróleo que llegaba a Europa Occidental provenía de la refinería de Abadán. Lüders afirma que, Churchill y su ministro de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, prepararon un plan para deshacerse de Mossadegh.
Cuando el republicano Dwight D. Eisenhower asumió la presidencia de Estados Unidos, se inició una intensa campaña anticomunista. Durante el macartismo, los republicanos calificaron a Mossadegh de comunista y un “activo” de la Unión Soviética. Momento en que los americanos tomaron la iniciativa, o sea, el “trabajo sucio” —así fue dicho por el canciller Merz tiempo atrás, en referencia a los bombardeos de Israel, Estados Unidos e Irán en 2025— fue realizado por los servicios secretos de la CIA y el MI6. El “golpe” contra Mossadegh fue meticulosamente planeado y preparado durante meses (Operación TPAJAX de la CIA y Operación Boot del MI6), según documenta del autor Lüders.
Sesenta años después del derrocamiento, el National Security Archive de la Universidad George Washington, amparándose en la Ley de Libertad de Información, publicó en internet documentos de ese período que hasta entonces se habían mantenido bajo alto secreto. Según Lüders, el golpe de Estado de 1953 demuestra un patrón básico de Estados Unidos y sus aliados en operaciones de cambio de régimen.
Esto implica, en primer lugar, la demonización del adversario, previo a la operación culminante. “El ministro de Asuntos Exteriores británico, Anthony Eden, comparó repetidamente a Mossadegh con Hitler. Esta es, enfatiza Lüders, “todavía una estrategia preferida; se le aplicó también al presidente egipcio Nasser, quien en 1956 nacionalizó el Canal de Suez, igual trato ha recibido el presidente ruso Putin o el líder religioso iraní Jamenei”.
Uno de los documentos publicados por la CIA describe a Mossadegh con un lenguaje similar al utilizado contra dictadores de la talla de Sadam Husein, Muamar el Gadafi o Bachar el Asad. Según comenta Lüders, “se emplearon una lista de adjetivos corrientes: ‘imprevisible’, ‘demente’, ‘provocador’ o ‘astuto’.
Mossadegh fue tratado de un traidor a los intereses británicos
Sin embargo, él y millones de sus compatriotas creían que Gran Bretaña había explotado al país en beneficio propio. Lüders afirma que la figura clave en la ejecución del golpe fue Kermit Roosevelt, nieto del presidente Franklin D. Roosevelt. Kermit era un arabista que replicó el modelo del primer golpe de la CIA llevado a cabo en Damasco en 1949 (periodo en el que, según explica Lüders, había surgido allí una nueva élite militar compuesta por oficiales y generales).
Para entonces, Estados Unidos intervenía cada vez más en Oriente Medio debido al petróleo, la seguridad de Israel y la Guerra fría. En Siria, ARAMCO —la gran petrolera saudí— inició en 1947 la construcción de un oleoducto transárabe desde Arabia Saudí hasta el puerto libanés de Sidón. En 1949, la CIA envió a dos agentes: Stephan Meade y Miles Copeland (autor de Muerte de una nación: La amoralidad de la política del poder, Nueva York, 1970). Meade se había reunido en 1948 con el jefe del Estado Mayor, el kurdo Husni Zaim, quien era antisoviético y aceptó el proyecto del oleoducto.
El 30 de marzo de 1949, unidades del ejército encarcelaron al entonces presidente sirio mientras otros grupos tomaban Radio Damasco, la sede de la policía, la gendarmería y los centros de telecomunicaciones. Según Lüders, este episodio prefiguro los cambios de régimen estadounidenses en el Tercer Mundo y se consolidó en el programa de formación de la CIA, evidenciado más tarde en el golpe de Estado en Guatemala. (Que derrocó al presidente Jacobo Árbenz Guzmán en 1954).
El modus operandi del agente estadounidense Kim Roosevelt, según demuestra Lüders, consistía en comprar la lealtad de miles de soldados y periodistas para acusar a Mossadegh de ser un agente de la Unión Soviética. Para Lüders, Mossadegh es una figura trágica: admirador de Mahatma Gandhi, Abraham Lincoln y la democracia estadounidense.
