Arturo Rios
Según una leyenda maya, en una noche de tormenta, mientras el dios Zamná corría a resguardarse, tropezó con una planta. Sus puntiagudas hojas le hirieron una pierna, que acarreó el enojo de sus súbditos, que cortaron las hojas de la planta y las azotaron contra las piedras.
Pero Zamná se dio cuenta que de las hojas salió una fibra resistente, que podría ser de gran utilidad a su pueblo, por lo que les enseñó su uso.
El henequén, conocido como ki, en maya, es una planta de la especie Agave de Yucatán, de la que se obtiene la fibra de henequén. Identificada por su roseta de hojas duras de hasta metro y medio de largo.
Su fibra, dura y perenne, fue muy valorada por los mayas, que la usaron para hacer sogas, textiles y arte. Pero de manera increíble, forjó una historia para la industrialización de Yucatán, así como para la creación de bancos, e incluso, fue tema de negociaciones e impuestos durante la Revolución Mexicana.

En 1780, el capitán de fragata José María Delaz
Escribió un reporte al gobernador de la Provincia de Yucatán, en el que expresó su asombro por las famosas hamacas de Chemax, hechas de un material llamado también ya’ax ki.
Después, el agrónomo norteamericano Henry Perrine, quien vivió diez años en Campeche como cónsul, fue un promotor de su cultivo al sur de la Florida, en Estados Unidos, pero fracasó en su intento, ya que no floreció.
A mediados del siglo XIX
La llegada de la Revolución Industrial fue determinante para detonar más la industria henequenera.
Fue tal el boom, que desde ese tiempo se le empezó a bautizar al henequén como el oro verde de Yucatán.