Tras el golpe de Estado, el sha Mohammed Reza Pahlevi regresó de su exilio en Italia para convertirse en gobernante absoluto y reprime a la oposición iraní, la cual, durante la Revolución de 1979, encumbró al ayatolá Jomeini. Lüders concluye que, sin el golpe de 1953 contra Mossadegh, Jomeini no habría existido; es decir, Estados Unidos sentó las bases de la República Islámica. Desde entonces, EE. UU., Europa, Israel y los Estados árabes del Golfo han buscado, abierta o encubiertamente, contener a Irán en su papel regional, debilitarlo y forzar un cambio de régimen.

Identidad iraní: Milenios de historia
La identidad iraní se remonta a miles de años, tal atestigua Lüders. El pueblo se percibe humillado por el colonialismo británico y, posteriormente, por otras potencias occidentales, Estados Unidos e Israel. Aunque la percepción política de Irán en Occidente es mayoritariamente negativa y prejuiciosa, sigue siendo la única potencia en Oriente Medio que desafía abiertamente las exigencias hegemónicas occidentales e israelíes.
Suele olvidarse que, en 1970, Saddam Hussein llegó al poder en Irak mediante un golpe de Estado apoyado por la CIA, recuerda Lüders. Este aliado estrecho de Washington declaró la guerra a Irán en 1980, un conflicto que duró ocho años con el fin de conquistar la región petrolera de Juzestán. Estados Unidos y Arabia Saudita suministraron armas masivamente a Hussein, mientras Washington también entregaba armamento a Irán (!) intentando prolongar la contienda hasta 1988 en beneficio de su industria armamentística.
Según Lüders, Israel prefiere no recordar este periodo, pese a que fue el principal centro de distribución de armas hacia la República Islámica. Tras la guerra, Tel Aviv se alineó con Teherán: el 80% del arsenal iraní procedía de Israel, con compras que alcanzaron los 500 millones de dólares. Los estadounidenses, al tanto de esto, incrementaron su propio suministro entre 1982 y 1983, hasta que estalló el escándalo Irán-Contra en 1986.
Durante la guerra entre Irak e Irán, había 100 asesores y técnicos militares israelíes en Teherán, asevera Lüders. La rivalidad entre Israel, Estados Unidos e Irán es, “una lucha por la hegemonía regional”. Irán es, en el espacio comprendido entre Marruecos e India, la única potencia militar capaz de contener la libertad de movimiento de Israel en la región.
Átomos para a Paz y el programa nuclear de Irán
Lüders registra numerosas inconsistencias en la forma en que Estados Unidos e Israel han tratado a Irán. Por ejemplo, el plan Átomos para la Paz del presidente estadounidense Eisenhower en 1957 sentó las bases del programa nuclear iraní. El objetivo inicial era vincular a Israel, Irán y Pakistán en el desarrollo de la energía nuclear aplicada a la ciencia, la medicina y la energía. Al mismo tiempo, se trataba de una carrera competitiva con la Unión Soviética para ganar aliados, facilitándoles potencialmente la construcción de bombas atómicas (tecnología que Israel ya poseía desde la década de 1960).
En 1967, comenzó a funcionar al norte de Teherán un reactor nuclear donado por Estados Unidos; una instalación que, a fecha de junio de 2025, sigue operativa y no ha sido bombardeada. Como señala Lüders, en aquel entonces “destacados científicos nucleares iraníes fueron recibidos en el MIT”. En 1975, el Shah Mohammad Reza Pahlavi amplió la cooperación nuclear con Alemania y Francia y, en 1970, se inició la construcción del reactor de Bushehr, en el Golfo Pérsico, con la participación de Siemens y AEG.
Con la Revolución iraní de 1979, la cooperación con empresas occidentales en Bushehr cesó, y la planta solo pudo completarse años después con ayuda rusa. En 2015 se produjo un avance significativo cuando el Grupo 5+1 (EE. UU., Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China) e Irán acordaron el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC).
Este acuerdo estipulaba que Irán limitaría su enriquecimiento de uranio a niveles bajos para investigación y uso civil, mientras que el excedente sería confiscado. Además, el reactor de plutonio y la mayor parte de las cascadas de centrifugadoras quedarían inutilizados o serían trasladados al extranjero. Bajo este pacto, las instalaciones iraníes estarían sujetas a una vigilancia rigurosa del OIEA durante 25 años, permitiendo inspecciones en cualquier momento. Sin duda, representó un verdadero hito diplomático.
El eje estratégico China-Rusia-Irán
Poco a poco se levantaron algunas de las sanciones draconianas y la economía de Irán creció un 17%. En 2018, durante su primer mandato, el presidente Trump canceló el JCPOA; una violación del derecho internacional ante la cual Europa no se opuso. Además, Europa aceptó las sanciones secundarias estadounidenses impuestas a terceros Estados que comerciaran con Irán, lo que afectó particularmente a las empresas alemanas. La administración Trump endureció cada vez más las sanciones con el fin de arruinar económicamente al país e imponerle un dictado de Estados Unidos e Israel.
Ante esto, germinó un eje euroasiático: la alianza estratégica de Pekín y Rusia con Irán. En 2021, Pekín y Teherán acordaron una alianza estratégica militar y económica. Según escribe Lüders, se preveía que China invertiría 400.000 millones de dólares en todos los sectores de Irán durante los próximos 25 años. De hecho, el 13 de junio de 2025, Israel bombardeó Irán por primera vez; justo el día anterior, como documenta Lüders en su libro, había llegado a la capital el primer tren de carga de una nueva conexión ferroviaria Pekín-Teherán. China, a su vez, obtuvo de Irán un acuerdo de suministro preferencial de petróleo y gas por 25 años.
En 2024, Irán se unió al grupo BRICS que actualmente busca contrarrestar el régimen de sanciones de Washington y el dominio del dólar. Se produjeron acontecimientos similares con Rusia: en julio de 2022, Gazprom y la petrolera iraní NIOC firmaron un memorando de entendimiento por valor de 40.000 millones de dólares. Con este acuerdo, los dos países con las mayores reservas de gas del mundo pretendían fundar una OPEP del gas para influir en los precios. Rusia cuenta con 48 billones de metros cúbicos de reservas de gas, Irán con 38 billones, y Catar, el mayor productor mundial de GNL, posee las terceras mayores reservas.
La idea era explotar conjuntamente los yacimientos de gas del golfo Pérsico. Al mismo tiempo, Rusia e Irán acordaron la construcción de un nuevo gasoducto y la creación de “corredores comerciales garantizados y libres de sanciones”. Una conexión ferroviaria y vial casi terminada (el Corredor de Transporte Norte-Sur) conecta a Rusia, a través de Azerbaiyán, con Irán y continúa hacia el golfo Pérsico; otra ruta se dirige al mar Caspio y continúa por barco hasta Irán.
Por tierra, el trayecto prosigue hacia el océano Índico hasta la ciudad portuaria de Chabahar, cerca de la frontera con Pakistán, y luego por mar hasta la India. “Irán se convierte así en un ‘puente logístico’ no solo para Rusia, sino también para China en el marco de la nueva Ruta de la Seda”, comenta Lüders, subrayando que “aquí surge un enorme nodo de comunicaciones y un espacio de tránsito dentro del Sur Global”.
En enero de 2025, Moscú y Teherán firmaron el Tratado de Asociación Estratégica Integral, que incluye cooperación militar. Rusia autorizó la producción de drones de fabricación iraní para su despliegue en Ucrania.
Cabe recordar que, mientras Trump intensificaba las sanciones económicas contra Irán, se produjeron una serie de asesinatos, entre ellos, en 2020, el del general Qasem Soleimani, alto mando militar iraní y confidente de Jamenei, quien murió en un ataque con drones estadounidenses en el aeropuerto de Bagdad junto con destacados militares y políticos iraquíes. Teherán respondió atacando con misiles bases militares estadounidenses en Irak. Este modus operandi fue, y sigue siendo, una flagrante transgresión del derecho internacional.

